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"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Torpe, como un suicida sin vocación
Escribir con las tripas es mucho más difícil de lo que parece. Igual que cantar desde el corazón, lo mismo que hacer las cosas con la pasión de una tiza, de una herramienta, de un cortacésped, de una sierra eléctrica, de un lápiz, de un pincel, de una brocha, de una guitarra desgarrada, de una voz ronca, de un puntero de ratón, de una fregona a punto de reventar. Y todo inundándose.

Recoge Javier Cercas (gracias) en su artículo de "El País" de hace dos domingos: "'¿A qué crees que se reduce la literatura?', le escribe su padre a V. S. Naipaul en una carta memorable. 'A escribir con las tripas, no con la cabeza. Si el delincuente semialfabeto escribe una carta a su novia, será como la mayoría de las cartas de semejantes personas. Si el delincuente escribe justo antes de ser ejecutado, será literatura'".

Esto lo clarifica todo. James Dean, Marilyn Monroe, ¿Lorca? Y es que, como explica Cercas, todo suicida "parece llevarse siempre consigo un secreto, un gran misterio que jamás podrá ser resuelto". Pero tal vez no había nada. Tal vez sólo una pronta muerte, una temprana huida de la realidad. Lo que sí se desvanece espesamente por encima de mi estela, por encima de mí, y de esta habitación incluso, es que si yo muriera mañana mismo, si no despertara más (si es que consiguiera dormir), esto, quizá, se convertiría en letra impresa para los que configuran mi entorno. O para los que entornan mi configuración.

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