La espalda
Tenía los ojos verdes y el gesto tranquilo. Los músculos, relajados; la espalda, inmensa, era el muro de contención de palabrotas y agresiones, era la muralla china con ingredientes de fortaleza crepuscular. Porque, detrás de esa gran espalda, que recorría palmos y palmos, se encerraba un mundo interior oscuro, a veces fabuloso -lleno de aromas: chocolate, jazmín, fresa y nata, hasta canela- y otras veces caótico; la mayoría de las ocasiones, falto de esperanza.
Sonó el teléfono mientras la escena se fundía a negro y... como no me gusta hacer interrupciones, lo apagué. Así, drásticamente.
Sonó el teléfono mientras la escena se fundía a negro y... como no me gusta hacer interrupciones, lo apagué. Así, drásticamente.





