Ráfagas
Hoy todos silbaban en el metro, parecía una jaula de grillos contentos.
De entre la multitud de niños saliendo del colegio, destacaba una niña rubia de gafas que miraba embelesada a ninguna parte. Su abuelo tiraba de ella por el brazo, pero no había quién la distrayera. ¿A dónde miraría?
¿A dónde miran los niños pequeños?
Los semáforos estaban en rojo. Yo estaba esperando para cruzar del lado de la izquierda, el niño aguardaba en frente. El semáforo no cambiaba de color, y yo no sabía qué hacer, sabía que estaba en mis manos educar, o deseducar. No pasaba ningún coche. Esperé un rato más, pero el semáforo no reaccionaba ante mis súplicas. Ambos mirábamos displicentes a un lado, a otro, a las tres luces, a la luz roja. A ésta, con impaciencia. Ni remotamente se oía el sonido de un coche. Entonces nos miramos, y me pregunta sin palabras qué hay que hacer. Yo no hago nada, indicando que debe aprender a esperar. Aunque no pasen coches ni vayan a pasar, me digo convencida. Sin embargo, al instante pienso: ¡que lo eduquen otros! "Llego tarde, y esperar no puedo", y menos mal que ningún coche al punto, ¡zap! me atropelló. Crucé. Aquel niño siguió allí, cada vez más inquieto, pero respetando las señales de tráfico, el rojo impositivo, de obligatoriedad, de negación.
Sólo se trataba de cuarenta segundos largos. Es lo que dura en cambiar de color un semáforo.
Impaciente y excesiva, dicen.
De entre la multitud de niños saliendo del colegio, destacaba una niña rubia de gafas que miraba embelesada a ninguna parte. Su abuelo tiraba de ella por el brazo, pero no había quién la distrayera. ¿A dónde miraría?
¿A dónde miran los niños pequeños?
Los semáforos estaban en rojo. Yo estaba esperando para cruzar del lado de la izquierda, el niño aguardaba en frente. El semáforo no cambiaba de color, y yo no sabía qué hacer, sabía que estaba en mis manos educar, o deseducar. No pasaba ningún coche. Esperé un rato más, pero el semáforo no reaccionaba ante mis súplicas. Ambos mirábamos displicentes a un lado, a otro, a las tres luces, a la luz roja. A ésta, con impaciencia. Ni remotamente se oía el sonido de un coche. Entonces nos miramos, y me pregunta sin palabras qué hay que hacer. Yo no hago nada, indicando que debe aprender a esperar. Aunque no pasen coches ni vayan a pasar, me digo convencida. Sin embargo, al instante pienso: ¡que lo eduquen otros! "Llego tarde, y esperar no puedo", y menos mal que ningún coche al punto, ¡zap! me atropelló. Crucé. Aquel niño siguió allí, cada vez más inquieto, pero respetando las señales de tráfico, el rojo impositivo, de obligatoriedad, de negación.
Sólo se trataba de cuarenta segundos largos. Es lo que dura en cambiar de color un semáforo.
Impaciente y excesiva, dicen.





