La operación
El duende de bata blanca se le acercaba con su martillito y le golpeaba suavemente en la rodilla. Luego en el codo. No había movimiento. Le abrió los ojos, y supo que la otra persona estaba ahí, todavía no había desaparecido del limbo. Había que ser cautos pero rápidos: dejó el martillito y cogió las pinzas. Abrió la boca y obtuvo una piedra dorada con forma de corazón, tras hacer algunos cálculos aritméticos con aquella especie de llave inglesa. El cuerpo, contra todo pronóstico, no se convulsionaba. Estaba inmóvil. Aquella piedrita era dorada. El asombro fue mayúsculo: la mirada penetrante de su amiga de la infancia, al otro lado del túnel, le reveló que las dos la habían encontrado al saltar una alambrada, en un parque cerca de su casa. "Bueno", dijo el médico, un tanto obtuso. Dejó la llave y desatascó el envoltorio de la risa. Debía extraer con sumo cuidado la poción de la vida sin-eterna, pues esas eran las recomendaciones de la princesa ahora inerte. Los ojos de la amiga consintieron: "Quiere morir algún día, no es como los demás". "Entiendo", respetó el médico de batín blanco. Con manos delicadas, y seis dedos, sostuvo el envoltorio de la risa, del que separó el frasco de la vida. Era dorado también. Al abrirlo, se perdieron algunas gotas, que cayeron al suelo, donde las bacterias formaron en un microsegundo pequeños insectos. La amiga de la infancia se inquietó. El médico preguntó: "¿Cuándo quiere morir?". Ella respondió: "No tan pronto como sus manos temblorosas pretenden", afiló. "Lo siento". "Déle la vida", ordenó.
Despertó al instante.
Despertó al instante.





