Todos vosotros. Figuras de póquer
Solo un rato. Miro mi piel, los párpados, el cuello, la mandíbula. Solo un rato, miro mis ojos, los ojos en el espejo, la nariz, los pómulos. Solo un rato, míralos a través de mi. Trénzame el pelo.
Es absurda la vida en sí misma, y es ridículo cómo te duermes en el metro, en el autobús, en el trabajo. Te mareas, dejas los ojos un poco en blanco, das un salto, y vuelves a la vida, pero es cíclico. Es absurdo poner la televisión y ver a tu primo en la pantalla, ver en él tu mirada, reconocerte de lejos y televisivamente. No te quiero así, llamando a la puerta sin prepararme, sin armarme de valor.
Corremos de un lado para otro, y la verdad es que la imagen de las personas que diariamente se cruzan conmigo me están intentanto desquiciar. Sé que lo están haciendo, y lo van a conseguir, porque somos miserablemente míseros... Primero, tras aterrizar en Atocha, estás tú, señor delgado y alto, muy delgado y muy alto, y encorvado, sin un taburete, contra la pared de cristal del McDonalds. Llevas un cartel, en el que rezas algo de ti y de tu famillia, está escrito en mayúsculas sobre un cartón marrón. Sonríes como la Gioconda, y hoy una mujer a la que conoces mucho, te ha dado dinero. Siempre te lo debe dar, y tú se lo has agradecido enormemente, y ella te sonreía todo el rato. Cuando regreso y paso por delante de ti, han pasado algunas horas desde la primera vez que me cruzo contigo. Entonces haces movimientos de estiramientos, para relajar tu espalda encorvada. Tus dientes están bailando en una boca sonriente. ¿Por qué sonríes?
En frente de ti, en el banco al lado del paso de peatones, está él. Él es un hombre mayor, pero no tanto, gordo, ancho, un poco demacrado, y con algunas cervezas bajo el banco. Llena diariamente un barreño con agua, donde pequeñas piezas de juguete que vende, nadan y reposan al sol. A veces también extiende caballos y otras cosas en el suelo, y nos mira con indiferencia, mientras sus manos reparan ávidamente los mecanismos gastados.
Entonces entráis todos vosotros en escena, los mensajeros del Diamantinos, y cada vez sois uno nuevo. Siempre respetáis a la gente que pasea, y dais las gracias, ¿por qué las dáis? Yo he simpatizado con vosotros, pues nos vemos todos los días, y todos, guardo un rato vuestro papel amarillo. En el bolsillo, lo llevo en la mano, lo lanzo a la bolsa de la comida. Ya sabéis quién soy, aunque un día eres un cachas de Rumanía tal vez, y otra una bailarina de la FederaciónRusa, y mañana, ¿quién sabe? a lo mejor el hombre de las cicatrices... o el rubio de melena larga. ¿Cuándo nos hablaremos?
De vuelta a casa es mucho peor, pues la espina dorsal de aquella mujer se clava en nuestras conciencias. Ella la sufre dentro de sí misma, y su espalda va a reventar ante la indiferencia del resto, que corremos, hacemos piruetas por ser los primeros en llegar al metro. Ella se levanta siempre la camisa que lleva para mostrar lo que tiene, algo descomunal, agresivo, violento, punzante en la espalda. Está encorvada, y se agita ligeramente, de un lado para otro. No hace ni dice nada. Espera y enseña.
Entonces llegamos a ti, después de otros muchos que se cruzan y por qué no decirlo, se atreven a molestarnos, sueños capitalistas de frivolidad. Y apelas a la solidaridad: "sean solidarios, por favor". No lo somos, aunque hagamos cursos de voluntariados y nos ahorremos el postre.
Luego está la mujer de las fotos cerca de Ópera, y al salir de Príncipe Pío... espera... ¿dónde está ese hombre desde que desmantelaron la estación y está en obras? ¿dónde sus restos de comida, y sus críticas masculladas entre dientes hacia el mundo, hacia nosotos, hacia todos nosotros?
