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Más cine, por favor
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"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Un café vienés
La razón por la que me metí en tu coche un día tras otro, aún la desconozco. Se supone que los dos acabamos a esas horas de trabajar. Se supone que yo vivo tan lejos que tú, con tu corazón de templanza, te apiadas y me propones Moncloa, lo que yo acepto sin pensar y, una vez allí, tras los pitidos que emite tu coche como si fuera fantástico para chivarse de que me he quitado el cinturón de seguridad, le inquiero a alguien que cómo se va hasta Príncipe Pío. "En metro", responden todos. Me justifico: "No, andando, es que quiero pasear". Con cara de interrogación y admiración (en su sentido lingüístico más absoluto: exclamación), me indican con un dedo inseguro: "Todo recto por ahí hasta Plaza de España. Luego hacia abajo". Sí, ahí ya sé.

Entonces me conecto a la radio y me dispongo a retroceder.

Me saludas al comenzar la mañana, me hago la indiferente porque no quisiera mostrar que he estado esperando el momento en que te quitas el abrigo negro de tela, la capa del Estudiante de Salamanca gruesa y que tanto pesa, que tanto cuidas y cuyo cuello subes para no pasar frío, siempre pareces estar aterido de frío. Entonces lo veo: por la redacción se mueve espesamente el olor sólido que traes; no es un olor ligero, no es el de una persona joven que recién cumplió los 25, es el de alguien que se acerca a los cuarenta y mensajea que tiene esa edad. Es una mezcla entre coco y limón, es dulce y denso por otro lado; es devastador como tu figura de espadachín (¿en serio practicaste esgrima durante años?), algo que se mete en las entrañas y que sólo sale por la puerta cuando desapareces de la redacción, que no son pocas veces: así, el doctor te busca muchas veces, por todas partes, y manda para buscarte. Y ahí estoy yo: te sostengo por las pinzas de la camisa suelta que llevas, y te postro ante ellos. "Aquí traigo al rehén. El rehén se había esfumado como su olor a las diez de la noche. Cuando se marcha".

Antes de marcharte una vez preguntaste qué iba a hacer después. "Nada, no tengo plan. ¿Y tú?". "Beberme un whisky en el sofá de mi casa". ("Y cortarme las venas", quisiste añadir).

No sugirió el suicidio por desconsuelo y decoro pero lo vehiculó hasta mí (me pregunto si de igual modo que dejas frases en el aire también controlas el radio de acción de olor) como si estuviera pidiéndome que lo recogiera como a Olivia, cuando le quedaban dos días para morir. Entonces, el que se confiesa "infantil" en "determinadas situaciones íntimas", el que hace tiempo tuvo que enfrentarse a una situación paradigmática que tanto se aproxima a otras de sobra conocidas, el que apenas sí parece que junta los veinte, aunque suma más de tres décadas, aquel que viste "informal pero elegante", que creció entre los "pijos de Madrid", que vivió deprisa y no se mató porque su sombra lo protegió, el que se ríe de todos aquellos que escriben blogs (y cambian el gesto cuando le confiesan que hay gente cercana que puede tenerlos) y que no bebe cervezas, sino vinos, al que toda la ropa le queda grande, el que merma, se consume por dentro y se le rizan las pestañas de puro capricho, el que no tiene un rostro actual si esto se me permite, que parece escapado de uno de esos filmes que presta alegremente, el que aburre por su dicción asombrosa o engancha por sus historias inéditas y templadas, al que le han dejado y ha dejado repetidas veces a lo largo de su vida, al que para romper hielos encaja un "chica" desesperado que atonta y produce risa, el que huye de la redacción, sugirió ir a tomar algo. Acepté.

No