Navegar es necesario, pero vivir no lo es
Pessoa ha sido uno de los personajes literarios (y fíjense bien que no digo literato ni escritor ni poeta) que más ha marcado, si esto se puede decir (qué pesar el de los españoles tan apegados a la modestia aparte), mi forma de entender el arte de escribir. Llegó a mis manos en primero de carrera (como casi todo, vaya) en una obra de tapas marrones que robé -literalmente- de la biblioteca. Bueno, no fue así: tal vez nunca haya delinquido de verdad pero se puede considerar que el ser más rápido que el resto hizo que me llevara el ejemplar pesado y preciado a Galicia y a casa. Así, Pessoa viajó conmigo en aquel autobús rumbo Malpica. Las luces se colaban por las ventanas y también los bares nocturnos, abiertos al amanecer: pasábamos largos minutos mirándonos asombrados por la incomprensible mezcla de incomprensión y anhelo, falta de comunicación y luces cetrinas que nos convencían de que aquel hermoso viaje sería definitivo. Todo eso porque estábamos dentro de un túnel.
Así es que Pessoa cayó del cielo en forma de cuatro hombres fuertes con sus diferentes formas de escribir. La búsqueda de sus particularidades, de sus sentimientos, de sus filias y fobias se convirtió en un "hobbie" semanal que, además, me hizo pensar en algo nuevo para mí: el desdoblamiento de personalidad que, más tarde, se convertiría en mi sino, como personaje literario (definitivamente, yo sí que no puedo nombrarme a mí misma ni literata, escritora ni mucho menos poetisa) de mi propia vida, partida en dos, espanzurrada en dos: la verdadera y la de mentira. El 80 por ciento del tiempo lo pasaba zambullida en la del reloj de arena haciendo tic-tac; el veinte restante, durmiendo y acudiendo a las citas en nombre de Alberto Caeiro. Así se disculpaba Pessoa cuando llegaba tarde a las reuniones: hacía aparecer a su heterónimo en su piel (dios mio, qué locura tan dulce) y se desdecía de la tardanza del auténtico Fernando.
Nunca probé decir aquello de: "No soy yo, sino yo". Podría ser, ¿quién tocará la puerta del verdadero yo?
Hoy topé de casualidad también (siempre ocurre así para los que cabalgan bajo el signo de piscis, o eso les gusta decir a los que programan el día del otro en esa sección de notable importancia llamada "Horóscopo", pues, al parecer, a los soñadores les gustan mucho las casualidades, tanto como a Medem las coincidencias y capicúas, ¡cuánto romanticismo!) con una carta que Pessoa le escribió a su "fiancée", Ofelia Queiroz, con quien, según se dice en la revista que la publica, el poeta luso mantuvo una relación intermitente y nunca llegaron a casarse. Atención al delirante ritmo de una misiva que me ha fascinado con todas las letras:
..."Qué terrible coincidencia que yo y mi hermana fuéramos a la Baixa al mismo tiempo que tú. Lo que no tuvo gracia es que desaparecieses, a pesar de las señas que te hice. Salí detrás de ti confiando en poder hablar. No lo quisiste. ¡Tenías tanta prisa en ir a casa de tu hermana!
Vi tu ventana transformada en palco (con sillas suplementarias) para el espectáculo: ¡verme pasar! Si tuviera la intención de hacer el payaso (para lo que me faltan aptitudes) me iría directamente al circo. ¡No me faltaba más que consentir la broma de ofrecerme como espectáculo para tu familia! Si no tenías medio de evitar salir a la ventana con 48 personas, más te valía no salir. No puedo perder el tiempo explicándote estas cosas. Si tu corazón (suponiendo que tal señor exista) no te lo enseña instintivamente, yo no puedo convertirme en tu profesor.
Cuando me dices que lo que más deseas es que me case contigo, es una lástima que no precises que al mismo tiempo debo casarme con tu hermana, tu cuñado, tu sobrino y no sé con cuántos clientes de tue hermana.
He escrito esta carta sin tener en cuenta que tienes la costumbre de enseñar mis cartas a todo el mundo. De haberme acordado -créeme- la habría endulzado un poco. Ahora es demasiado tarde...".
