Un gelocatil para las entrañas
Hay gente que escribe su nombre y sus apellidos con minúsculas, y no me molesta, aunque me pregunto por qué lo harán. He dejado en suspenso mi vida, en alguna parte entre el Liverpool que acabas de visitar, pequeña Mari Luz, y la persona que fui cuando se metía en el bolsillo los folletos de la catedral fantasmagórica de aquella ciudad. Febril, me encuentro absolutamente sola en mi casa. La sensación, extrañamente, se parece a la que tuve aquella infernal tarde en que tus mensajes se quedaron en la bandeja de entrada del móvil de Sara, de modo que no supe que no venías. Y Liverpool me enseñó lo hostil que también podía ser.
Estoy leyendo algunos relatos de Benedetti, ya que "Estambul" lo tuve que dejar a medias. Lleno de letras que no sé si retomaré en alguna ocasión. No se me olvida que tengo que recuperar como sea la página 383.
Ha pasado tanto tiempo desde que dejé de medir algunos centímetros menos, o desde que me encerraba en casa para ver películas de Truffaut. O "Zorba", y aquella sensación de volver a empezar.
La vida es un contrarreloj; tal vez, como decían ayer, un cortavientos. Benedetti construye sus relatos delicisiosamente, pero, aunque la mirada que se cierne sobre los personajes es tan tierna y delicada, siempre se vuelve desgraciada cuando faltan tres líneas para rematar la historia. Familia Iriarte o Sábado de Gloria: los que creen en el futuro, mueren.
O se dejan morir.
Ayer me contaron en qué consisten los "hoteles cápsula" de Japón. La historia me pareció tan interesante que llego hasta reproducir algunas de las impresiones que me causó en este medio. La visión que mi mente creó de esos hoteles estaba infundada por las películas que he visto de Wong Kar Wai, y por la sensación de agobio. Pienso que un hotel cápsula debe ser como un ataúd para vivos, un reconstituyente, un gelocatil para las entrañas.
Estoy leyendo algunos relatos de Benedetti, ya que "Estambul" lo tuve que dejar a medias. Lleno de letras que no sé si retomaré en alguna ocasión. No se me olvida que tengo que recuperar como sea la página 383.
Ha pasado tanto tiempo desde que dejé de medir algunos centímetros menos, o desde que me encerraba en casa para ver películas de Truffaut. O "Zorba", y aquella sensación de volver a empezar.
La vida es un contrarreloj; tal vez, como decían ayer, un cortavientos. Benedetti construye sus relatos delicisiosamente, pero, aunque la mirada que se cierne sobre los personajes es tan tierna y delicada, siempre se vuelve desgraciada cuando faltan tres líneas para rematar la historia. Familia Iriarte o Sábado de Gloria: los que creen en el futuro, mueren.
O se dejan morir.
Ayer me contaron en qué consisten los "hoteles cápsula" de Japón. La historia me pareció tan interesante que llego hasta reproducir algunas de las impresiones que me causó en este medio. La visión que mi mente creó de esos hoteles estaba infundada por las películas que he visto de Wong Kar Wai, y por la sensación de agobio. Pienso que un hotel cápsula debe ser como un ataúd para vivos, un reconstituyente, un gelocatil para las entrañas.





