La muchacha rió
Probablemente el hombre de la recepción sea un comodín, pues le sienta bien a todo el mundo, y a todas partes. Sonríe cuando te ve venir; si está hablando por teléfono, hace un gesto con la mano que pareciera que quiere abrazarte, o tal vez te guiña el ojo. Si puede hablar, y le apetece, y nota que te apetece, te pregunta por el calor, por las horas que vas a trabajar, o por el tiempo que hacía que no venías a la oficina. Entiende que soy una estudiante en prácticas, y me da palique porque no soy una de esas estiradas señoritas, con zapatos de tacón y pelo siempre liso, que caminan erguidas y seguras. A mi, sin embargo, las puertas del ascensor me han aprisionado ridículamente varias veces.
En el edificio de la Plazas de las Cortes la seguridad es extrema, pero cuando les dices que trabajas en la CRUE, te creen, aún sin saber lo que es. ¿Quién iba a saber qué es esto? Yo no lo supe ni cuando iba a hacer la entrevista de trabajo.
Ayer, al salir de la oficina, como los ladrones, estuve dando un paseo por Madrid, por el centro. En la esquina de la calle Tetuán me paré en una tienda que daba miedo hasta entrar. El espectáculo era, como repetía aquella anciana mujer, una y otra vez, incansablemente: "un fenómeno". Decía en voz alta, pero como si rezara un rosario: "uy qué fenóneno, qué fenómeno, si me lo dicen, no me lo creo, es que no se puede creer esto; uy qué fenómeno, qué espectáculo, qué fenómeno". La china que regentaba el negocio, espúreo, seguro, me sonreía, mientras la anciana, extendía su brazo arrugado y me acariciaba con dedos de seda cristalina la cintura. Me pegué un susto considerable. Luego me eché a reir también.
Entré en los probadores, provista de tres camisetas con cuello, escote, y estampado oriental, pero no tengo un fabuloso cuerpo oriental. Al salir, en la cola para pagar (tenía que comprar algo o me registrarían hasta la saciedad), asistí a un rifirafe entre madre e hija, pero un tanto peculiar:
- Mama, cómprame las gafas, que sólo son cuatro euros y están guapas.
- Que no, hija, ¿no ganas tú tu propio dinero? Pues vete a casa y lo coges.
- Pero mama, que son muy baratas. ¿Qué te suponen cuatro euros? - dijo con voz insistente, la joven de unos veinte años, guiñándome un ojo a mi, con avidez, ¿y algo más?
- Me suponen horas de abrir las piernas, porque yo gano mi dinero espatarrada, así es que déjalas ya.
La muchacha rió.
En el edificio de la Plazas de las Cortes la seguridad es extrema, pero cuando les dices que trabajas en la CRUE, te creen, aún sin saber lo que es. ¿Quién iba a saber qué es esto? Yo no lo supe ni cuando iba a hacer la entrevista de trabajo.
Ayer, al salir de la oficina, como los ladrones, estuve dando un paseo por Madrid, por el centro. En la esquina de la calle Tetuán me paré en una tienda que daba miedo hasta entrar. El espectáculo era, como repetía aquella anciana mujer, una y otra vez, incansablemente: "un fenómeno". Decía en voz alta, pero como si rezara un rosario: "uy qué fenóneno, qué fenómeno, si me lo dicen, no me lo creo, es que no se puede creer esto; uy qué fenómeno, qué espectáculo, qué fenómeno". La china que regentaba el negocio, espúreo, seguro, me sonreía, mientras la anciana, extendía su brazo arrugado y me acariciaba con dedos de seda cristalina la cintura. Me pegué un susto considerable. Luego me eché a reir también.
Entré en los probadores, provista de tres camisetas con cuello, escote, y estampado oriental, pero no tengo un fabuloso cuerpo oriental. Al salir, en la cola para pagar (tenía que comprar algo o me registrarían hasta la saciedad), asistí a un rifirafe entre madre e hija, pero un tanto peculiar:
- Mama, cómprame las gafas, que sólo son cuatro euros y están guapas.
- Que no, hija, ¿no ganas tú tu propio dinero? Pues vete a casa y lo coges.
- Pero mama, que son muy baratas. ¿Qué te suponen cuatro euros? - dijo con voz insistente, la joven de unos veinte años, guiñándome un ojo a mi, con avidez, ¿y algo más?
- Me suponen horas de abrir las piernas, porque yo gano mi dinero espatarrada, así es que déjalas ya.
La muchacha rió.





