Sobre el periodismo
Me agrada el orden establecido en mi nueva habitación. Bueno, aunque es la de antes, ahora dispongo de unas alfombras del Ikea de colores muy vivos (naranja y marrón) y la lámpara es de esas que simbolizan el mundo en una bola de papel. He descubierto que me gusta sentarme de espaldas al armario y ver el mundo a través de la hoja de papel del libro que esté manoseando en el momento: "Un corazón invencible. Vida y muerte de mi mardo Danny Pearl: corresponsal de guerra".
Nunca he sido una de esas personas o, por qué no centrarse, periodistas (al fin y al cabo lo soy) que leen literatura emborronada por otros periodistas. Que gustan saber sobre las historias que nos encumbran y también las que nos critican, las que forman parte de nuestro gremio y analizan el por qué del periodismo y su función. Lo que uno puede hacer bajo la bandera de la pluma, lo bien visto y lo moralmente no aceptado. Todas esas disquisiciones, siempre pensé que así era, me generaban bastante indiferencia; en definitiva, no creí pertenecer a esa clase de periodistas que debaten sobre lo que hacen y sobre lo que debería ser el periodismo, esta ciencia nueva, obtusa, tan denostada y apreciada, tan llena de aventuras insípidas y rutinas aburridas.
Sin embargo, me percibo subrayando las frases que hablan del periodismo con mayúsculas, aquel que sólo algunos practican y en lo más hondo de mi ser, me gustaría ser partícipe: "Vivimos en un mundo en el que la gente no habla para comunicarse sino para sojuzgar (...). Nosotros poseemos las herramientas y el lenguaje para revelar verdades. Nosotros creemos que podemos cambiar el mundo modificando el modo en que las personas piensan en sus semejantes. Podemos inclusive establecer lazos entre la gente, por muy frágiles que éstos sean. Por eso, para quienes promueven el odio, nosotros somos los más odiados de todos".
Continúa Mariane Pearl reflexionando acerca de la piel especial de los periodistas. Yo, que nunca he creído en ello (bueno, miento, sólo al comienzo de la licenciatura, cuando, llena de ingenuidad y rubor, expresé en voz alta lo que pensaba del periodismo, esa "profesión" que había escogido, con toda la voluntad del mundo: "Periodismo es libertad". Eso dije y me descreo), ahora caigo en la cuenta de que si bien me gusta hacerme pasar por el gato que disimula que es un felino, no puedo ocultar mis verdaderas inquietudes. Anoche mismo sostuve esta conversación:
-Yo no soy tan periodista como vosotros. No soy "como" vosotros, que os late la noticia, que os encanta a lo que os dedicáis.
-No te creo, no es verdad. Por lo que he podido ver durante este año, sé que te gusta tanto el periodismo como a mí. Te apasiona de veras.
El comentario me dejó cabizbaja: yo que estaba dispuesta a "pasar" de esto el resto de mis días, que quería ser proyectista o acomodadora. Yo que estaba tan tranquila devoro las páginas escritas (que no emborronadas) por Mariane Pearl, y me coloco de su lado. Y disfruto con la sencillez de sus descripciones, con su capacidad para emocionar y divulgar una verdad, una tendencia al diálogo por encima de las brutalidades que hubo de vivir y enfrentar.
Como por arte de magia, me acuerdo de aquella profesora que, antes de convertirse en lingüista y correctora, se encerró un año en su habitación (y en prolongadas fiestas nocturnas, bares y pianos) para leer una pieza teatral cada día. Chèjov, Valle-Inclán, Lorca, Moliere. Todos los que pudo.
Nunca he sido una de esas personas o, por qué no centrarse, periodistas (al fin y al cabo lo soy) que leen literatura emborronada por otros periodistas. Que gustan saber sobre las historias que nos encumbran y también las que nos critican, las que forman parte de nuestro gremio y analizan el por qué del periodismo y su función. Lo que uno puede hacer bajo la bandera de la pluma, lo bien visto y lo moralmente no aceptado. Todas esas disquisiciones, siempre pensé que así era, me generaban bastante indiferencia; en definitiva, no creí pertenecer a esa clase de periodistas que debaten sobre lo que hacen y sobre lo que debería ser el periodismo, esta ciencia nueva, obtusa, tan denostada y apreciada, tan llena de aventuras insípidas y rutinas aburridas.
Sin embargo, me percibo subrayando las frases que hablan del periodismo con mayúsculas, aquel que sólo algunos practican y en lo más hondo de mi ser, me gustaría ser partícipe: "Vivimos en un mundo en el que la gente no habla para comunicarse sino para sojuzgar (...). Nosotros poseemos las herramientas y el lenguaje para revelar verdades. Nosotros creemos que podemos cambiar el mundo modificando el modo en que las personas piensan en sus semejantes. Podemos inclusive establecer lazos entre la gente, por muy frágiles que éstos sean. Por eso, para quienes promueven el odio, nosotros somos los más odiados de todos".
Continúa Mariane Pearl reflexionando acerca de la piel especial de los periodistas. Yo, que nunca he creído en ello (bueno, miento, sólo al comienzo de la licenciatura, cuando, llena de ingenuidad y rubor, expresé en voz alta lo que pensaba del periodismo, esa "profesión" que había escogido, con toda la voluntad del mundo: "Periodismo es libertad". Eso dije y me descreo), ahora caigo en la cuenta de que si bien me gusta hacerme pasar por el gato que disimula que es un felino, no puedo ocultar mis verdaderas inquietudes. Anoche mismo sostuve esta conversación:
-Yo no soy tan periodista como vosotros. No soy "como" vosotros, que os late la noticia, que os encanta a lo que os dedicáis.
-No te creo, no es verdad. Por lo que he podido ver durante este año, sé que te gusta tanto el periodismo como a mí. Te apasiona de veras.
El comentario me dejó cabizbaja: yo que estaba dispuesta a "pasar" de esto el resto de mis días, que quería ser proyectista o acomodadora. Yo que estaba tan tranquila devoro las páginas escritas (que no emborronadas) por Mariane Pearl, y me coloco de su lado. Y disfruto con la sencillez de sus descripciones, con su capacidad para emocionar y divulgar una verdad, una tendencia al diálogo por encima de las brutalidades que hubo de vivir y enfrentar.
Como por arte de magia, me acuerdo de aquella profesora que, antes de convertirse en lingüista y correctora, se encerró un año en su habitación (y en prolongadas fiestas nocturnas, bares y pianos) para leer una pieza teatral cada día. Chèjov, Valle-Inclán, Lorca, Moliere. Todos los que pudo.
Comentario:
Gracias siempre Joana: eres la única que me recuerda que la existencia de este blog tiene sentido. ¿Qué tal estás, preciosa?
Comentario:
yo sí que te veo periodista y escritora y proyectista y acomodadora y todo lo que venga. Porque sí porque estamos en esta vida para aprender y esto del periodismo parece que enseña algo aunque no sea precisamente a ser libre.
Un beso guapa.
Un beso guapa.





