La batalla entre los del sur y los del norte
Los libros cuentan la vida de las personas. Recuerdo estar leyendo "Un corazón invencible" cuando atravesé aquella etapa en la que sólo hice daño una y otra vez. Recuerdo intentar leer "Rayuela" una y otra vez, lo que simbolizaba que ese periodo siempre estaba latente. Más tarde, comencé con los libros serios: mi penitencia hacia la nada y para la nada, pero qué bien me hacía sentir. Completa, firme, lista, fuerte. Fueron tiempos del "Estambul" destripado, de "El imperio" recomendadísimo, de comienzos y comienzos de novelas ("La elegancia del erizo", gracias Muriel) y entrevistas fallidas y otras que realmente enriquecían para llegar a un momento en que no hago otra cosa que sacar y meter "El almuerzo desnudo" del bolso, cambiarlo por "Play Strindberg" sin ser capaz aunque deseos existen, pero es que no estoy en donde debo estar. Y me cuesta encontrar el lugar que debo ocupar, tanto... Inagotables esfuerzos por ver lo sugerido, por leer lo regalado, por empaparme de lo que otros han leído, pero termino acurrucada en un sofá lamentándome de todo aquello que está allá fuera y que parece destinado a los cuerdos, cuando, necedad, debería ser al contrario. Los no-cuerdos deberían poder leer con fruición y devorar libros y películas en una tarde; sin embargo, a los seguros de mente y corazón, se les debería paliar el efecto-cultura, desinyectárselo directamente porque aunque merezcan lo mismo que los no-cuerdos no soportan tanta presión como éstos ni lo necesitan de forma tan apremiante e impronta como los que desde este lado hablan.





