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Mac Guffin
Más cine, por favor
Acerca de
"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Sindicación
 
La industria cultural humana
A veces llego a un lugar y desde el minuto uno (o cero: puedo resolverme incluso en un tiempo récord), sé con quién quiero hablar el resto de la noche. Puede que no sea correspondida, pero con un poco de suerte abordo un tema de conversación que despierte el interés del elegido, lo atrapo para mí y le hago un par de bromas extrañas e infantiles (es la combinación perfecta) para fidelizar su atención. Se trata de personas cuyas baterías están cargadas de una sintonía especial, una especie de armonía que puedo distinguir a una distancia prudencial, antes incluso de intercambiar una sola palabra. Nos reconocemos enseguida: es como si nos conociéramos de antes de haber nacido. Nos une un interés hacia el otro especial, que no sobrenatural, y se puede reprimir el gusto y el instinto de la "plática", pero mientras el mundo siga rodando, siempre es posible cruzar el umbral.

Como si se tratara de aquella colonia de franceses que viven en una Camboya en guerra en la película de "Apocalypse now", todos extendemos largamente la copa (o cerveza), para comenzar a distinguirnos. Un tercero nos presenta. La noche transcurre y la marcha de algunas personas hacen que los que quedamos, cerquen el círculo. Entonces es cuando la estrategia a lo Swann hacia Odette se pone en funcionamiento. Las preguntas introductorias son amplias, vagas, confusas. "Entonces, ¿vosotros os conocéis de Sao Paulo?". "Sí, allí entablamos nuestra amistad". "Qué interesante. Tengo entendido que es una ciudad-foco de la cultura, ¿es así?".

Y los pitillos también se alargan, como las copas. El humo se vuelve soportable; como nómadas, nos trasladamos de un lugar a otro sin hablar pero, al llegar al nuevo bar, con su música zafia o encantadora, abrumados por el frío de la calle y el rubor de las estancias cerradas, llenas de gente, de adrenalinas y alientos, volvemos a preguntarnos cualquier cosa. "¿Y aquí pasas frío?". "Sí, mucho. Pero en mi casa tengo mantas". "¿Qué tiempo hace en Sao Paulo?". "Sólo dos veces al año hace unos ocho grados". Dios mío.

Entre disquisiciones nocturnas acerca del poder de una camiseta, con un mensaje en una botella ("Tenemos nostalgia del futuro", de Renau) que todos quieren explotar, discutir, debatir, exponer, convencer (viva la palabra), se cuelan las frases no dichas por las rendijas de la música no bailada. Una foto de grupo y un cruce de verbos, varias horas hablando sobre Lula da Silva y Hugo Chávez, Novamerica y el populismo verde oliva, para acabar en un búho de vuelta a casa cuando todo flota sobre nuestras intenciones.

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