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"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Venía caminando por la calle llena de melancolía y tristeza pero ella fue capaz de descolgar el teléfono. A última hora el escozor que siento por dentro, que me recorre todo el cuerpo desde la estupidez de oro, casi puede conmigo pero me ha salido una puta voz floja y de niña pequeña diciendo idioteces que mejor no quiero repensar. Sin embargo, no sé cómo expresarlo pero ya no puedo más. Desde la muerte de Ray no he sabido reaccionar. Ha habido otras muertes que están enrolladas en un tabú, tengo pánico a todo lo que nos está pasando. Dolores físicos que envuelven los dolores del corazón, una voz más firme que la mía pero que desea no hablar y qué hacer, una madre que se queda sin su pilar en el mundo y el hecho de pensar que un día esto nos pasará a todos, que un día esto nos pasará a todos, que un día esto nos pasará a todos...

Camino por la calle completamente desubicada, demasiadas emociones, demasiadas tristezas, demasidos tragos amargos, y me encuentro con su rostro de niño pequeño y su tez angelical. A su lado, la de esa persona de la que me declaro fan absoluta, que no es sino una reencarnación de lo que debió ser un sucesor de David, que se llama precisamente David. Es amable, bueno de corazón, tranquilo, listo, tenaz. Y lo acompaña el artilugio de achicar problemas de carne y hueso, esa persona sin la que ya no sé si podría ir a trabajar y meterme en el puto autobús y saludar a todo el mundo con la más amplia de las sonrisas, porque siempre estoy de buen humor, porque ella siempre está de buen humor, y su vida es divertida, mira qué vida tan amena y llena de películas, es como de película, es una vida alegre, la de una persona que vive sola, que hace la compra, que organiza fiestas, que todas las noches se encuentra con sus compañeros de trabajo y que nunca tiene miedos ni asperezas ni desesperanzas ni deseos ocultos ni problemas terrenales ni tampoco etéreos.

Y sin embargo, esas dos personas acaban de actuar de asideros al mundo. Me acaban de devolver a la tierra, me han sujetado los pies a Gran Vía, me los han atado a uno de los adoquines, en el que justamente y según las nueve revelaciones, nos hemos encontrado en más de una y dos ocasiones.

Esa ha sido la salvación del día. Por eso el abrazo, por eso las lágrimas, por eso la necesidad de volver a nacer. Desde el vientre materno, pasar por la escuela y cambiarme varias veces de gafas; luego llegar al instituto y ser una de las alumnas más brillantes de la clase para finalmente convertirme en un ser univesitario, lleno de ganas por la vida y de aprender, de desarrollarse y abarcar el mundo... Y sólo quisiera volver a empezar. Comenzar de nuevo en un presente hipotético en el que el futuro fuera cierto, en el que las cosas por una vez salen como deberían, con la voz de alguien que no habla como desearía pero de cuya boca salen las palabras adecuadas, de aliento, de amistad, de dulzura, de comprensión, de fuerza...

Cuando los personajes invisibles cobran visibilidad y se vuelven fantasmas de la tierra siento más miedo que antes, mucho más. Sobre todo porque son fantasmas que he creado y no sé cómo exterminar, cómo rehuir y cómo aplastar. Me gustaría pisarlos como un cigarro en el suelo. Como una bolsa que explota, como la suela de un zapato sobre un charco. Sin huella y sin sangre, pero para siempre.

No