5 - Presión
Hay quien dice que esto de los blogs es otra moda más.
Y es verdad. Pero, por otra parte, también es verdad que todas las modas son síntomas.
Ahora está de moda, entre otras cosas, la comunicación. Yo no sé si será algo a escala social, pero precisamente ahora es cuando me siento más incomunicado que nunca.
Así que, básicamente, lo que yo quiero comunicar es que me siento incomunicado, y también quiero decir que no entiendo al mundo.
No deja de ser curioso esto de los blogs. Un día va uno (refiriéndome a mí), se da de alta en un servidor (no refiriéndome a mí), a ver qué pasa, y empieza a escribir. Y lo que podría haber quedado en un comentario más entre cuatro amigos, se queda aquí, colgado de alguna manera, no se sabe bien dónde.
Pero la cosa es que permanece. Permanece en el tiempo y en el espacio: esto que estás leyendo TÚ ahora, este párrafo, he podido escribirlo yo hace un rato en el Word, justo antes de que entraras aquí, mientras estabas sentado en el sofá, o pude haberlo escrito hace seis días en la parte de atrás de una de mis libretas, mientras observaba a la gente despedirse con sus maletas en una estación de autobuses, e incluso hace dos años, cuando tú aún no sabías ni lo que era un blog.
Es decir, que, aunque yo lo estoy escribiendo AQUÍ (en mi cuarto, en pijama, sentado en mi silla delante del ordenador con las piernas cruzadas, la luz apagada) y lo estoy escribiendo AHORA (a las cinco de la mañana), de alguna forma puede ser visto desde cualquier lugar del mundo y en cualquier momento posterior.
Por lo que, en cierto modo, esto que dejo aquí adquiere un carácter eterno y omnipresente. Confieso que me ha dado vergüenza escribir esta última frase, e incluso al releerla me ha llamado la atención semejante gilipollez, pero coño, es que cuando pienso que escribo algo omnipresente todo me queda rimbombante.
En fin, que, a pesar de que este blog no es leído por más de cuatro o cinco personas, yo siento como si mucha gente me estuviera leyendo, porque pienso en lo que he dicho antes, pienso en que le estoy escribriendo esto al mundo, así, a lo grande. Y eso me frena mucho a la hora de escribir.
Cuando empecé este blog, quería decir aquello que te callas con los demás. Creí que sería capaz de escribir las cosas que me pasan por la cabeza y que me hacen sentir diferente. Creí que aquí, escondido en el anonimato de un blog cualquiera, podría describir cómo me meto de vez en cuando un dedo en el culo mientras me masturbo, o cómo mataría de hecho a los cerdos que pasan por mi calle con sus coches tuneados como suicidas. En fin, cualquier cosa que quisiese sin pensar en las consecuencias ni en lo que diría nadie.
Pero no es así, porque me doy cuenta de que todas y cada una de estas palabras serán recorridas y leídas por gente a la que no conozco, formándose ideas acerca de mí, de cómo seré. Quieran o no, acabarán formándose una opinión sobre mí.
Y no sé si es por orgullo, o por miedo a no ser aceptado en este ghetto, o por no sé qué más, pero no quiero que piense nadie que estoy loco, o que tengo miedo a todo, o que me cuesta tomar decisiones, o que soy un depresivo de mierda acomplejado y sin vida.
Así que, cuando empiezo a escribir algo, voy profundizando, y buscando el origen, y llega un momento en el que me doy cuenta de que hay determinadas cosas que no puedo puedo poner aquí, y me digo "Cuando lo lean, van a decir -este tío es un enfermo-" y a partir de ahora, para ellos, tu blog será el blog de un desgraciado, o pensarán en tí como "el depresivo sin éxito en la vida". "Voy a ver qué coño ha puesto el agonía éste en su blog, a ver con qué se ha puesto depresivo hoy". No te leerán más, o esto se convertirá en un nido de tristes.
Por eso acabo escribiendo vaguedades, para no quedar ni mejor ni peor que nadie. Y encima vaguedades rimbombantes. Todo por preguntarme qué pensaríais vosotros al leerlo. Todo porque estoy demasiado obsesionado con la idea de que me vean aquí como una persona normal. Y , ¿para qué?, pues, para no ser excluído de la manada, como siempre. Para ser tomado en serio y comunicarme. Para sentirme correspondido de alguna forma y escuchado. En definitiva: tiendo a comportarme como en la vida real, siguiéndole el juego a la gente y diciendo vaguedades como todos para ser normal y no ser el apagado melancólico y cursi.
