El personaje y tú
Nunca me había ocurrido algo así con una película. Bueno, miento. Me sucedió en una ocasión anterior. Fue cuando vi por primera vez "Amèlie". Lo recuerdo perfectamente. Me he dado cuenta de que tengo una memoria imborrable; tal vez por eso sea tan difícil olvidar. Querer olvidar, incluso.
Me encanta el comienzo de "Los subterráneos". Hoy, precisamente después de haber leído algunas de las páginas más destartaladas de la historia de la literatura, rindo homenaje a todo lo contrario. Ordeno mis ideas. Es imposible, pero intento que, al menos, estén expuestas con rigor y concierto. Frases cortas y compasivas. Comprensibles, para todos los públicos.
Y qué pocas ganas de ver "Arsénico por compasión". Y cuántas de describir "Doctor Zhivago": hasta de lo insulso se saca provecho. En cuarto curso hube de leer sobre esta película. No me arrepiento. Recuerdo asimismo que el libro, un volumen muy ecléctico y sin par, contemplaba otras extrañas disquisiciones acerca de la vida. En especial, narraba la existencia de un periodista al uso. Del "horario de periodista" y del rostro de bombilla a punto de vencer que se le queda al reportero cuando llega a casa. Y cierra la puerta, un pomo a medio romperse. Cuando saca de la nevera una hoja de pavo y mermelada de frambuesa. Y se lo como todo en un rollo de pan de molde. Mientras, enciende la radio o la televisión. Soledad.
A algunas personas no les gusta su personaje. El personaje Scarlatta, el persona Hanna, el personaje Annie. El deshollinador. El afinador, el violinista. Las manos sobre el ratón, morenas. Los dedos de repulsa.
No me había sucedido igual con ninguna otra cinta. Bueno, miento. Sí con "Amèlie", pero no de la misma forma. "Once". Tan hermoso. Tan extraordinariamente real. Tan incomprensiblemente nostálgica. Todavía me veo en el ordenador de David Moralejo, retocando una página con el Indisign, haciendo lo prohibido, hablando por teléfono, llamándote, susurrando y siempre sosteniendo el auricular entre el hombro y el cuello... Girando la cabeza, riendo, murmurando, invitándote a salir.
A conocer. A ver. A ir al cine. A llorar. A romper las normas. A no seguir nada de lo establecido. A huir de lo establecido. Hay cosas que se deben decir a tiempo. Si no, si no, quemarlas es lo que receta el prospecto. Meterlas en una botella de ginebra, y al mar de las cosas tiradas. El basurero.
El personaje es una forma de sentirse libre. Es un caparazón ante la incapacidad para decidir el futuro más incierto, el más inmediato. Ante las incorrecciones del mundo. Ante lo que no nos gusta, ante lo que nada tiene que ver conmigo.
Me encanta el comienzo de "Los subterráneos". Hoy, precisamente después de haber leído algunas de las páginas más destartaladas de la historia de la literatura, rindo homenaje a todo lo contrario. Ordeno mis ideas. Es imposible, pero intento que, al menos, estén expuestas con rigor y concierto. Frases cortas y compasivas. Comprensibles, para todos los públicos.
Y qué pocas ganas de ver "Arsénico por compasión". Y cuántas de describir "Doctor Zhivago": hasta de lo insulso se saca provecho. En cuarto curso hube de leer sobre esta película. No me arrepiento. Recuerdo asimismo que el libro, un volumen muy ecléctico y sin par, contemplaba otras extrañas disquisiciones acerca de la vida. En especial, narraba la existencia de un periodista al uso. Del "horario de periodista" y del rostro de bombilla a punto de vencer que se le queda al reportero cuando llega a casa. Y cierra la puerta, un pomo a medio romperse. Cuando saca de la nevera una hoja de pavo y mermelada de frambuesa. Y se lo como todo en un rollo de pan de molde. Mientras, enciende la radio o la televisión. Soledad.
A algunas personas no les gusta su personaje. El personaje Scarlatta, el persona Hanna, el personaje Annie. El deshollinador. El afinador, el violinista. Las manos sobre el ratón, morenas. Los dedos de repulsa.
No me había sucedido igual con ninguna otra cinta. Bueno, miento. Sí con "Amèlie", pero no de la misma forma. "Once". Tan hermoso. Tan extraordinariamente real. Tan incomprensiblemente nostálgica. Todavía me veo en el ordenador de David Moralejo, retocando una página con el Indisign, haciendo lo prohibido, hablando por teléfono, llamándote, susurrando y siempre sosteniendo el auricular entre el hombro y el cuello... Girando la cabeza, riendo, murmurando, invitándote a salir.
A conocer. A ver. A ir al cine. A llorar. A romper las normas. A no seguir nada de lo establecido. A huir de lo establecido. Hay cosas que se deben decir a tiempo. Si no, si no, quemarlas es lo que receta el prospecto. Meterlas en una botella de ginebra, y al mar de las cosas tiradas. El basurero.
El personaje es una forma de sentirse libre. Es un caparazón ante la incapacidad para decidir el futuro más incierto, el más inmediato. Ante las incorrecciones del mundo. Ante lo que no nos gusta, ante lo que nada tiene que ver conmigo.