Ahí finaliza un regalo de las arcas pessoanas que, al parecer, no dejan de parir textos y más textos. El poeta no alcanzó a ver su obra en tinta de imprenta. Pero nosotros sí disfrutamos de la fortuna de ver sus gafas circulares posarse sobre una nariz con personalidad que esconde un bigote a lo Hitler negro y peinado. Gorro, gabardina y pajarita. Así era el ortónimo Pessoa.
Así es que Pessoa cayó del cielo en forma de cuatro hombres fuertes con sus diferentes formas de escribir. La búsqueda de sus particularidades, de sus sentimientos, de sus filias y fobias se convirtió en un "hobbie" semanal que, además, me hizo pensar en algo nuevo para mí: el desdoblamiento de personalidad que, más tarde, se convertiría en mi sino, como personaje literario (definitivamente, yo sí que no puedo nombrarme a mí misma ni literata, escritora ni mucho menos poetisa) de mi propia vida, partida en dos, espanzurrada en dos: la verdadera y la de mentira. El 80 por ciento del tiempo lo pasaba zambullida en la del reloj de arena haciendo tic-tac; el veinte restante, durmiendo y acudiendo a las citas en nombre de Alberto Caeiro. Así se disculpaba Pessoa cuando llegaba tarde a las reuniones: hacía aparecer a su heterónimo en su piel (dios mio, qué locura tan dulce) y se desdecía de la tardanza del auténtico Fernando.
Nunca probé decir aquello de: "No soy yo, sino yo". Podría ser, ¿quién tocará la puerta del verdadero yo?
Hoy topé de casualidad también (siempre ocurre así para los que cabalgan bajo el signo de piscis, o eso les gusta decir a los que programan el día del otro en esa sección de notable importancia llamada "Horóscopo", pues, al parecer, a los soñadores les gustan mucho las casualidades, tanto como a Medem las coincidencias y capicúas, ¡cuánto romanticismo!) con una carta que Pessoa le escribió a su "fiancée", Ofelia Queiroz, con quien, según se dice en la revista que la publica, el poeta luso mantuvo una relación intermitente y nunca llegaron a casarse. Atención al delirante ritmo de una misiva que me ha fascinado con todas las letras:
..."Qué terrible coincidencia que yo y mi hermana fuéramos a la Baixa al mismo tiempo que tú. Lo que no tuvo gracia es que desaparecieses, a pesar de las señas que te hice. Salí detrás de ti confiando en poder hablar. No lo quisiste. ¡Tenías tanta prisa en ir a casa de tu hermana!
Vi tu ventana transformada en palco (con sillas suplementarias) para el espectáculo: ¡verme pasar! Si tuviera la intención de hacer el payaso (para lo que me faltan aptitudes) me iría directamente al circo. ¡No me faltaba más que consentir la broma de ofrecerme como espectáculo para tu familia! Si no tenías medio de evitar salir a la ventana con 48 personas, más te valía no salir. No puedo perder el tiempo explicándote estas cosas. Si tu corazón (suponiendo que tal señor exista) no te lo enseña instintivamente, yo no puedo convertirme en tu profesor.
Cuando me dices que lo que más deseas es que me case contigo, es una lástima que no precises que al mismo tiempo debo casarme con tu hermana, tu cuñado, tu sobrino y no sé con cuántos clientes de tue hermana.
He escrito esta carta sin tener en cuenta que tienes la costumbre de enseñar mis cartas a todo el mundo. De haberme acordado -créeme- la habría endulzado un poco. Ahora es demasiado tarde...".
Ahí finaliza un regalo de las arcas pessoanas que, al parecer, no dejan de parir textos y más textos. El poeta no alcanzó a ver su obra en tinta de imprenta. Pero nosotros sí disfrutamos de la fortuna de ver sus gafas circulares posarse sobre una nariz con personalidad que esconde un bigote a lo Hitler negro y peinado. Gorro, gabardina y pajarita. Así era el ortónimo Pessoa.





