Ocho ochavos
Hay quien tiene la obsesión del cine puesta en "Río Bravo", "El hombre que mató a Liberty Valance", "Centauros del desierto" o "El hombre tranquilo". Yo, sin embargo, hace rato que deposité algunas de mis inquietudes y martirios en "Esplendor en la hierba", de Elia Kazan, ese personaje ambiguo que tanto basculó en política. De desplegar una crítica algo velada pero clara si se sabe leer entre línas en este filme, a hacer de la revolución mexicana un fiasco, como trató de mostrar en "¡Viva Zapata!", caza de brujas y presiones de por medio. De ahí tal vez que la lectura de "Esplendor en la hierba" resulte tan fascinante. La he visto una docena de veces: desde que soy pequeña, esta cinta y "Gigante" se pasan periódicamente en mi casa. De modo que alguna vez las he llegado a confundir... aunque ya no soy capaz de saltarme ni una sola escena de la primera. Lanzada en 1961, "Esplendor en la hierba" muestra la sociedad de los felices años veinte cuando estaban a punto de dejar de serlo. Nochevieja de 1928: la vida de varias personas están en el tránsito hacia el cambio. Uno nunca sabe cuándo éste está presto a tomar las riendas de tu destino, pero lo que sí que es cierto, es que su intervención es inevitable.
Así es que Deani (Natalie Wood) y Bud (Warren Beatty, hermano de Shirley McLeine, fantástica en "El apartamento") están enamorados, pero (siempre tiene que haber un pero), los padres se oponen de una forma sutil a que la relación llegue más lejos. El padre de él, un hombre autoritario que no sabe escuchar, no ve con buenos ojos a Deani, una chica pobre que pertenece a una posición social muy diferente a la de Bud. Los de ella, le aconsejan a su hija que "se haga valer" y que no cometa "ningún error irreparable", frases grandilocuentes y pronunciadas con terror por bocas escandalizadas que hacen que los chicos, jóvenes, inexpertos y locos de amor, se encuentren con el problema de tener que poner freno a sus sentimientos más carnales. El que peor lo pasa es Bud, pero la que termina por perder el juicio es Deani: "¿Amancillar, estás diciendo?", llega a preguntarle en gritos a su madre cuando ésta, convencida de que su hija ha sido "deshonrada" (estas expresiones ni siquiera deberían venirme a la cabeza, a estas alturas de la contienda, y por mucho que intente reflejar el lenguaje de la época), le inquiere para saber la verdad sobre la supuesta pureza de su "hijita".
Así es que Deani y Bud están enamorados, pero nada se puede hacer. ¿Qué importa esto, si lo verdaderamente trascendente es que ella se cuide mucho de cometer una locura, y él de comportarse como un caballero? La sociedad de la época resulta ñoña pero Kazan no se equivoca al retratarla. Deani pierde el juicio. Bud se casa con otra. Pasados dos años, vuelven a verse.
El director evita por todos los medios decirnos si aún siguen enamorados. Deani, recuperada de su crisis depresiva, que le ha robado dos años de su vida en un hospital psiquiátrico, donde, por contrapartida, ha conocido a un joven médico con el que se va a casar, aparece en la granja en la que Bud, su primer amor, vive con su esposa embarazada y un crio que apenas se pone en pie. Son pobres, trabajan el campo y la ganadería.
Deani, en blanco satén, aparece por una esquina de la pantalla. Espléndida. En los oídos del espectador resuenan las palabras que él pronunció antes de separarse para siempre: "Qué voy a hacer contigo", dijo, pero ella ya no era capaz de oírlo.
Así es que ella camina decidida por el lado izquierdo de la cámara. "A veces cuando nos enfrentamos a nuestros miedos, se desvanecen", se repite en la mente el que todo esto observa, cinco segundos antes dicho por la actriz principal. Deani. Y él la recibe por la otra esquina. El tiempo se detiene. Al principio, no importan las palabras. Ante un reencuentro de ese tipo, lo verdaderamente importante no son las primeras frases que se puedan pronunciar; realmente, son escapes reflejo de la mente en piloto automático. Se miran, de arriba a abajo, deteniéndose en los labios de cada uno. El pasado te sacude la sien. Pero sonríen.
