Sobre Azorín y otros cronopreocupados
La concentración es de lo más difícil en la vida. Por ejemplo, por mucho que lea y relea "La maleta de mi padre" yo no puedo imaginar cómo Pamuk lo que más desea y necesita en el mundo es encerrarse en su habitación, sentarse en su escritorio y ponerse a escribir. Sí entiendo la última parte de la ceremonia, pero las dos primeras...
Pero, en realidad, y es aquí cuando empiezo a arrepentirme de la decadencia de una existencia a veces anodina, se puede asegurar, pese a que lo afirme yo misma, que hace unos años yo era pura concentración. Solía esconderme en la habitación a escribir en los diarios sin mirar a ninguna parte, hacía listas sobre las cosas que quería escribir, y con mucha paciencia recogía los sentimientos atrasados, las experiencias acumuladas, los anhelos que iban a ser olvidados.
Me resulta injusta la situación actual. No me sirven de consuelo las palabras de Javier Ors, ese periodista al que probablemente ya no vea nunca más en la vida, o con el que a lo mejor algún día me tope donde menos me lo espero. Sus palabras decían algo así como lo siguiente: "Es una etapa temporal. Si llevas unos meses sin leer mucho y fluidamente es porque no estás bien. Pero cuando salgas de ese periodo, podrás volver a devorar libros".
¿Si? Eso es lo que me pregunto. Una de mis grandes angustias es ver cómo los libros pasan por delante de mí sin ser leídos. También me inquieta hacinar ideas sobre ideas y dejarlas en remoje. Y todo ese tiempo libre que no llega, del que debería disponer para: aprender a pintar o tirarme a la piscina en este ámbito; ver todas las palículas de Woody Allen y así, las de Antonioni, Fellini, Visconti, Godard, Bergman, yo qué sé. Hacer fotografías, salir a correr, ir a charlas sobre literatura o, en su defecto, pero mucho mejor, apuntarme a ese taller mañana mismo. Pero el tiempo pasa y uno siempre se lamenta de que no dispone de él (no somos dueños ni del minutero..).
Además, la situación es más grave aún. Hay que considerar un par de factores que la adornan: ahora estoy en el epicentro de mi tiempo libre. No tengo obligaciones, no dependo de nada ni de nadie, puedo dedicar cada minuto a una de esas "imposiciones volitivas". Mi juventud, mi falta de responsabilidades, mi bienestar y mi disposición mental plena (vuelvo a recuperarla después de años errante) me avalan pero, ¿qué es lo que pasa? ¿Es la prisa, el tráfico, el cansancio, la dura vida del trabajador? O, ¿va más allá? ¿Es un estilo de vida? ¿Es en realidad una elección?
Pero, en realidad, y es aquí cuando empiezo a arrepentirme de la decadencia de una existencia a veces anodina, se puede asegurar, pese a que lo afirme yo misma, que hace unos años yo era pura concentración. Solía esconderme en la habitación a escribir en los diarios sin mirar a ninguna parte, hacía listas sobre las cosas que quería escribir, y con mucha paciencia recogía los sentimientos atrasados, las experiencias acumuladas, los anhelos que iban a ser olvidados.
Me resulta injusta la situación actual. No me sirven de consuelo las palabras de Javier Ors, ese periodista al que probablemente ya no vea nunca más en la vida, o con el que a lo mejor algún día me tope donde menos me lo espero. Sus palabras decían algo así como lo siguiente: "Es una etapa temporal. Si llevas unos meses sin leer mucho y fluidamente es porque no estás bien. Pero cuando salgas de ese periodo, podrás volver a devorar libros".
¿Si? Eso es lo que me pregunto. Una de mis grandes angustias es ver cómo los libros pasan por delante de mí sin ser leídos. También me inquieta hacinar ideas sobre ideas y dejarlas en remoje. Y todo ese tiempo libre que no llega, del que debería disponer para: aprender a pintar o tirarme a la piscina en este ámbito; ver todas las palículas de Woody Allen y así, las de Antonioni, Fellini, Visconti, Godard, Bergman, yo qué sé. Hacer fotografías, salir a correr, ir a charlas sobre literatura o, en su defecto, pero mucho mejor, apuntarme a ese taller mañana mismo. Pero el tiempo pasa y uno siempre se lamenta de que no dispone de él (no somos dueños ni del minutero..).
Además, la situación es más grave aún. Hay que considerar un par de factores que la adornan: ahora estoy en el epicentro de mi tiempo libre. No tengo obligaciones, no dependo de nada ni de nadie, puedo dedicar cada minuto a una de esas "imposiciones volitivas". Mi juventud, mi falta de responsabilidades, mi bienestar y mi disposición mental plena (vuelvo a recuperarla después de años errante) me avalan pero, ¿qué es lo que pasa? ¿Es la prisa, el tráfico, el cansancio, la dura vida del trabajador? O, ¿va más allá? ¿Es un estilo de vida? ¿Es en realidad una elección?
Comentario:
uno diría que hay objetivos que lo exigen todo a cambio, y ese es un precio que no puede pagarse en una ciudad como esta, tan llena de posibilidades que, por contra, no piden, para darse, nada.
la vida es larga, por otro lado.
y acaso sea mejor pasarla con hambre insatisfecha.
el hambre, en según qué dosis, preserva más.
y saciarse aletarga. -de esto escribes a menudo.
:) jp
la vida es larga, por otro lado.
y acaso sea mejor pasarla con hambre insatisfecha.
el hambre, en según qué dosis, preserva más.
y saciarse aletarga. -de esto escribes a menudo.
:) jp