El teletipo
Mientras aquí asistimos expectantes y algunos rabiosos (los menos, aunque los más dañinos) a la génesis e inauguración de un nuevo diario, cuya cabecera cuenta con la genialidad de Barceló, navego por los mundos de otras personas que me fueron muy cercanas en su día y de las que hoy queda poco en mi estela. Sus universos oníricos me recuerdan a lo que los libros cuentan, a lo que las películas muestran, a lo que la música evoca. A veces no entiendo cómo es que, por alguna extraña razón, me he convertido en un diaro. Pero no en uno de esos personales, con las hojas de colores y cierto aroma a antiguo. Qué va: me he convertido en la radiografía de un diario nacional, en la cardiología del periodismo, de modo que sus latidos son los míos, de modo que las discusiones en torno a "la profesión", estúpida profesión, me conciernen a un cien por ciento.
Me encuentro ceñida en la piel de otra persona que no fui yo, y me desagrada al tiempo que me libera. Es como si llevara permanentemente el maillot de un ciclista: se ajusta a mi cuerpo de un modo natural pero sin oprimirme, se ensancha cuando me ahogo, se estrecha cuando pierdo energía. Me eleva, me yergue la espalda, ayuda a mantener recta mi curvada espalda.
El futuro enseña su dentadura postiza, desafiante. Yo quiero cogerlo con las dos manos, estoy deseando quemarme en él, pero no llega y no sé si es porque no le ofrezco garantías o, porque, en realidad, y eso sólo lo sabemos tú y yo, no quiero asirme a él. Me da miedo hacer borrón y cuenta nueva, dejar atrás este año de palabras y más palabras, nuevas personas, nueva realidad, nueva identidad. Soy de esta parte del mundo, mis conductas occidentales son innegables, la soledad es abrumadora, la solvencia cada vez es mayor. Me dirijo, hablo, camino, cruzo, decido, me enfrento, sonrío. Soy un arma cargada de futuro.
Cuando así lo creo, prometo salir de estas paredes. Prometo buscar el destino que me aguarda, donde quiera que esté, prometo verme siempre como a veces lo hago, una adulta, un disparo anónimo, una exhalación de espíritu.
Ahora he de irme, un teletipo...
Me encuentro ceñida en la piel de otra persona que no fui yo, y me desagrada al tiempo que me libera. Es como si llevara permanentemente el maillot de un ciclista: se ajusta a mi cuerpo de un modo natural pero sin oprimirme, se ensancha cuando me ahogo, se estrecha cuando pierdo energía. Me eleva, me yergue la espalda, ayuda a mantener recta mi curvada espalda.
El futuro enseña su dentadura postiza, desafiante. Yo quiero cogerlo con las dos manos, estoy deseando quemarme en él, pero no llega y no sé si es porque no le ofrezco garantías o, porque, en realidad, y eso sólo lo sabemos tú y yo, no quiero asirme a él. Me da miedo hacer borrón y cuenta nueva, dejar atrás este año de palabras y más palabras, nuevas personas, nueva realidad, nueva identidad. Soy de esta parte del mundo, mis conductas occidentales son innegables, la soledad es abrumadora, la solvencia cada vez es mayor. Me dirijo, hablo, camino, cruzo, decido, me enfrento, sonrío. Soy un arma cargada de futuro.
Cuando así lo creo, prometo salir de estas paredes. Prometo buscar el destino que me aguarda, donde quiera que esté, prometo verme siempre como a veces lo hago, una adulta, un disparo anónimo, una exhalación de espíritu.
Ahora he de irme, un teletipo...