No es esa limitación lo que yo buscaba al abrir este blog. A partir de ahora, empezaré a intentar librarme de todo eso. No sé de qué va a servir. Pero la sola idea de hacerlo ya me provoca un encogimiento en el estómago, como cuando vas a salir de viaje al día siguiente. El miedo de salir de la rutina mezclado con la ilusión de salir de ella, con no saber cómo va a resultar todo.
Escribiré sobre mis miedos y sobre las cosas a las que doy importancia en mi vida.
A lo mejor todo eso os importará un pimiento, pero es mi pimiento, y el caso es que el resultado lo tienes aquí delante tuya, y puedes sacarle el provecho que mejor le veas. Y si, como yo, eres una persona obervadora y curiosa, sabrás que has tenido la oportunidad de encontrar a alguien que piensa cosas parecidas a las tuyas, y que, después de todo, no estás tan solo como creías.
Y es verdad. Pero, por otra parte, también es verdad que todas las modas son síntomas.
Ahora está de moda, entre otras cosas, la comunicación. Yo no sé si será algo a escala social, pero precisamente ahora es cuando me siento más incomunicado que nunca.
Así que, básicamente, lo que yo quiero comunicar es que me siento incomunicado, y también quiero decir que no entiendo al mundo.
No deja de ser curioso esto de los blogs. Un día va uno (refiriéndome a mí), se da de alta en un servidor (no refiriéndome a mí), a ver qué pasa, y empieza a escribir. Y lo que podría haber quedado en un comentario más entre cuatro amigos, se queda aquí, colgado de alguna manera, no se sabe bien dónde.
Pero la cosa es que permanece. Permanece en el tiempo y en el espacio: esto que estás leyendo TÚ ahora, este párrafo, he podido escribirlo yo hace un rato en el Word, justo antes de que entraras aquí, mientras estabas sentado en el sofá, o pude haberlo escrito hace seis días en la parte de atrás de una de mis libretas, mientras observaba a la gente despedirse con sus maletas en una estación de autobuses, e incluso hace dos años, cuando tú aún no sabías ni lo que era un blog.
Es decir, que, aunque yo lo estoy escribiendo AQUÍ (en mi cuarto, en pijama, sentado en mi silla delante del ordenador con las piernas cruzadas, la luz apagada) y lo estoy escribiendo AHORA (a las cinco de la mañana), de alguna forma puede ser visto desde cualquier lugar del mundo y en cualquier momento posterior.
Por lo que, en cierto modo, esto que dejo aquí adquiere un carácter eterno y omnipresente. Confieso que me ha dado vergüenza escribir esta última frase, e incluso al releerla me ha llamado la atención semejante gilipollez, pero coño, es que cuando pienso que escribo algo omnipresente todo me queda rimbombante.
En fin, que, a pesar de que este blog no es leído por más de cuatro o cinco personas, yo siento como si mucha gente me estuviera leyendo, porque pienso en lo que he dicho antes, pienso en que le estoy escribriendo esto al mundo, así, a lo grande. Y eso me frena mucho a la hora de escribir.
Cuando empecé este blog, quería decir aquello que te callas con los demás. Creí que sería capaz de escribir las cosas que me pasan por la cabeza y que me hacen sentir diferente. Creí que aquí, escondido en el anonimato de un blog cualquiera, podría describir cómo me meto de vez en cuando un dedo en el culo mientras me masturbo, o cómo mataría de hecho a los cerdos que pasan por mi calle con sus coches tuneados como suicidas. En fin, cualquier cosa que quisiese sin pensar en las consecuencias ni en lo que diría nadie.
Pero no es así, porque me doy cuenta de que todas y cada una de estas palabras serán recorridas y leídas por gente a la que no conozco, formándose ideas acerca de mí, de cómo seré. Quieran o no, acabarán formándose una opinión sobre mí.
Y no sé si es por orgullo, o por miedo a no ser aceptado en este ghetto, o por no sé qué más, pero no quiero que piense nadie que estoy loco, o que tengo miedo a todo, o que me cuesta tomar decisiones, o que soy un depresivo de mierda acomplejado y sin vida.
