En marcha, una de rarezas
Lo compro todo a un precio módico. En especial, a ese señor del chaleco que tan amablemente me ha explicado dónde encontrar una tienda donde reparar mi batidora. Compro también a ese mago trasatlántico que se ríe de mí sin maldad, que bien sabe lo improbable que es que yo crea sus palabras. Compro, sin dudarlo, tu pelo de rata, tus uñas pintadas, tu doble mentón. También compro mi calle; esa, por el precio que quieran ustedes. Por las noches da miedo, ese oscuro callejón, ese hombre desinflándose mientras una aguja cruza su inteligencia. Pero, por el día, es una mezcla entre Cuba y todos esos lugares que aún no conozco: el sur, el concepto de lo latino, la salsa. Entre la peluquería y el restaurante peruano, se pasean hombres y mujeres de toda clase y condición. Muchos de ellos se pasan las horas muertas sentados en el suelo, cerca del quiosco cerrado, que alberga siempre tantos tesoros, tanta basura. Los lunes al sol, los martes, los miércoles; pero qué divertido es cuando te miran y piensan: ¿eres de aquí? O cuando tú los miras y te preguntas: ¿por qué vas bailando todos los días? ¿Por qué vas sonriendo al trabajo? ¿Como es que sobrepasáis la treintena y todavía os tiráis globos de agua? En mi calle, en mi barrio, el afán por ayudar al prójimo es desmesurado. También la mayoría de los vecinos están siempre dispuestos a charlar (una plática a tiempo) y quien más, quien menos, se quedaría a tomar una copa después de largas y horribles y mal pagadas horas de trabajo. Mi barrio, de peligroso tiene mucho, pero de colorido y pinturesco, también. Aquí los perros están locos y los chinos nunca cierran, los pobres meten la cabeza en el mercado y duermen con las piernas hacia fuera, los camiones se pelean por las mañanas para descargar y cargar y los coches no respetan la velocidad residencial. Así es que tu vida corre peligro fácilmente y, sin embargo, qué divertido es vivir aquí. Sé que cuando no me quede otro remedio que hablar con las canciones, como hace Jorge Drexler, podré sentarme al sol (los lunes, los martes y los miércoles) a tomar un heladito con los peluqueros. O a descargar camiones. O... no sé, podré preguntarle al hombre del chaleco por un lugar donde reparar batidoras. Conversación no le falta.