114. Quiero ahogar mis miedos, y gritar al cielo mis ganas de libertad...
Sales de la ducha. Te vistes, una camisa ajustada, pantalones oscuros y zapatos. Con un poco de gomina, te colocas el pelo hasta dejarlo de punta. La colonia te hace toser al notar ese cosquilleo en la nariz. El mismo cosquilleo que sientes que te sube desde los pies hasta la nuca, pasando por toda la espalda. Primera cita.
Te metes en el metro y, justo en ese momento, empieza a sonar en el mp3 los primeros acordes de vuestra canción. Sí, esa canción que te grabó en aquel recopilatorio y cuya letra tienes puesta junto al nombre en el messenger. Llega el tren y, con él, una brisa que mueve los papeles tirados por el suelo. Mientras se para, notas como el suelo tiembla. ¿Es el suelo? ¿No serán mis piernas? Primera cita.
Llegas al lugar donde habíais acordado quedar, casi 10 minutos tarde. Pero él aún no ha llegado. Enciendes un cigarro e intentas tranquilizarte. Pero de poco sirve. Doblando la esquina, por fin aparece. Vestido de punta en blanco, con esas gafas que tan bien le quedan, y con ese toque despeinado que tanto te encanta. Una mirada basta para arrancarte una sonrisa que ya no se te irá del rostro en toda la noche. Primera cita.
Decidís compartir la comida y, en un tierno gesto, te lleva un trozo de carne hasta la boca, con el tenedor. Al retirar la mano, por un instante, vuestros dedos se rozan y sientes como una chispa de felicidad salta entre los dos. La conversación fluye y fluye, y parece que nunca os cansaréis de hablar. La cerveza empieza a hacer efecto y, de manera casi imperceptible, vuestras palabras evolucionan desde la suavidad y la confianza hasta los piropos y las confesiones. Primera cita.
Entráis justo en aquel momento de la noche en que el local está lo suficientemente vacío como para poder encontrar sitio, pero lo suficientemente lleno como para que no os dé vergüenza bailar. Un par de copas y aquella canción de hace unos años son el coctel infalible para haceros salir a bailar. La intensidad de la música va subiendo y, a cada minuto que pasa, vais perdiendo más consciencia de lo que os rodea. De pronto, vuestra canción. Un abrazo. Vueltas y más vueltas, deseando que nunca acabe este momento. Primera cita.
Le acompañas hasta la puerta de su casa. Te apoyas con mirada angelical en la puerta y le suplicas unos minutos más de conversación. En el horizonte, hace rato que el sol despuntó. "Tenemos que repetir lo de esta noche". Sí, ha estado genial. Os miráis a los ojos. Y la conversación se acaba. Porque ya no hay nada más que decir. Os acercáis. Escasos centímetros separan vuestras caras. Y, en ese momento, vuestros labios se acercan de manera irremediable...
Quizás una primera cita es lo que necesito para recuperar la ilusión...
Y, ¿vosotros? ¿Qué recuerdos guardáis de aquella primera cita tan especial?
Te metes en el metro y, justo en ese momento, empieza a sonar en el mp3 los primeros acordes de vuestra canción. Sí, esa canción que te grabó en aquel recopilatorio y cuya letra tienes puesta junto al nombre en el messenger. Llega el tren y, con él, una brisa que mueve los papeles tirados por el suelo. Mientras se para, notas como el suelo tiembla. ¿Es el suelo? ¿No serán mis piernas? Primera cita.
Llegas al lugar donde habíais acordado quedar, casi 10 minutos tarde. Pero él aún no ha llegado. Enciendes un cigarro e intentas tranquilizarte. Pero de poco sirve. Doblando la esquina, por fin aparece. Vestido de punta en blanco, con esas gafas que tan bien le quedan, y con ese toque despeinado que tanto te encanta. Una mirada basta para arrancarte una sonrisa que ya no se te irá del rostro en toda la noche. Primera cita.
Decidís compartir la comida y, en un tierno gesto, te lleva un trozo de carne hasta la boca, con el tenedor. Al retirar la mano, por un instante, vuestros dedos se rozan y sientes como una chispa de felicidad salta entre los dos. La conversación fluye y fluye, y parece que nunca os cansaréis de hablar. La cerveza empieza a hacer efecto y, de manera casi imperceptible, vuestras palabras evolucionan desde la suavidad y la confianza hasta los piropos y las confesiones. Primera cita.