Así que, cuando empiezo a escribir algo, voy profundizando, y buscando el origen, y llega un momento en el que me doy cuenta de que hay determinadas cosas que no puedo puedo poner aquí, y me digo "Cuando lo lean, van a decir -este tío es un enfermo-" y a partir de ahora, para ellos, tu blog será el blog de un desgraciado, o pensarán en tí como "el depresivo sin éxito en la vida". "Voy a ver qué coño ha puesto el agonía éste en su blog, a ver con qué se ha puesto depresivo hoy". No te leerán más, o esto se convertirá en un nido de tristes.
Por eso acabo escribiendo vaguedades, para no quedar ni mejor ni peor que nadie. Y encima vaguedades rimbombantes. Todo por preguntarme qué pensaríais vosotros al leerlo. Todo porque estoy demasiado obsesionado con la idea de que me vean aquí como una persona normal. Y , ¿para qué?, pues, para no ser excluído de la manada, como siempre. Para ser tomado en serio y comunicarme. Para sentirme correspondido de alguna forma y escuchado. En definitiva: tiendo a comportarme como en la vida real, siguiéndole el juego a la gente y diciendo vaguedades como todos para ser normal y no ser el apagado melancólico y cursi.
No es esa limitación lo que yo buscaba al abrir este blog. A partir de ahora, empezaré a intentar librarme de todo eso. No sé de qué va a servir. Pero la sola idea de hacerlo ya me provoca un encogimiento en el estómago, como cuando vas a salir de viaje al día siguiente. El miedo de salir de la rutina mezclado con la ilusión de salir de ella, con no saber cómo va a resultar todo.
Escribiré sobre mis miedos y sobre las cosas a las que doy importancia en mi vida.
A lo mejor todo eso os importará un pimiento, pero es mi pimiento, y el caso es que el resultado lo tienes aquí delante tuya, y puedes sacarle el provecho que mejor le veas. Y si, como yo, eres una persona obervadora y curiosa, sabrás que has tenido la oportunidad de encontrar a alguien que piensa cosas parecidas a las tuyas, y que, después de todo, no estás tan solo como creías.
4 - Otro intento de vencer la timidez
Me dirigía a la parada del autobús. Era por la mañana temprano, y vi que había dos personas esperando. Iba a ser mi primer contacto humano del día.
Pensé en armarme de valor y saludar de una vez, no quedar como un maldito prepotente que se cree mejor que los demás, que es lo que supongo que se creerá la gente ante mi actitud. Un tío que llega y ni siquiera mira a los demás. "El primer hijo de puta del día", pensarán. Si supieran cuánto me gustaría hablarles, si supieran que sólo necesito un poco de ayuda. De veras que quería hacerlo. Tenía que echarle huevos, no puede ser tan difícil. Sólo hay que decir lo que dice todo el mundo en estos casos.
Mientras me iba acercando, me puse a pensar en cómo lo haría. Siempre planeo este tipo de cosas con antelación para no quedar demasiado serio con un "buenos días", o demasiado snob con un "hola, qué tal".
Miraría a las dos personas, sin fijar la vista, sólo con una ligera pasada de ojos a cada una, siguiendo la horizontal desde los ojos de una hasta la otra, y, mientras decía "¡hola!", haría una pequeña flexión de la cabeza, como cuando se saluda al rey, pero con menos sumisión, que fuera una cosa llana pero sincera. Para que vieran que no me situaba ni por encima ni por debajo de nadie. Sí, eso estaría bien. Quedaría como un tío que sabe llegar a los sitios. Pensarían que soy alguien con experiencia, con don de gentes. Sociable.
Era una parada de pueblo, ya en las afueras, casi en pleno campo. Aislada. Aquí no es como en las ciudades. Es casi obligatorio intercambiar alguna palabra. Más que nada para hacer ver que no llevas malas intenciones. Sólo vas a coger el autobús. Se considera descortés el no saludar. Mejor dicho, si no saludas, te conviertes automáticamente en un tipo bastante sospechoso.
Cuando estuve un poco más cerca, podía distinguir un poco más aquellos bultos. Eran dos muchachas. De mi edad más o menos. Además, no estaban mal. "Mierda", pensé, "¿Y si no me responden?". Hasta que no llegase el autobús, habría un silencio bastante tenso. Quedaría bastante mal. No tanto por lo que ellas pensaran de mí, sino porque me hundiría yo mismo. Un fracaso ahora que estaba intentando evitar pensar en el fracaso sería terrible para mí. Me escondería otra vez durante otra temporada (metafóricamente).
