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Acerca de
"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Ahm, ya es demasiado tarde
Siempre lo leí y escuché y dicen que la debacle física puede enloquecer y arañar la inspiración y llevar a un estado lamentable en que todos, todo, se convierte en podredumbre. Tal vez esa sea la razón por la cual emulo, constamente, a Jack Kerouac e incido en sus desmanes caros y carótidos, no quiero incendiarme ahora porque ya no quede nada más que incendiar. El único gótico del mundo que no quiero sufrir, que quiere ser enteramente feliz, ha desmantelado la teoría de una noche en vela, de un desvelo de más de siete horas en que no lloraba, pero quería llorar, no cogía un taxi, pero quería cogerlo, no quería convencerme del error, del paso en falso dado y, sin embargo, me convencía de ello. Recuerdo perfectamente cómo Kerouac, en "Los subterráneos", se arropaba para salir a la calle y hacer de su capa un sayo, es decir, tratando, creyéndoselo, que ésta vez, ésta vez sí, sería capaz de arreglar todas las rencillas pendientes con Mardou, de que ésta vez sí atinaría a dar el botón adecuado para que ella lo quisiera, para dejarse querer, y hacer que el mundo rotara sin miedos ni persecuciones. Pero en cuanto alcanzaba el punto álgido, café o té en la mesa, tal vez un hilo delicioso musical de fondo, una vela humeante sobre un precioso quemador, Kerouac perdía el juicio. Y se rebelaba. Desquiciaba a Mardou, impedía la felicidad de aquella tarde, que, como todos sabemos desde tiempos inmemoriables, la felicidad se halla estando "al lado" de ella, que no "dentro" de ella, "en cada uno de sus intersticios, en cada una de sus células...". La comunión debe ser una simple, no una que suponga una silenciosa y melancólica cercanía...

Todo esto lo sabía desde su elevación quijotesca el caballero de la mano en el pecho, rubor y pasión en uno, misterio y sencillez pulverizados en un ser extraño que turba y maravilla, desliza interés y lo arrebata de pronto, como un rompeolas... Es así que él conoce cómo hacerse feliz, que él sabe cómo hacer feliz, que él es únicamente un hombre capaz de hacer feliz, que es lo único que quiere en la vida, que es lo que más estima y anhela, y lo alcanza como lo alcanza todo desde el suelo, hasta el cielo...

Y, sin embargo, ahí está Kerouac. Con el entrecejo se niega a ser feliz, a dar felicidad a Mardou, porque la base es que si ha de existir esa felicidad, ha de ser al menos exigua... extinta... inherente a un estado de ánimo capaz de conseguirse solamente los martes segundos de cada mes...

A punto de perderse todo, a punto de que de una vez el sueño se convirtiera en Luther King asesinado, y negros con la cabeza contra un bordillo, recapacita Kerouac. Se vende al mejor postor: "Quiero ser feliz". Pero, ahm, ya es demasiado tarde.

 
Comentario:
Demasiado tarde. Si uno es capaz de reflesionar sobre mucho que encierran
la expresión demasiado tarde por muy desasosegante y negro que sea el escenario estoy seguro que a ese escenario le queda mucha vida y mucho que expresar.
Céfiro.
No