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Ojos de perro azul
relatos extraviados
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ACCIDENTE
Establecimos contacto hace más o menos medio año en un chat. Poco a poco fuimos coincidiendo, cada vez con más frecuencia. Me gustaba su forma de expresarse, lo que contaba. Pasado un tiempo nos dimos las direcciones de msn y empezamos a hablar casi a diario. A contarnos primero nuestras vidas cotidianas que de tan grises carecían de interés, vidas de supervivencia, de héroes anónimos que quisieran escapar de la realidad. Por eso estábamos tan cómodos en nuestro mundo virtual. Después llegaron las confesiones íntimas, los secretos, lo que no se cuenta a nadie real.

Se convirtió en alguien imprescindible, cada noche esperaba el instante de la conexión después de pensar en ese momento todo el día. Esa media hora diaria de afecto era el único consuelo en medio de la brutalidad cotidiana.

Muchas veces, me viene al pensamiento. Empieza a ser algo obsesivo. Ahora siento una carencia que me hiere un poco más cada día. Hoy hace más de un mes que no se nada de Lucía. La última conversación fue como las anteriores sin ninguna señal distinta sin nada que anunciara su despedida. Me parece incomprensible, qué ha podido ocurrir?. Cada noche me conecto para hallar solo el vacío.

Me doy cuenta de lo poco que controlo las emociones, creo que cada vez menos. Tendré que olvidarla de alguna manera y dejar de pensar. Alejarme de la pantalla azul, volver a ver la televisión y vaciar su recuerdo.
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Por fin hoy dispongo de un portátil, me lo acaban de traer a la habitación. Llevo un mes desconectada. Apenas puedo mover los brazos pero creo que algo podré teclear. Le abrá parecido una eternidad a Luis tanto tiempo sin noticias después de mi accidente.
 
TRASTERO


Haciendo limpieza en el trastero, encontré una carpeta azul de cartón raído. Sin saber qué había dentro la abrí. Aparecieron tus cartas de papel amarillo coloreado por los años.
Siempre escribías largas cartas sin pautar con tus renglones perfectamente rectos, paralelos entre sí. Un orden académico opuesto a tu inquieta mente de sueños y esperanzas por cumplir.

En medio de la limpieza, me paré a recordar aquellos días salvajes de verano. En aquella pequeña tienda de campaña bajo eucaliptos altísimos como catedrales que protegían nuestra complicidad, nuestro sexo de animales jóvenes.
Sin lugar para el cansancio, volvíamos a enredarnos una y otra vez en un delirio de roces, pieles, succiones, ojos, bocas, piernas, lenguas, manos buscadoras. Tu sexo abierto, mi sexo frenético ante tu firme culo de bailarina, en una locura de pasión que solo se interrumpía un momento cuando aparecía como cada tarde, aquel inquietante voyeur cuya sombra caía sobre la tela de la tienda y huía al oír el zumbido de la cremallera al subir.

Cerré la carpeta y la dejé en un lugar para olvidarla. Como en una antigua cava de vinos añejos. Olvidándola para que en una próxima limpieza, el mecanismo de relojería inesperado volviera a sorprenderme. Devolviéndome a un tiempo que parece pertenecer a otra vida.

Seguí ordenando y limpiando.


 
OJOS DE PERRO AZUL

Estaba sentada en el fondo del bar, iluminada levemente por la vela de la mesa. Hilos de humo difuminaban su rostro, solo su mano blanca alrededor de la copa se veía nítida. Me encontraba ante ella como otras noches.

- Hoy tardaste en llegar.
- Me fui a dormir muy tarde. No empecé a soñar hasta ahora.
- Sabes que cada noche te espero en este mismo lugar.
- Pero yo no siempre sueño con este bar. Cuando no puedo llegar hasta aqui, pesadillas horribles me despiertan y todo se rompe.
- Me alegro que hoy estés aquí y como siempre que coincidimos, te contaré una vez más lo que tienes que recordar para encontrarnos en el mundo real.

Comenzó a contarme lo que hacía durante el día como lo había hecho las otras noches.
Al entrar en una tienda le decía al dependiente “Ojos de perro azul”. El hombre no entendía a qué se refería y le preguntaba si se encontraba bien.
En el restaurante en el momento antes de pedir, pronunciaba la frase ”Ojos de perro azul”. El camarero le hacía una leve reverencia y pasaba a anotar su pedido.
En las dependencias municipales en medio de una gestión con el funcionario, le decía “Ojos de perro azul” El pobre hombre pensaba que en su oficio de tratar con toda clase de público se daban esos momentos excéntricos de vez en cuando y como si nada, seguía con los trámites.

