Puzle
Tal vez todo tenga una relación gitana-árabe hoy. Primero, tu pelo tan largo y tu boca deslenguada, llamándome "malángel", y yo, sin saber qué significaba. Luego, tu acento sureño, ese restaurante que por fin sé dónde está. Retengo nombres que, con los años, me revelan secretos.
Esta mañana mismo me has dicho: "Ayer cené en un griego", construcción de una frase simple sin nexos aparentes. Viva la sencillez. Entonces, he aprovechado para dejarme ver: "¿Has visto 'Zorba el griego'?". La primera vez que me hablaron de ello las palabras vinieron de los labios más hermosos que nunca he visto.
El señor Ibrahim es para Momo lo que esos labios fueron para mí. La belleza: "Escucha, huele". Siente.
Zorba e Ibrahim tienen la misma mirada. No son ni Brandon ni Delon, eso dice Shariff, y qué verdad. Pero saben bailar. Ibrahim lo explica todo con un sencillo sintagma: "Cuando bailas sucede algo parecido". Ocurre algo parecido a casi todo.
A ese instante lumínico en que, miraba hacia la nada, buscaba en la pereza de mi bolso, cuando / una mirada alegre y un acento extranjero (el de Ibrahim, el de Zorba) / se han encontrado con el calor del sol, los rayos cenitales sobre el paraguas que nos cubría y / "¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿Todo bien? ¿Te has ido de vacaciones? / Entonces he extendido la mano y me ha dado el folleto del restaurante / "¿Te has cambiado de sitio? A lo que me contesta: "Siempre estoy aquí".
Eso anula tu petición en inglés: "No answer, please". ¿Crees que en ese idioma anglosajón, polite y correcto, suena mejor?
Tres personajes con chaqueta verde y amarilla y nombre en la solapa: trabajadores del Fnac que han hecho de Ibrahim, con sus Coranes en la sabiduría de su atención al cliente: a uno, le he dicho en voz baja: "Usted habla maravillosamente bien"; hacia otro, mi voz ha sido capaz de emerger: "Aquí está 'El misterio del solitario' por si alguna vez te lo vuelven a pedir y no lo encuentras, estaba escondido; y una, ha dirigido el resultado de sus cuerdas vocales en funcionamiento y fruición hacia mí: "No te preocupes, yo también intento pasar por la banda magnética el DNI de los clientes. Nos pasa a todos".
No me parece, a posteriori, mala idea volver a ver "El señor Ibrahim y las flores del Corán", aunque ya conozca el secreto de esos pétalos azules. Además, creo que dejaré descansar mis ojos para bailar la banda sonora: a él le gustaría. No en vano Momo es enseñado a distinguir las religiones (interiores y contra el legalismo) a través de la nariz de Moritz: las ortodoxas huelen a incienso, las católicas a cera y las musulmanas, bueno, las musulmanas a lo que olemos todos.
Con tres últimas referencias inconexas (el recuerdo del Estambul de Pamuk en los sentidos, después de que Ibrahim pasee al espectador por la bella Turquía; las palabras del extranjero sobre la espontaneidad de las españolas y las consultas a la peluquería para prender no flores si bien lazos de regalo en el cabello), recojo el puzle y doy las gracias por una sencilla explicación que pone punto y final a un desasosiego: "No me estoy muriendo, me voy a reunir con la inmensidad".
Esta mañana mismo me has dicho: "Ayer cené en un griego", construcción de una frase simple sin nexos aparentes. Viva la sencillez. Entonces, he aprovechado para dejarme ver: "¿Has visto 'Zorba el griego'?". La primera vez que me hablaron de ello las palabras vinieron de los labios más hermosos que nunca he visto.
El señor Ibrahim es para Momo lo que esos labios fueron para mí. La belleza: "Escucha, huele". Siente.
Zorba e Ibrahim tienen la misma mirada. No son ni Brandon ni Delon, eso dice Shariff, y qué verdad. Pero saben bailar. Ibrahim lo explica todo con un sencillo sintagma: "Cuando bailas sucede algo parecido". Ocurre algo parecido a casi todo.
A ese instante lumínico en que, miraba hacia la nada, buscaba en la pereza de mi bolso, cuando / una mirada alegre y un acento extranjero (el de Ibrahim, el de Zorba) / se han encontrado con el calor del sol, los rayos cenitales sobre el paraguas que nos cubría y / "¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿Todo bien? ¿Te has ido de vacaciones? / Entonces he extendido la mano y me ha dado el folleto del restaurante / "¿Te has cambiado de sitio? A lo que me contesta: "Siempre estoy aquí".
Eso anula tu petición en inglés: "No answer, please". ¿Crees que en ese idioma anglosajón, polite y correcto, suena mejor?
Tres personajes con chaqueta verde y amarilla y nombre en la solapa: trabajadores del Fnac que han hecho de Ibrahim, con sus Coranes en la sabiduría de su atención al cliente: a uno, le he dicho en voz baja: "Usted habla maravillosamente bien"; hacia otro, mi voz ha sido capaz de emerger: "Aquí está 'El misterio del solitario' por si alguna vez te lo vuelven a pedir y no lo encuentras, estaba escondido; y una, ha dirigido el resultado de sus cuerdas vocales en funcionamiento y fruición hacia mí: "No te preocupes, yo también intento pasar por la banda magnética el DNI de los clientes. Nos pasa a todos".
No me parece, a posteriori, mala idea volver a ver "El señor Ibrahim y las flores del Corán", aunque ya conozca el secreto de esos pétalos azules. Además, creo que dejaré descansar mis ojos para bailar la banda sonora: a él le gustaría. No en vano Momo es enseñado a distinguir las religiones (interiores y contra el legalismo) a través de la nariz de Moritz: las ortodoxas huelen a incienso, las católicas a cera y las musulmanas, bueno, las musulmanas a lo que olemos todos.
Con tres últimas referencias inconexas (el recuerdo del Estambul de Pamuk en los sentidos, después de que Ibrahim pasee al espectador por la bella Turquía; las palabras del extranjero sobre la espontaneidad de las españolas y las consultas a la peluquería para prender no flores si bien lazos de regalo en el cabello), recojo el puzle y doy las gracias por una sencilla explicación que pone punto y final a un desasosiego: "No me estoy muriendo, me voy a reunir con la inmensidad".