Entráis justo en aquel momento de la noche en que el local está lo suficientemente vacío como para poder encontrar sitio, pero lo suficientemente lleno como para que no os dé vergüenza bailar. Un par de copas y aquella canción de hace unos años son el coctel infalible para haceros salir a bailar. La intensidad de la música va subiendo y, a cada minuto que pasa, vais perdiendo más consciencia de lo que os rodea. De pronto, vuestra canción. Un abrazo. Vueltas y más vueltas, deseando que nunca acabe este momento. Primera cita.
Le acompañas hasta la puerta de su casa. Te apoyas con mirada angelical en la puerta y le suplicas unos minutos más de conversación. En el horizonte, hace rato que el sol despuntó. "Tenemos que repetir lo de esta noche". Sí, ha estado genial. Os miráis a los ojos. Y la conversación se acaba. Porque ya no hay nada más que decir. Os acercáis. Escasos centímetros separan vuestras caras. Y, en ese momento, vuestros labios se acercan de manera irremediable...
Quizás una primera cita es lo que necesito para recuperar la ilusión...
Y, ¿vosotros? ¿Qué recuerdos guardáis de aquella primera cita tan especial?
113. Perdido en la inmensidad, buscando tu puerto aún...
Es como una bofetada. Una bocanada de aire fresco después de haber salido de un túnel. Un vaso de agua cuando tienes sed. Como el despertador después de haber dormido profundamente. Exactamente la misma sensación.
Muchas veces no nos damos cuenta de lo que tenemos. Nos quejamos por pequeños detalles o manías cuando, en realidad, no son más que pequeñas imperfecciones sin importancia. No sabemos valorar lo que tanto nos ha costado conseguir y nos acomodamos en el conformismo, nos acostumbramos a su presencia y dejamos de luchar para mantenerlo.
Me estoy refiriendo a todo lo bueno que tenemos. Los amigos. La familia. Las comodidades del siglo XXI. Unos estudios. La seguridad (dentro de lo que cabe) de que no tendremos problemas para sobrevivir. La salud. No los valoramos suficientemente. No tenemos (porque escapa a nuestra mente o incluso porque no queremos) la suficiente perspectiva como para reconocer en cada uno de estos elementos la importancia que tiene en nuestra vida.
Hoy, como ya me ha pasado otras muchas veces, me he dado cuenta de la suerte que tengo. Y no lo digo por quedar bien. Ni tampoco lo digo en un arrebato de arrogancia. Aún sigo preguntándome que ha podido ver en mí, qué puede haberle hecho enamorarse de mí. Tampoco soy gran cosa. Tengo muchos defectos y manías. No soy una persona fácil. Y, sin embargo, ahí está.
Hoy he tenido esa sensación. He abierto los ojos y he pensado: qué feliz soy a tu lado.
Y, vosotros, ¿sabéis valorar lo que tenéis?
PD: Siéntate cómodamente. Mira atrás y encontrarás lo que buscas.
Muchas veces no nos damos cuenta de lo que tenemos. Nos quejamos por pequeños detalles o manías cuando, en realidad, no son más que pequeñas imperfecciones sin importancia. No sabemos valorar lo que tanto nos ha costado conseguir y nos acomodamos en el conformismo, nos acostumbramos a su presencia y dejamos de luchar para mantenerlo.
Me estoy refiriendo a todo lo bueno que tenemos. Los amigos. La familia. Las comodidades del siglo XXI. Unos estudios. La seguridad (dentro de lo que cabe) de que no tendremos problemas para sobrevivir. La salud. No los valoramos suficientemente. No tenemos (porque escapa a nuestra mente o incluso porque no queremos) la suficiente perspectiva como para reconocer en cada uno de estos elementos la importancia que tiene en nuestra vida.
Hoy, como ya me ha pasado otras muchas veces, me he dado cuenta de la suerte que tengo. Y no lo digo por quedar bien. Ni tampoco lo digo en un arrebato de arrogancia. Aún sigo preguntándome que ha podido ver en mí, qué puede haberle hecho enamorarse de mí. Tampoco soy gran cosa. Tengo muchos defectos y manías. No soy una persona fácil. Y, sin embargo, ahí está.
Hoy he tenido esa sensación. He abierto los ojos y he pensado: qué feliz soy a tu lado.
Y, vosotros, ¿sabéis valorar lo que tenéis?
PD: Siéntate cómodamente. Mira atrás y encontrarás lo que buscas.
