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"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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En el papel de Don Nadie
"Las dos se llamaban Nadia, pero podían haberse llamado Nadie".

En mi habitual revista de prensa de las tardes dominicales caigo en la cuenta de que lo que más me gusta del mundo es criticar y desmenuzar. Así, escojo un texto que tiene un subtítulo asombroso: el que precede el mío. ¿Es o no es una sutil forma de besar al lector en los labios? Como así lo creo, quiero dar una palmadita arrogante en el hombro de Antonio Bernabéu, periodista que se deleita en primera persona y luego desprende conocimientos al mundo sobre dos de las mujeres más tristes de la historia rusa que pasaron a la historia de los olividados. Los eternos segundones, señor, el día de mañana se revelarán. Bien es sabido por todos y aquí, desde la retaguardia del blog, desde el burladero de la discrepancia, lanzan destellos para llamar la atención. Un día serán escuchados.

Así, pues, Nadia Krúpskaia y Nadia Allilúeva llenan dos páginas del "Magazine" con una sola publicidad (un 2x8, podría ser): no es un mal trato para las que sí sufrieron un duro maltrato en su día. No golpeadas, las dos Nadias tuvieron que conformarse con el tormento y el suicidio (sigo recogiendo información del subtítulo: es brutal qué bien escrito está; ¿lo habrá incluido el propio Bernabéu o habrá sido el editor quien está detrás de ese perfeccionista gancho? Si es el segundo, vivan los editores ocultos, pues bien es sabido por todos -por segunda vez repito esta fórmula, vamos a atragantarnos a lo Proust- que a estos no los honra ni su familia). La primera fue la esposa rechoncha y fea de Lenin, del que se escribió lo siguiente: "Una mirada a la Krúpskaia y era evidente que a Lenin no le atraían las mujeres". Cuánta crueldad en 16 palabras.

Sin embargo, no le bastaba a Nadia I (como si fuera una zarina obrera) con tener que cargar con todas las desigualdades de la época, no concebir hijos como el artículo insinúa que parecía desear y dedicarse a la humildad de las paredes de la casa (aunque militante adusta), sino que además fue vilipendiada por un Lenin mujeriego que se enamoró del cañón de la Revolución: hela aquí, a la joven francesa Inés Armand, que poseyó la pasión del soviético reprimido. Dice el texto: "Lástima que un exceso de ortodoxia y de celo haya privado a la posteridad de aquellas cartas íntimas que se escribieron ambos". Bueno, no lo digo yo, pero el voyeurismo se repanchinga en esa frase.

Nadia II fue la esposa de Stalin. La imagino como una especie de Robert Ford en tiritona por conocer a su ídolo, Jesse James, pues, al parecer, Nadia Allilúeva, mucho más joven que Stalin, que le doblaba la edad, era una niña cuando conoció al futuro líder. Explicita Bernabéu: "Cegada por aquella aureola romántica de la toma del Palacio de Invierno, se fue a vivir con él, sin papeles ni boda". Eso es amor y lo demás, lo demás lo que ocurrió después.

El falso mito rodeado de niños a los que arropaba parecía ser un ser huraño y solitario, difícil y cascarrabias. El suicidio de Nadia fue la respuesta al desatado mal humor de un ebrio Stalin que, en la noche de celebración del 15 aniversario de la Revolución, henchido de vodka, llamó a gritos a la dulce y triste obrerita. Seguido a esta severa falta de educación, le lanzó un pitillo encendido. Esa misma noche, Nadia se suicidó. Walter, su pistola, le ayudó a dar el paso.

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