Seúl
Nada importante ha pasado, ¿o si? Cualquier observador de la realidad aseguraría que no hay nada porque sólo hay palabras. Y, sin embargo, me pregunto qué ocurre cuando algo importante ha sucedido. Voy más allá: qué es "algo" importante. ¿Lo es que me salude el mauritano que reparte folletos en Princesa? ¿Lo es que el muchacho que vende "La farola" me mire a los ojos y me "comprenda"? Tal vez lo sea que el ángel exterminador se haya vuelto berlinés.
Hay un cielo más allá de los ojos donde las nubes me impiden ver claramente lo que quiero ver. De propósito, como dice el asidero al mundo. Deliberadamente, matizo. A veces no es real pero suspirado, es banal y me parece etéreo. Es decir, me confundo.
Estoy confundida, como la pequeña delirio me hace errar con sus textos, como las palabras que vienen del norte bajan hacia el sur y se desvanecen en unos segundos. Prometo y me recompongo, me hago de papel y luego ásperamente me digno y me calzo, me yergo y me cuadro. Y corro hacia el final del pasillo en que la ciudad de Seúl se mueve como aquella del sueño y así apareces, entras dentro de mí (no es una redundancia, podría ser en la cacerola o en la estancia) y te quedas, durante un instante, para cegarme.
Pero luego, afortunadamente, me recompongo. Me hago de tijera y luego de piedra, y vuelvo a recorrer el pasillo con la ciudad de Seúl al fondo para no dejar ver que tú has visto que he visto que habías entrado por la misma puerta que había preparado para ti y que preparada tal vez mañana esté dispuesta a dejar que veas que he visto que te sigo viendo aunque no deje ver que tus ojos me intimidan.
Hay un cielo más allá de los ojos donde las nubes me impiden ver claramente lo que quiero ver. De propósito, como dice el asidero al mundo. Deliberadamente, matizo. A veces no es real pero suspirado, es banal y me parece etéreo. Es decir, me confundo.
Estoy confundida, como la pequeña delirio me hace errar con sus textos, como las palabras que vienen del norte bajan hacia el sur y se desvanecen en unos segundos. Prometo y me recompongo, me hago de papel y luego ásperamente me digno y me calzo, me yergo y me cuadro. Y corro hacia el final del pasillo en que la ciudad de Seúl se mueve como aquella del sueño y así apareces, entras dentro de mí (no es una redundancia, podría ser en la cacerola o en la estancia) y te quedas, durante un instante, para cegarme.
Pero luego, afortunadamente, me recompongo. Me hago de tijera y luego de piedra, y vuelvo a recorrer el pasillo con la ciudad de Seúl al fondo para no dejar ver que tú has visto que he visto que habías entrado por la misma puerta que había preparado para ti y que preparada tal vez mañana esté dispuesta a dejar que veas que he visto que te sigo viendo aunque no deje ver que tus ojos me intimidan.





