No albergaba demasiadas esperanzas sobre su futuro
"Su mirada a través del cristal de la carlinga no era la de uno de esos sanguinarios cazadores, young bloods, aves de presa ansiosas de pintar marcas de aviones enemigos en su fuselaje. Saint-Exupéry, en misión de reconocimiento, no buscaba rivales, volaba, se fijaba en el sol, en el viento, en las estrellas, en la disposición de las nubes y en las extrañas formas que éstas adoptan. Inventaba historias, soñaba. No albergaba demasiadas esperanzas sobre su futuro.
Cuando el depredador alemán lo encontró sobre el Mediterráneo, no tuvo más que colcarse a su espalda y apretar el disparador de sus cañones. Una presa fácil. Súbitamente arrebatado del cielo, Saint-Exupéry cayó, su Lightining P-38, una estrella fugaz, plata ardiente siseando al encontrarse con el mar.
Hay algo que nos conmueve en la caída de todo aviador. Richtofen cayó, cayó Douglas Bader; cayó sobre su amada África Dennis Finch-Hatton, el amante de Karen Blixen, en un aeroplano Gipsy Moth igual que el del conde Almásy de El paciente inglés. Cayó sobre el ignoto Pacífico la bella Amelia Earhart. Alas efímeras. Ícaros todos. Pero ninguno como Saint-Exúpery, porque con él viajaban la poesía, los baobabs y las rosas. Y ese pequeño príncipe que le salvó una vez de las dunas, pero no pudo nada contra los crueles proyectiles de Horst Rippert y la negra sombra de la guerra y de la Luftwaffe".
Jacinto Antón
Cuando el depredador alemán lo encontró sobre el Mediterráneo, no tuvo más que colcarse a su espalda y apretar el disparador de sus cañones. Una presa fácil. Súbitamente arrebatado del cielo, Saint-Exupéry cayó, su Lightining P-38, una estrella fugaz, plata ardiente siseando al encontrarse con el mar.
Hay algo que nos conmueve en la caída de todo aviador. Richtofen cayó, cayó Douglas Bader; cayó sobre su amada África Dennis Finch-Hatton, el amante de Karen Blixen, en un aeroplano Gipsy Moth igual que el del conde Almásy de El paciente inglés. Cayó sobre el ignoto Pacífico la bella Amelia Earhart. Alas efímeras. Ícaros todos. Pero ninguno como Saint-Exúpery, porque con él viajaban la poesía, los baobabs y las rosas. Y ese pequeño príncipe que le salvó una vez de las dunas, pero no pudo nada contra los crueles proyectiles de Horst Rippert y la negra sombra de la guerra y de la Luftwaffe".
Jacinto Antón
Comentario:
Sesenta y siete años han pasado y por fin sabemos que Sait-Exupéry no se suicidó. Una vez leído el Principito yo siempre supe que un poeta como Exupéry no podía morir así.





