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"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Por fin, Calixto Bieto
Y por fin, Calixto Bieto. Tengo 23 años y recién llego al pop teatral, a la subversión comercial, a la intriga de la rebeldía. Desde que aquella profesora de literatura nos habló de los perfomances, de las compañías que la montaban en el escenario lanzando coches sobres el público, y cuchilladas verbales, no había cejado en mi empeño de ver una obra de Bieto. El pasado año, gran añada, había leído no pocas cosas sobre él. Había esuchado no pocos comentarios afilados sobre su modo de hacer y de expresar... Mi acostumbrada insatisfacción me lleva a proclamarme aún muy profana en la materia, pero un Calixto Bieto ha pasado sobre mi run-run cerebral.

Ayer, con mi padre, fila 3. Anfiteatro (paraíso o gallinero, ya se habló de esta dualidad versus eufemismo en su día). "Los persas. Requiem por un soldado", basada en la versión de Esquilo. El folleto explicativo reunía unos tres párrafos de mentiras: es, en cualquier caso, lógico aunque manipulador, el hecho de quien aquello escribió tuvo que hacerlo en la más "light" de todas sus posibilidades de narración. Un trabajo nada grato: imagino que la prioridad era atrapar a cuantos más espectadores, mejor, aun a riesgo de vender la moto sin moto y soportar las críticas postreras. Sin embargo, a mí me parece hasta cierto punto lícito: si es necesario engañar para divulgar... Al menos tergiversando al espectador se consigue sentarlo en la butaca. Luego sólo le queda llevarse el desaguisado a su casa. Pero se lo ha tragado.

Bieto opta por las rupturas de las convenciones aunque incurre en algunos tópicos. Culpa a los muertos. Las guerras se generan por ellos, aunque aún no hayan reventado en mil pedazos. Las palabras son bofetadas llenas de pequeños cristales de sal en las mejillas del espectador que, después de veinte, no se insensibiliza, sino todo lo contrario. Se empieza a sentir incómodo, los sarcasmos le marcan la sonrisa del payaso, duelen las comisuras. También los ojos, los oídos, la garganta. Un terrón de tierra ahoga el transepto hacia la respiración.

Sobre todas las descargas de silla eléctrica (seguramente los técnicos estaban compinchados y juntaban el cable azul con el rojo en algunos momentos), pesa esta frase: ¿Cómo coño voy a creer en la resurrección? Eso se dice mientras un soldado loco (que no loco soldado) lanza cabezas de muñecos, ángeles descabezados, sobre el escenario, lleno de polvo e injusticias.

 
Comentario:
Calixto, Calixtito... ese director que me cautivó con su puesta en escena de un clásico, La vida es un sueño.

Por cierto María sabes que además tiene obra en el Romea, Tirant lo Blanc, y en marzo estrena otra. Es un fuera de serie, habrá que seguirle los pasos más de cerca.
Un beso
 
Comentario:
Este Celedonio me tiene electrificada. ¿Escribe bien o no escribe bien este autodidacta? Bailemos al ritmo de un himno nacional diferente...
 
Comentario:
No quedan muchas ganas de alistarse en las fuerzas armadas. No, el futuro no está en los bonitos y engañosos reclamos que hace el Ministerio de Defensa. Bieto desarma y descascara al Ministerio y atodos los ejercitos.
Bieto consigue lo que nadie ha conseguido, un Himno Nacional bailable.
No