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Acerca de
"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Empobrezco
Sigo teniendo ideas pero estoy perdiendo la capacidad de desarrollarlas. A veces me veo como todos. Otras, sin embargo, escapo del mundo para mirar como un "voyeur" entre las faldas de colores de las bailarinas que danzan al son de cualquier melodía en aquel pasadizo. Sólo lo recorro cada martes a las ocho y media. Una vez a la semana, y no siempre. Camino despacio, me entretengo como hacía Prissy en "Lo que el viento se llevó". No hay ninguna parturienta que necesite a un médico, sábanas limpias y agua caliente. Pero yo me demoro. No me importa que la clase haya empezado: me gusta observar aquello que nunca seré, aquello que es arte y me es desconocido. Las siluetas moviendose con decoro, con cortesía, con amabilidad, con dulzura, con agilidad, sutilmente, armoniosamente. Son Nikés de Samotracia aladas: son Victorias llenas de futilidad...

Me levanto a las siete y media. Suena el despertador. Dos despertadores. Ducha, tostadas de pan crujiente con unas gotas de aceite y un poco de sal. Salar la vida no viene nada mal... Lo equilibro con un buen Cola-cao instantáneo y dulce, muy dulce. Me visto. Corro hacia el autobús. No me peleo por un sitio. Llego a la Renfe. No mato por un sitio. Me bajo en Aluche. Leo los carteles de la campaña: "Con cabeza y corazón". "España: octava potencia mundial. Primera en derechos humanos". "Vota con todas tus fuerzas". "Las ideas claras".

Y el chocolate espeso.

Duermo de nuevo en el otro autobús. Descubro a Jorge por las mañanas: está leyendo con fruición el "20 minutos"; yo le discuto la importancia de no llamarse Ernesto. "A mí me gusta más el 'Adn'. Soy una incondicional, a decir verdad. ¿No te parece que lo de Nureyev está especialmente bien maquetado?". "Sí, tienes razón", asiente Jorge, un tipo que llevo viendo toda la vida, al que no había saludado en muchos años. Es curioso: después de coincidir en el viaje de fin de curso, ver "La naranja mecánica" por su insistencia, no dormir nada en el autobús y entrar en contacto por primera vez con la genialidad de Manu Chao, Jorge reaparece. Años después, habrían de ser unas manos muy diferentes las que me envolvieran al ritmo de un espeso, y melancólico, "Te espero siempre mi amor, cada noche cada día...".

Al mismo tiempo que las frases del tipo "Me hielo, la habitación, no tengo calefacción" eran la clase de sentencias que siempre sus labios podían llegar a pronunciar, sin venir a cuento o en el más oportuno de todos los momentos (así era su capacidad innata de asustar, abrumar, atraer y fascinar), Jorge se expresa de un modo muy brillante. Sus 100 kilos se mueven con lentitud, pero sin torpeza. Igual que la versatilidad de sus conversaciones. Es exigente. Ha estado en Tokio. Le queda Viena, Berlín y Reykjavik por ver antes de morir. Eso dijo, eso afirmó. Eso me hizo sonreir.

Jorge se sube en el coche del pelirrojo de su jefe y yo me quedo allí, rodeada de otros, camino al trabajo. Pasa el día y vuelvo. Entonces, Jorge queda atrás, la vida de entonces ya ni se parece a la que fue entonces (¿cómo es posible?), las fotografías pegadas sobre el cuaderno manufacturado hacen que mi estómago vuelque: vomitaría de contener la suficiente pasión como para aislarme entre dos coches y sentir el frío cortante sobre la nuca.

Pero ya no vomito. Ya no me acongojo. Ya no necesito que me cojan de la mano, que me aplasten las sientes como a Scarlatta. Ya no necesito nada. Soy austera, aunque utilizo cheques de restaurante para pedir "foie de pato". Soy pobre, aunque puedo perderme en la oscuridad de un teatro de 22 euros. Soy cada día más pobre, aunque vista prendas de cachemire.

Empobrezco. Por mis ojos desfilan las imágenes de un lugar-escenario que era un montaje-amañado. Dublín o París, Londres o Gante. Dios mío, ni siquiera puedo ahogarme en el Moskva.

No