LOS PECADOS DE LA CARNE
Siempre íbamos a su pequeña carniceria dónde nos vendía una carne buenísima nada que ver con la que se puede comprar en Barcelona.
En el pequeño pueblo solo habian dos de estas tiendas y la suya era la más antigua, la de toda la vida, la de más confianza. Allí iban muchos dias a comprar las señoras del pueblo, el del restaurante y el del hostal. Durante años Manel nos alegró la vida con su simpatia al despachar, siempre alegre con sus consejos y sus recetas que no salen en los libros de cocina.
Empezó a extenderse un rumor por el pueblo y poco a poco fue disminuyendo la clientela. En el antes lleno mostrador de productos fueron apareciendo espacios vacios. Manel hacia mala cara, perdió peso. Poco tiempo después solo despachaba su despendienta y él dejó de aparecer por el negocio. La gente empezó a relacionar la sangre que rezuma la carne con su enfermedad. El miedo, la aprensión y la ignorancia hicieron el resto.
Los clientes emigraron en masa a la otra carniceria del pueblo. Él cerró definitivamente.
A los pocos meses Manel murió de sida con la única compañia de su amante secreto.
Ahora tenemos en el pueblo una grande y moderna tienda de carnes y embutidos selectos que hacen las delicias de los visitantes de fin de semana que buscan lo auténtico, entre delicatessen, platos precocinados y cinco dependientas con cofia.
En el pequeño pueblo solo habian dos de estas tiendas y la suya era la más antigua, la de toda la vida, la de más confianza. Allí iban muchos dias a comprar las señoras del pueblo, el del restaurante y el del hostal. Durante años Manel nos alegró la vida con su simpatia al despachar, siempre alegre con sus consejos y sus recetas que no salen en los libros de cocina.
Empezó a extenderse un rumor por el pueblo y poco a poco fue disminuyendo la clientela. En el antes lleno mostrador de productos fueron apareciendo espacios vacios. Manel hacia mala cara, perdió peso. Poco tiempo después solo despachaba su despendienta y él dejó de aparecer por el negocio. La gente empezó a relacionar la sangre que rezuma la carne con su enfermedad. El miedo, la aprensión y la ignorancia hicieron el resto.
Los clientes emigraron en masa a la otra carniceria del pueblo. Él cerró definitivamente.
A los pocos meses Manel murió de sida con la única compañia de su amante secreto.
Ahora tenemos en el pueblo una grande y moderna tienda de carnes y embutidos selectos que hacen las delicias de los visitantes de fin de semana que buscan lo auténtico, entre delicatessen, platos precocinados y cinco dependientas con cofia.
LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN
No me acuerdo de su nombre, solo tengo un vago recuerdo de su cara morena y sus ojos grandes y muy negros. De su figura esbelta y de unos tejanos azules duros y ajustados. Nos conocimos por la calle en una de esas juergas de sábado por la noche. Ibamos en grupo y acabamos borrachos. Quedamos todos para encontrarnos otro dia.
A la semana siguiente se reunió el grupo y fuimos a cenar, después a tomar algo recorriendo unos cuantos bares, pubs, etc. mucho alcohol, humo y risas. Ella siempre estaba alejada de mi, al otro extemo de la mesa o en la otra punta de la barra.
Ya de retirada, se deshizo el grupo y fuimos los dos a la misma parada del bus nocturno. De repente se acercó y me besó con fuerza, su lengua entró en mi boca como si tuviera vida propia agitándose enloquecida. La cogí por la cintura y la atraje hacia mi con fuerza. Ella apretó su pubis contra mi moviéndose en circulos. En este estado de excitación nos sorprendió el autobús. Quedé en llamarla.
No la llamé. no volví a verla nunca más.
Llamadme estúpido.
A la semana siguiente se reunió el grupo y fuimos a cenar, después a tomar algo recorriendo unos cuantos bares, pubs, etc. mucho alcohol, humo y risas. Ella siempre estaba alejada de mi, al otro extemo de la mesa o en la otra punta de la barra.
Ya de retirada, se deshizo el grupo y fuimos los dos a la misma parada del bus nocturno. De repente se acercó y me besó con fuerza, su lengua entró en mi boca como si tuviera vida propia agitándose enloquecida. La cogí por la cintura y la atraje hacia mi con fuerza. Ella apretó su pubis contra mi moviéndose en circulos. En este estado de excitación nos sorprendió el autobús. Quedé en llamarla.
No la llamé. no volví a verla nunca más.
Llamadme estúpido.