Es absurda la vida en sí misma, y es ridículo cómo te duermes en el metro, en el autobús, en el trabajo. Te mareas, dejas los ojos un poco en blanco, das un salto, y vuelves a la vida, pero es cíclico. Es absurdo poner la televisión y ver a tu primo en la pantalla, ver en él tu mirada, reconocerte de lejos y televisivamente. No te quiero así, llamando a la puerta sin prepararme, sin armarme de valor.
Corremos de un lado para otro, y la verdad es que la imagen de las personas que diariamente se cruzan conmigo me están intentanto desquiciar. Sé que lo están haciendo, y lo van a conseguir, porque somos miserablemente míseros... Primero, tras aterrizar en Atocha, estás tú, señor delgado y alto, muy delgado y muy alto, y encorvado, sin un taburete, contra la pared de cristal del McDonalds. Llevas un cartel, en el que rezas algo de ti y de tu famillia, está escrito en mayúsculas sobre un cartón marrón. Sonríes como la Gioconda, y hoy una mujer a la que conoces mucho, te ha dado dinero. Siempre te lo debe dar, y tú se lo has agradecido enormemente, y ella te sonreía todo el rato. Cuando regreso y paso por delante de ti, han pasado algunas horas desde la primera vez que me cruzo contigo. Entonces haces movimientos de estiramientos, para relajar tu espalda encorvada. Tus dientes están bailando en una boca sonriente. ¿Por qué sonríes?
En frente de ti, en el banco al lado del paso de peatones, está él. Él es un hombre mayor, pero no tanto, gordo, ancho, un poco demacrado, y con algunas cervezas bajo el banco. Llena diariamente un barreño con agua, donde pequeñas piezas de juguete que vende, nadan y reposan al sol. A veces también extiende caballos y otras cosas en el suelo, y nos mira con indiferencia, mientras sus manos reparan ávidamente los mecanismos gastados.
Entonces entráis todos vosotros en escena, los mensajeros del Diamantinos, y cada vez sois uno nuevo. Siempre respetáis a la gente que pasea, y dais las gracias, ¿por qué las dáis? Yo he simpatizado con vosotros, pues nos vemos todos los días, y todos, guardo un rato vuestro papel amarillo. En el bolsillo, lo llevo en la mano, lo lanzo a la bolsa de la comida. Ya sabéis quién soy, aunque un día eres un cachas de Rumanía tal vez, y otra una bailarina de la FederaciónRusa, y mañana, ¿quién sabe? a lo mejor el hombre de las cicatrices... o el rubio de melena larga. ¿Cuándo nos hablaremos?
De vuelta a casa es mucho peor, pues la espina dorsal de aquella mujer se clava en nuestras conciencias. Ella la sufre dentro de sí misma, y su espalda va a reventar ante la indiferencia del resto, que corremos, hacemos piruetas por ser los primeros en llegar al metro. Ella se levanta siempre la camisa que lleva para mostrar lo que tiene, algo descomunal, agresivo, violento, punzante en la espalda. Está encorvada, y se agita ligeramente, de un lado para otro. No hace ni dice nada. Espera y enseña.
Entonces llegamos a ti, después de otros muchos que se cruzan y por qué no decirlo, se atreven a molestarnos, sueños capitalistas de frivolidad. Y apelas a la solidaridad: "sean solidarios, por favor". No lo somos, aunque hagamos cursos de voluntariados y nos ahorremos el postre.
Luego está la mujer de las fotos cerca de Ópera, y al salir de Príncipe Pío... espera... ¿dónde está ese hombre desde que desmantelaron la estación y está en obras? ¿dónde sus restos de comida, y sus críticas masculladas entre dientes hacia el mundo, hacia nosotos, hacia todos nosotros?





