Magalomanía
Aquello se convirtió en una costumbre. Me gustaría decir: la hora de servirse un té. Un café a las cinco y media de la tarde. Salir los sábados para tomar el tranvía y dar unas vueltas a la manzana. Ver "House" en tu casa. Correr los domingos por la mañana. Desayunar churros una vez por semana. Salir a dar un paseo los jueves por la noche. Quedar para ver cómo cambian los productos de los estantes de los supermercados. Cualquier cosa podría ser una costumbre hermosa; pero voy a hablar de las que no lo son tanto.
La costumbre de leer entre líneas. De pasar las páginas sin terminar la hoja, de volver atrás y no llegar hasta el final nunca. En definitiva, la costumbre de quemar libros sin completarlos. A la hoguera: esto es ya una rutina más y cuando algo se convierte en tradición, cuesta mucho dejar de verlo como algo habitual, sano y hasta cierto punto, natural.
Así pasó. Con "En busca del tiempo perdido", "Lo que el viento se llevó", "La caverna", "Estambul", "El imperio", "Rayuela". Aquí me detengo, recorto un artículo que no me ha sido comentado, una de las cosas más inspiradoras que he hecho hasta la fecha: como aquellos análisis de textos que hacíamos, que a mí tanto me gustaban, aquella mañana de metro decidí subrayarlo considerando mi vida como punto de partida. Éste es el resultado: "La chica con la que Horacio se encontró un mediodía en la calle, de Cherche-Midi, por si fuera poco, que se llamaba Lucía ('Y así es como los que nos iluminan son los ciegos') y venía de Montevideo con un chico en brazos, y a todos -a Horacio el primero- les asombraba que 'hubiera podido llevar la fantasía al punto de llamarle Rocamadour a su hijo' (como un pueblito de Francia que se llama así y que, visto desde arriba de la Nacional 7, parece un bebé despatarrado en la cuna); la que anda por la calle, buscando, lo que le concierne busca, y eso no es, nunca es lo mismo que para los demás, 'porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunqueu se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa... si uno se ordena como un cajón de la cómoda...', es el signo de la busca y de lo que se sale a buscar".
Esto escribe Ana Becciu, unas frases que me han impresionado hasta tal punto de querer dilatar su pensamiento y de buscarlo, como hace Oliveira cuando se da cuenta de que ha perdido (siempre ocurre así) a la Maga, de que la ha perdido para siempre, y de que ya no se encontrarán por gracia y obra del azar. O de quien sabe dónde ponerse para propiciar un encuentro fortuito, eso sí que es arte.
Del azar a la casualidad, y de la causalidad a la coincidencia me agarro fuerte de una mano invisible que no es la del mercado, olvidemos a Adam Smith por unos instantes, sino la de algo, un ente, una realidad, un ser onírico, algo como ovni, podría ser lo mismo (a.l.g.o.), ¿qué más da?, que me conduce corriendo por los corredores velados de una cita de libro, de una cita entre dos personas, de una cita textual, de lo que para un signo bajo la influencia lunática del sol simboliza el encontrase en la calle, el preguntar si estás ahí, detrás de esos carteles aunque no te vea, si lo estarás, si por fortuna estabas, si me esperarás aunque llegue tan tarde.
La costumbre de leer entre líneas. De pasar las páginas sin terminar la hoja, de volver atrás y no llegar hasta el final nunca. En definitiva, la costumbre de quemar libros sin completarlos. A la hoguera: esto es ya una rutina más y cuando algo se convierte en tradición, cuesta mucho dejar de verlo como algo habitual, sano y hasta cierto punto, natural.
Así pasó. Con "En busca del tiempo perdido", "Lo que el viento se llevó", "La caverna", "Estambul", "El imperio", "Rayuela". Aquí me detengo, recorto un artículo que no me ha sido comentado, una de las cosas más inspiradoras que he hecho hasta la fecha: como aquellos análisis de textos que hacíamos, que a mí tanto me gustaban, aquella mañana de metro decidí subrayarlo considerando mi vida como punto de partida. Éste es el resultado: "La chica con la que Horacio se encontró un mediodía en la calle, de Cherche-Midi, por si fuera poco, que se llamaba Lucía ('Y así es como los que nos iluminan son los ciegos') y venía de Montevideo con un chico en brazos, y a todos -a Horacio el primero- les asombraba que 'hubiera podido llevar la fantasía al punto de llamarle Rocamadour a su hijo' (como un pueblito de Francia que se llama así y que, visto desde arriba de la Nacional 7, parece un bebé despatarrado en la cuna); la que anda por la calle, buscando, lo que le concierne busca, y eso no es, nunca es lo mismo que para los demás, 'porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunqueu se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa... si uno se ordena como un cajón de la cómoda...', es el signo de la busca y de lo que se sale a buscar".
Esto escribe Ana Becciu, unas frases que me han impresionado hasta tal punto de querer dilatar su pensamiento y de buscarlo, como hace Oliveira cuando se da cuenta de que ha perdido (siempre ocurre así) a la Maga, de que la ha perdido para siempre, y de que ya no se encontrarán por gracia y obra del azar. O de quien sabe dónde ponerse para propiciar un encuentro fortuito, eso sí que es arte.
Del azar a la casualidad, y de la causalidad a la coincidencia me agarro fuerte de una mano invisible que no es la del mercado, olvidemos a Adam Smith por unos instantes, sino la de algo, un ente, una realidad, un ser onírico, algo como ovni, podría ser lo mismo (a.l.g.o.), ¿qué más da?, que me conduce corriendo por los corredores velados de una cita de libro, de una cita entre dos personas, de una cita textual, de lo que para un signo bajo la influencia lunática del sol simboliza el encontrase en la calle, el preguntar si estás ahí, detrás de esos carteles aunque no te vea, si lo estarás, si por fortuna estabas, si me esperarás aunque llegue tan tarde.