¿Tengo 25 años y me da miedo saludar a la gente al llegar a una parada de autobús? Venga, coño. Esto ya está pasando a ser un problema. Mézclate un poco. Es mi primer intento de dar el primer paso, de intercambiar alguna palabra con alguien que no me conozca. ¿Tan alto concepto tengo de los demás que me da miedo lo que piensen de mí? En estas ocasiones recuerdo eso de que "Pensar demasiado es malo para la autoestima", así que respiré hondo hinchando el pecho, y me acerqué decidido a saludar.
Estaba ya a sólo un par de metros. Iba diciendo para mis adentros "gesto con la cabeza ¡hola!", "gesto con la cabeza ¡hola!", "gesto con la cabeza ¡hola!", lo estaba visualizando. Comencé a levantar la cabeza para saludarlas. Iba a decirlo. Nacía mi nuevo "yo", el ave fénix levantaba la cabeza. En ese momento, justo antes de alcanzarlas, mi pie derecho topó con una piedra de poco tamaño que había en el borde de la carretera. Un conglomerado de esos de asfalto. No fue un tropezón que llamara la atención. Ni siquiera perdí el paso. No creo tampoco que se notara. Pero el resultado fue que le dí un pequeño puntapié a la piedra aquella, que se movió unos treinta centímetros.
Era una tontería, lo sé, pero eso no estaba en mi plan. Noté cómo me ardían los cachetes.
¡Todo a la mierda! Me subieron los colores, bajé la cabeza y me escabullí reptando hasta el final de la parada. Allí me quedé, en un rincón, lo más quieto que pude, esperando a que llegara el autobús, y deseando que ninguna de aquellas dos hubiera visto moverse la piedra.
Soy un cobarde. No soy más que un cobarde.
Pensé en armarme de valor y saludar de una vez, no quedar como un maldito prepotente que se cree mejor que los demás, que es lo que supongo que se creerá la gente ante mi actitud. Un tío que llega y ni siquiera mira a los demás. "El primer hijo de puta del día", pensarán. Si supieran cuánto me gustaría hablarles, si supieran que sólo necesito un poco de ayuda. De veras que quería hacerlo. Tenía que echarle huevos, no puede ser tan difícil. Sólo hay que decir lo que dice todo el mundo en estos casos.
Mientras me iba acercando, me puse a pensar en cómo lo haría. Siempre planeo este tipo de cosas con antelación para no quedar demasiado serio con un "buenos días", o demasiado snob con un "hola, qué tal".
Miraría a las dos personas, sin fijar la vista, sólo con una ligera pasada de ojos a cada una, siguiendo la horizontal desde los ojos de una hasta la otra, y, mientras decía "¡hola!", haría una pequeña flexión de la cabeza, como cuando se saluda al rey, pero con menos sumisión, que fuera una cosa llana pero sincera. Para que vieran que no me situaba ni por encima ni por debajo de nadie. Sí, eso estaría bien. Quedaría como un tío que sabe llegar a los sitios. Pensarían que soy alguien con experiencia, con don de gentes. Sociable.
Era una parada de pueblo, ya en las afueras, casi en pleno campo. Aislada. Aquí no es como en las ciudades. Es casi obligatorio intercambiar alguna palabra. Más que nada para hacer ver que no llevas malas intenciones. Sólo vas a coger el autobús. Se considera descortés el no saludar. Mejor dicho, si no saludas, te conviertes automáticamente en un tipo bastante sospechoso.
Cuando estuve un poco más cerca, podía distinguir un poco más aquellos bultos. Eran dos muchachas. De mi edad más o menos. Además, no estaban mal. "Mierda", pensé, "¿Y si no me responden?". Hasta que no llegase el autobús, habría un silencio bastante tenso. Quedaría bastante mal. No tanto por lo que ellas pensaran de mí, sino porque me hundiría yo mismo. Un fracaso ahora que estaba intentando evitar pensar en el fracaso sería terrible para mí. Me escondería otra vez durante otra temporada (metafóricamente).
¿Tengo 25 años y me da miedo saludar a la gente al llegar a una parada de autobús? Venga, coño. Esto ya está pasando a ser un problema. Mézclate un poco. Es mi primer intento de dar el primer paso, de intercambiar alguna palabra con alguien que no me conozca. ¿Tan alto concepto tengo de los demás que me da miedo lo que piensen de mí? En estas ocasiones recuerdo eso de que "Pensar demasiado es malo para la autoestima", así que respiré hondo hinchando el pecho, y me acerqué decidido a saludar.