Se lanzan velozmente las preguntas de rigor, guardan la compostura, el ánimo, la sensatez. Y Kazan, hábil y perspicaz, no responde. El público al unísono quiere saber lo que las amigas de Dinnie le preguntan: "Y bien, ¿lo sigues queriendo aún?".
Una voz en off, la suya propia, dice en voz alta: "Aunque ya nada pueda desvelar la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo".
¿Y qué? El desleal Kazan nos deja en la estacada. Y nos vende por ocho ochavos de literatura al peso.

Así es que Deani (Natalie Wood) y Bud (Warren Beatty, hermano de Shirley McLeine, fantástica en "El apartamento") están enamorados, pero (siempre tiene que haber un pero), los padres se oponen de una forma sutil a que la relación llegue más lejos. El padre de él, un hombre autoritario que no sabe escuchar, no ve con buenos ojos a Deani, una chica pobre que pertenece a una posición social muy diferente a la de Bud. Los de ella, le aconsejan a su hija que "se haga valer" y que no cometa "ningún error irreparable", frases grandilocuentes y pronunciadas con terror por bocas escandalizadas que hacen que los chicos, jóvenes, inexpertos y locos de amor, se encuentren con el problema de tener que poner freno a sus sentimientos más carnales. El que peor lo pasa es Bud, pero la que termina por perder el juicio es Deani: "¿Amancillar, estás diciendo?", llega a preguntarle en gritos a su madre cuando ésta, convencida de que su hija ha sido "deshonrada" (estas expresiones ni siquiera deberían venirme a la cabeza, a estas alturas de la contienda, y por mucho que intente reflejar el lenguaje de la época), le inquiere para saber la verdad sobre la supuesta pureza de su "hijita".
Así es que Deani y Bud están enamorados, pero nada se puede hacer. ¿Qué importa esto, si lo verdaderamente trascendente es que ella se cuide mucho de cometer una locura, y él de comportarse como un caballero? La sociedad de la época resulta ñoña pero Kazan no se equivoca al retratarla. Deani pierde el juicio. Bud se casa con otra. Pasados dos años, vuelven a verse.
El director evita por todos los medios decirnos si aún siguen enamorados. Deani, recuperada de su crisis depresiva, que le ha robado dos años de su vida en un hospital psiquiátrico, donde, por contrapartida, ha conocido a un joven médico con el que se va a casar, aparece en la granja en la que Bud, su primer amor, vive con su esposa embarazada y un crio que apenas se pone en pie. Son pobres, trabajan el campo y la ganadería.
Deani, en blanco satén, aparece por una esquina de la pantalla. Espléndida. En los oídos del espectador resuenan las palabras que él pronunció antes de separarse para siempre: "Qué voy a hacer contigo", dijo, pero ella ya no era capaz de oírlo.
Así es que ella camina decidida por el lado izquierdo de la cámara. "A veces cuando nos enfrentamos a nuestros miedos, se desvanecen", se repite en la mente el que todo esto observa, cinco segundos antes dicho por la actriz principal. Deani. Y él la recibe por la otra esquina. El tiempo se detiene. Al principio, no importan las palabras. Ante un reencuentro de ese tipo, lo verdaderamente importante no son las primeras frases que se puedan pronunciar; realmente, son escapes reflejo de la mente en piloto automático. Se miran, de arriba a abajo, deteniéndose en los labios de cada uno. El pasado te sacude la sien. Pero sonríen.
Se lanzan velozmente las preguntas de rigor, guardan la compostura, el ánimo, la sensatez. Y Kazan, hábil y perspicaz, no responde. El público al unísono quiere saber lo que las amigas de Dinnie le preguntan: "Y bien, ¿lo sigues queriendo aún?".
Una voz en off, la suya propia, dice en voz alta: "Aunque ya nada pueda desvelar la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo".
¿Y qué? El desleal Kazan nos deja en la estacada. Y nos vende por ocho ochavos de literatura al peso.






