Pasajeros al tren... Pasajeros al tren...
El sábado decidí. Cualquier lingüista estaría conmigo en que a la anterior frase le pasa algo. No es un "Mujeres soñaron caballos" tan evidente, pero resulta anhelante. No desasosiega, simplemente que si uno la lee en voz alta, es probable que deba pronunciarla dos veces. "El sábado decidí... Eh, el sábado decidí". Entonación ligeramente ascendente al llegar al "dí".
Ciertamente, el sábado decidí. Es decir, tomé decisiones. Es decir, abroché la mente. Es decir, clarifiqué la ventana. Entró fugazmente un rayo de sol por el hueco de la buhardilla y respiré. Entonces, bajé a la calle. Me encontré de casualidad con una decisión con patas.
Y luego la decadencia vespertina. Esa es la que más me angustia. Es la que en verdad me recuerda que un día seré vieja, que llegaré a los setenta años o que me volveré arrugada y torpe. Cada mañana empieza luminosa y termina oscureciendo las horas. Una brocha -la potente brocha del pintor de Marian- va tiñendo el día. Y por la tarde, se me limitan las fuerzas. Tan así que a una broma la interpreto gris y que al gris lo envuelvo de negro. Y tú: "Perdona, no quería...". Pero es que yo sé que no quieres. Yo sé que no quiero. Aunque, ¿cómo obviar las carencias?
Imagen-puente. Las pasiones que van de corazón a corazón. El mensaje. Hilos que unen invisiblemente tu casa con la mía. Un autobús de diez minutos y medio. La precisión de la vista nocturna. "Yo, más ciega que tú, sé ver mejor por las noches". Lo que pasa es que no sé si lo que veo me gusta.
Cada día menos inteligible, cada día tengo más oportunidades de perderme en el abismo de las palabras. Cada día una nueva verdad se asoma y ante la intranquilidad de leer entre líneas, estropeo ese interlineado. Emborrono con un lápiz la verdad estrecha para ampliar la mentira-sangre, que se extiende como el café sobre una servilleta.
Ciertamente, el sábado decidí. Es decir, tomé decisiones. Es decir, abroché la mente. Es decir, clarifiqué la ventana. Entró fugazmente un rayo de sol por el hueco de la buhardilla y respiré. Entonces, bajé a la calle. Me encontré de casualidad con una decisión con patas.
Y luego la decadencia vespertina. Esa es la que más me angustia. Es la que en verdad me recuerda que un día seré vieja, que llegaré a los setenta años o que me volveré arrugada y torpe. Cada mañana empieza luminosa y termina oscureciendo las horas. Una brocha -la potente brocha del pintor de Marian- va tiñendo el día. Y por la tarde, se me limitan las fuerzas. Tan así que a una broma la interpreto gris y que al gris lo envuelvo de negro. Y tú: "Perdona, no quería...". Pero es que yo sé que no quieres. Yo sé que no quiero. Aunque, ¿cómo obviar las carencias?
Imagen-puente. Las pasiones que van de corazón a corazón. El mensaje. Hilos que unen invisiblemente tu casa con la mía. Un autobús de diez minutos y medio. La precisión de la vista nocturna. "Yo, más ciega que tú, sé ver mejor por las noches". Lo que pasa es que no sé si lo que veo me gusta.
Cada día menos inteligible, cada día tengo más oportunidades de perderme en el abismo de las palabras. Cada día una nueva verdad se asoma y ante la intranquilidad de leer entre líneas, estropeo ese interlineado. Emborrono con un lápiz la verdad estrecha para ampliar la mentira-sangre, que se extiende como el café sobre una servilleta.





