Nasha hermosa
Al principio hundía la mano profundamente en la arena fina, casi como cacao, del desierto. Parecía hacerlo pensativo, más por inercia que decidido a escarbar aquella zona en concreto. Examinaba así el terreno, y a partir de múltiples factores, desconocidos para nosotros, se disponía a sacar lo que hubiera debajo de la arena espesa, uniforme, resistente y terca. Por sus manos morenas, que se confundían con la arena que tocaba durante la mayor parte del día, como los insectos palo se mimetizan con las ramas de los árboles, habían pasado cientos de cosas: vasijas, vasos canapes, momias de faraones, y de gatos, tesoros que van más allá de lo imaginable. Cuando extraía una figura de cerámica, la limpiaba ávidamente con el pincel y alejándola un poco de sí mismo, apreciaba su forma, sus perfectas curvas, como si estuviera mirando a una mujer, y decía: "es una vasija muy hermosa, me encanta la forma que tiene". Todas eran hermosas a sus ojos...
También solía hablar mucho de la lógica natural de practicar el culto al Sol, pues al fin y al cabo, decía, "es quien nos da la vida, como el agua, no así el fuego", destilaba en su vieja retórica. Yo, como discípula joven, pensaba que tenía toda la razón del mundo; la adoración al Sol se convertiría en un acto recíproco, puesto que si bien nosotros lo alabábamos, él proyectaba sus rayos cada día sobre los seres vivos, dándonos la vida en el más puro acto solidario. El Sol, además, era hermoso, y su luz, dorada, como las joyas, como la monedas, como el resto de símbolos que también adorábamos, y sin los cuales, al menos el dinero, nos parecía imposible vivir.
"Ven aquí, Nasha hermosa. Te serviré un poco de vino de dátiles" - hablaba en clave, llámandome "Nasha", evocando a aquella sacerdotisa que intentó cubrir su cuerpo con oro para disfrutar de felicidad después de la muerte, o Dama Maya, como a la nodriza de Tutankamón, entre quienes se dice, hubo algo más que amor.
También solía hablar mucho de la lógica natural de practicar el culto al Sol, pues al fin y al cabo, decía, "es quien nos da la vida, como el agua, no así el fuego", destilaba en su vieja retórica. Yo, como discípula joven, pensaba que tenía toda la razón del mundo; la adoración al Sol se convertiría en un acto recíproco, puesto que si bien nosotros lo alabábamos, él proyectaba sus rayos cada día sobre los seres vivos, dándonos la vida en el más puro acto solidario. El Sol, además, era hermoso, y su luz, dorada, como las joyas, como la monedas, como el resto de símbolos que también adorábamos, y sin los cuales, al menos el dinero, nos parecía imposible vivir.
"Ven aquí, Nasha hermosa. Te serviré un poco de vino de dátiles" - hablaba en clave, llámandome "Nasha", evocando a aquella sacerdotisa que intentó cubrir su cuerpo con oro para disfrutar de felicidad después de la muerte, o Dama Maya, como a la nodriza de Tutankamón, entre quienes se dice, hubo algo más que amor.





