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"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Creemos que podemos hacer miel
Como dice mi hermana, la distancia entre la mano de un observador y la tripa de una embarazada pierde completamente el pudor. No se sonrojan los diez centímetros mínimos de rigor y respeto occidental (en otras culturas será aún más): el dedo en la llaga es la mano sobre la tripa abombada. Nadie se resiste a tocar, cuando, al principio, no hay pies de bebé que sobresalgan ni movimientos del mundo.

Uno de esos que podrían colarse en las páginas de Muriel Barbery en su segunda novela "La elegancia del erizo". Disfrutarla es un verbo que me sabe a poco para tratarse de un volumen que está arrancándome el sueño, apartándome de la tele y haciéndome las delicias en los trayectos de transporte urbano.

Ahora te hablaré a ti directamente, Muriel.

Tu nombre siempre me llevó a Bioy Casares y su invención de Morel. Tu tímida sonrisa hizo que pasara una tarde escribiendo sobre ti, un reportaje que llevaba por título "Cuando el éxito se sonroja", que ha terminado en la papelera de reciclaje de un ordenador, y en la de la redacción de Cultura, Espectáculos y Vivir. Parece mentira que en un diario nacional ese sea su destino de publicación.

Lo sentí muchísimo porque, pese a que tú estuvieras promocionando tu libro y yo estuviera haciendo mi trabajo (de una forma algo penosa: tales son las prisas con las que me pasan los libros y me encargan los temas), me atrevería a decir que las dos paladeamos la entrevista. Yo te preguntaba por el arte y la educación, el cine y la cultura japonesa. Tú respondías con guiños hacia Renée y Paloma, y yo te devolvía la pregunta evocando a Amèlie. Dijiste que nada había en el libro que fuera de su pertenencia; sin embargo, también apreciaste que no había sido la única en hacer esa asociación.

Puede ser que "La elegancia del erizo" se haya colado en las listas de súper ventas sin merecer ese premio, pero me gusta pensar que han sido los libreros y el boca a boca lo que lo ha elevado (o abandonado) a esa categoría. No obstante, no es un libro de fácil lectura ni rápido-paso-de-página (ésta es la definición que da una persona como yo, de difícil lectura en todos los sentidos, a los libros que no han resistido a mi impaciencia). Está repleto de reflexiones y disquisiciones sobre temas abstractos, las camelias y Tólstoi. Es elevado en cierto modo, aunque llano como su protagonista, la portera del edificio situado en el número 7 de la calle Grenelle. Me invita a tomar un té mientras levanto la mirada y busco un lápiz afilado. Y subrayo:

Tengan sólo una amiga pero elíjanla bien.

Cuando se toma el té en Angelina, se está en Francia, en un mundo rico, jerarquizado, racional, cartesiano, regulado.

Yo, en cambio, pienso que sólo se puede hacer una cosa: dar con la tarea para la cual hemos nacido y llevarla a cabo como mejor podamos, con todas nuestras fuerzas, sin buscarle tres pies al gato y sin creer que nuestra naturaleza animal tiene algo de divino. Sólo así tendremos el sentimiento de estar haciendo algo constructivo en el momento en que venga a buscarnos la muerte. La libertad, la decisión, la voluntad, todo eso no son más que quimeras. Creemos que podemos hacer miel sin compartir el destino de las abejas.

Día tras día, recorremos nuestra vida como quien recorre un pasillo.

No podemos dejar de desear, y ello nos magnifica y nos mata. ¡El deseo! Nos empuja y nos crucifica; [...] nos hace construir, aunque hayamos de morir mañana, imperios abocados a convetirse en polvo, como si el conocimiento que de su caída próxima tenemos no alterara en nada la sed de edificarlos ahora; nos insufla el recurso de seguir queriendo lo que no podemos poseer.

No