Noche de cristales rotos
La soledad pasa por una ventana rota cuyos cristales se han convertido en un montón de muertos transparentes. La soledad se cuela bruscamente por esa ventana a las cuatro de la mañana, y llena de polígonos irregulares el suelo de mi habitación, me despierta y me saluda diciéndome: "Estás viva, ¿por cuánto tiempo será?". Y yo, nerviosa, me acurruco entre las sábanas, no quiero mirar fuera, retarte fue una enorme estupidez infantil y de valiente. "Si Dios existe, que ese periódico vuelva a volar sobre nuestras cabezas". Y no lo hizo. Esperamos, y siguió sin elevarse. Sin embargo, esa amante inoportuna -Dios, la soledad, es lo mismo- se apareció entre capas negras anoche. Pero me dejó viva, y sin un rasguño. Ahora tengo el cadáver entre paños amarillos que huelen a limpio en la esquina. No puedo hacer nada... La soledad pasa por una ventana rota y un teléfono descolgado sin comunicar pero timbrando durante horas. Tarkovsky se ha colado en mi corazón... La soledad es no tener con quien reírse de que ningún cristal, de los cientos que había, optara por no clavarse en ninguna parte de mi cuerpo. Anoche, entre sueños, pensé que descubriría la punta de un iceberg en cualquier momento, clavada y sonrosada en el reverso tenebroso de este compendio de músculos y huesos que existen.