Estaba ya a sólo un par de metros. Iba diciendo para mis adentros "gesto con la cabeza ¡hola!", "gesto con la cabeza ¡hola!", "gesto con la cabeza ¡hola!", lo estaba visualizando. Comencé a levantar la cabeza para saludarlas. Iba a decirlo. Nacía mi nuevo "yo", el ave fénix levantaba la cabeza. En ese momento, justo antes de alcanzarlas, mi pie derecho topó con una piedra de poco tamaño que había en el borde de la carretera. Un conglomerado de esos de asfalto. No fue un tropezón que llamara la atención. Ni siquiera perdí el paso. No creo tampoco que se notara. Pero el resultado fue que le dí un pequeño puntapié a la piedra aquella, que se movió unos treinta centímetros.
Era una tontería, lo sé, pero eso no estaba en mi plan. Noté cómo me ardían los cachetes.
¡Todo a la mierda! Me subieron los colores, bajé la cabeza y me escabullí reptando hasta el final de la parada. Allí me quedé, en un rincón, lo más quieto que pude, esperando a que llegara el autobús, y deseando que ninguna de aquellas dos hubiera visto moverse la piedra.
Soy un cobarde. No soy más que un cobarde.
3 - Hola, desconocido.
Caminando por la calle entre la multitud, son muchas las sensaciones que se llegan a experimentar.
Dependiendo de tu estado de ánimo, unas veces te sobrecoge la grandeza de ser uno más, la nostalgia del ahora que estás viviendo, esa contradicción entre la tristeza por la fugacidad del momento presente, que ya se fue, y la magia que le confiere a cada instante el hecho de saber que es efímero, y, por tanto, digno de ser aprovechado, para que no se pierda en la noche de los tiempos.
En esas ocasiones da gusto pasear.
Otras veces, en cambio, me veo totalmente angustiado caminando. No caminando, sino en el proceso de ir de un sitio a otro. Mezclado entre el gentío. Describiendo una trayectoria quebrada, intentando avanzar entre los huecos que va dejando aquí y allí la gente a su paso.
En una ciudad grande, donde hay gente por todas partes, es difícil mirar a un punto muerto mientras caminas (a no ser que lleves gafas de sol). ¿Cómo se marca uno un punto de referencia en estos casos? Se me hace imposible.
Quieras o no, en algún momento, tu mirada acaba apuntando directamente a los ojos de otra persona, y, para alguien tan inseguro como yo, estos choques con los otros pueden llegar a ser verdaderos hachazos emocionales.
A veces no puedo ni siquiera ir pensando tranquilamente en mis cosas. Me veo invadido desde fuera por los demás.
Después de varios de estos golpes, uno siente ganas de mirar a algún sitio en el que no haya nadie, una calle que se abre, un cartel grande, el suelo, yo qué sé, uno de esos cuadros que se colocan en las salas de espera para evitar esas situaciones tan incómodas. Tener que mirar a un desconocido a los ojos es un reto difícil de abordar para una autoestima baja.
Antes pensaba que ese momento era algo así como un encuentro cósmico entre dos mundos, una posible oportunidad de conocer a una persona interesante, yo qué sé, un café gratis.
No estoy loco, he escrito "algo así como". Cada ocasión era una nueva oportunidad. Me parecía que esa persona con la me había topado de repente, se había fijado también en mí (y, por un momento, me había comprendido, de alguna manera). Le invadía la misma curiosidad que a mí por hablar con él ¿Habéis visto el comienzo de la película Closer?
Incluso, a veces, yo forzaba esa circunstancia, y, de vez en cuando, algún pobre transeúnte con mala suerte se sorprendía con mi mirada fija en sus ojos durante algún tiempo. Lo mínimo, eso sí, para no asustar. Lo justo para captar la atención sin parecer descarado. A lo mejor entonces era un poco menos cobarde, aunque no dejaba de serlo del todo.
Ahora ya no hago eso. Ahora, cuando la línea de horizonte que me fijo acaba en la cara de alguien, seguro que mi confusión es claramente visible desde fuera, reacciono como si pidiera perdón por haber invadido la intimidad del otro, por haberle enfocado con las luces largas, vuelvo los ojos rápidamente hacia cualquier otro lugar, muevo un poco las manos inquietas buscando algo que ajustar (el cinturón, la camisa, el pelo...) para tomar un poco de confianza, y sigo mi camino mirando hacia otra parte, primero hacia el suelo, claro.
Así voy yo por la calle, de fogonazo en fogonazo, hasta que no puedo más, y, entonces, me sobreviene una necesidad repentina de pararme, busco un espacio un poco más abierto, un pequeño embotellamiento de gente que se despeja, tomo aire, y me quedo quieto en el sitio. Mientras la gente sigue pasando. Yo miro a los lados. Y me pregunto por qué.
En esas caminatas, siempre espero que algún día una desconocida venga hacia mí sonriendo, y, bajando un poco la mirada, me dijese “Hola, desconocido”.
Supongo que yo, casi sin poder hablar, respondería algo vulgar o descortés, algo breve, y me iría de allí, con el rabo entre las piernas. O a lo mejor no.
Dependiendo de tu estado de ánimo, unas veces te sobrecoge la grandeza de ser uno más, la nostalgia del ahora que estás viviendo, esa contradicción entre la tristeza por la fugacidad del momento presente, que ya se fue, y la magia que le confiere a cada instante el hecho de saber que es efímero, y, por tanto, digno de ser aprovechado, para que no se pierda en la noche de los tiempos.
En esas ocasiones da gusto pasear.
Otras veces, en cambio, me veo totalmente angustiado caminando. No caminando, sino en el proceso de ir de un sitio a otro. Mezclado entre el gentío. Describiendo una trayectoria quebrada, intentando avanzar entre los huecos que va dejando aquí y allí la gente a su paso.
En una ciudad grande, donde hay gente por todas partes, es difícil mirar a un punto muerto mientras caminas (a no ser que lleves gafas de sol). ¿Cómo se marca uno un punto de referencia en estos casos? Se me hace imposible.
Quieras o no, en algún momento, tu mirada acaba apuntando directamente a los ojos de otra persona, y, para alguien tan inseguro como yo, estos choques con los otros pueden llegar a ser verdaderos hachazos emocionales.
A veces no puedo ni siquiera ir pensando tranquilamente en mis cosas. Me veo invadido desde fuera por los demás.
Después de varios de estos golpes, uno siente ganas de mirar a algún sitio en el que no haya nadie, una calle que se abre, un cartel grande, el suelo, yo qué sé, uno de esos cuadros que se colocan en las salas de espera para evitar esas situaciones tan incómodas. Tener que mirar a un desconocido a los ojos es un reto difícil de abordar para una autoestima baja.
Antes pensaba que ese momento era algo así como un encuentro cósmico entre dos mundos, una posible oportunidad de conocer a una persona interesante, yo qué sé, un café gratis.
No estoy loco, he escrito "algo así como". Cada ocasión era una nueva oportunidad. Me parecía que esa persona con la me había topado de repente, se había fijado también en mí (y, por un momento, me había comprendido, de alguna manera). Le invadía la misma curiosidad que a mí por hablar con él ¿Habéis visto el comienzo de la película Closer?
Incluso, a veces, yo forzaba esa circunstancia, y, de vez en cuando, algún pobre transeúnte con mala suerte se sorprendía con mi mirada fija en sus ojos durante algún tiempo. Lo mínimo, eso sí, para no asustar. Lo justo para captar la atención sin parecer descarado. A lo mejor entonces era un poco menos cobarde, aunque no dejaba de serlo del todo.
Ahora ya no hago eso. Ahora, cuando la línea de horizonte que me fijo acaba en la cara de alguien, seguro que mi confusión es claramente visible desde fuera, reacciono como si pidiera perdón por haber invadido la intimidad del otro, por haberle enfocado con las luces largas, vuelvo los ojos rápidamente hacia cualquier otro lugar, muevo un poco las manos inquietas buscando algo que ajustar (el cinturón, la camisa, el pelo...) para tomar un poco de confianza, y sigo mi camino mirando hacia otra parte, primero hacia el suelo, claro.
Así voy yo por la calle, de fogonazo en fogonazo, hasta que no puedo más, y, entonces, me sobreviene una necesidad repentina de pararme, busco un espacio un poco más abierto, un pequeño embotellamiento de gente que se despeja, tomo aire, y me quedo quieto en el sitio. Mientras la gente sigue pasando. Yo miro a los lados. Y me pregunto por qué.
En esas caminatas, siempre espero que algún día una desconocida venga hacia mí sonriendo, y, bajando un poco la mirada, me dijese “Hola, desconocido”.
Supongo que yo, casi sin poder hablar, respondería algo vulgar o descortés, algo breve, y me iría de allí, con el rabo entre las piernas. O a lo mejor no.