Y así todos los días, ella decía sin venir a cuento “Ojos de perro azul”, al hombre que suponía que se encontraba en sus sueños. Aún sin saber siquiera si ese hombre vivía en su misma ciudad.

Preso de una gran ansiedad, yo le aseguraba que al día siguiente escribiría en las paredes de las calles “Ojos de perro azul” hasta que ella lo leyera. Pondría anuncios en los periódicos con esa misma frase enigmática. Le diría lo mismo a alguna de las mujeres desconocidas que suponía encontrar en mi sueño, para así poder encontrarnos.

Con un gesto de infinito desconsuelo, ella me miró con sus ojos tristísimos, diciendo:
- Eso es imposible, eres el único hombre que nunca recuerda nada de lo que ha soñado.
 
DIRECCIONES CONTRARIAS
Cada día al levantarme es mi primer pensamiento, que tontería, si solo se trata de una casualidad, por lo menos me lo parecía al principio. Se diría que era eso, una coincidencia en el tiempo y en el espacio.

Pero cada mañana, siempre a las 8, 30 h. cuando todavía no me ha abandonado la respiración pesada del sueño, siento el cosquilleo de lo que será inminente. Sé que me cruzaré con su mirada a esa hora exacta. Si hay suerte durante unos 10 segundos podremos mirarnos. Algunos días quizá un solo segundo.
Lamento cuando pierdo su cara matinal en una coincidencia rota por un minuto de retraso y tengo que esperar veinticuatro horas para volver a ver el prodigio de sus ojos interrogantes por la ausencia del día anterior.

Va a hacer ya cerca de un mes que nos miramos fugazmente por unos momentos y ya hemos empezado a establecer un nimio lenguaje de microgestos faciales, que pasarían desapercibidos para cualquier observador.

Esta mañana la vi alegre, muy distinta del martes pasado, cuando estaba tan triste que hasta cerró sus párpados sin dejar de mirarme. Le sonreí levemente y a pesar del cristal sucio, apareció un pequeño destello en sus ojos.

Vamos siempre en direcciones contrarias, en un subterráneo de velocidad y ruidos metálicos. Rodeados de cientos de caras largas en hora punta. Las ventanillas a un metro escaso de distancia y un abismo de anonimato entre dos desconocidos, cuando los dos trenes se cruzan siempre en la misma estación.

Momentos antes una voz siempre anuncia: Próxima parada Rocafort


 
TACONES CERCANOS
Se mueve por su habitación. Oigo un ligero roce de bisagras cuando abre la puerta del armario. Se desviste dejando la ropa sobre la cama. Solo con ropa interior sale de la habitación, por el pasillo hasta el baño. Corre el agua del lavabo y después un golpear blando de frascos de perfume sobre el estante de cristal. Vuelve a la habitación de nuevo para cambiarse de ropa y vestirse para una cita quizá. Se aleja hasta el otro extremo del piso para coger al bolso y el abrigo. Con paso decidido va hacia la puerta de salida y cierra con llave.

Desarrollando un instinto de ciego, he seguido todos sus movimientos solo con el sonido de sus tacones. Ellos hablaban el lenguaje de los pasos. Pasos de duda al decidir que ropa ponerse, pasos resueltos y decididos al salir. Taconeo de triunfo.

La he visto desde abajo a través del techo de cristal que ha generado mi oído. Con una perspectiva de capilla sixtina he visto sus zapatos de tacón, mas arriba sus piernas y el resto de su cuerpo en un escorzo imposible desplazándose por todo el piso, con su taconeo imperioso.

Acaba de salir mi vecina de arriba.
 
DESPEDIDA
Eramos como las llamas de un fuego voraz, intenso, en una noche fría. En un rincón , mirando el mundo con ojos temerosos y a la vez esperanzados nos abrazábamos . Sin saber apenas nada de nosotros nos mirábamos ingenuamente y arreglábamos el mundo delante de un café viendo disolverse el azúcar.

¿Sabes? Siempre que te recuerdo aparece la imagen de una cafetería, una mesa, una conversación , unas manos juntas que creíamos inseparables. Pero el río de la vida nos ha llevado por cauces distintos y lo tendremos que aceptar porque así ha de ser, no sabemos quien lo ordena pero será trágicamente hermoso que así sea , que la vida transcurra y que tengamos otras experiencias, otras vivencias. Cosas nuevas, sin planificar, sin razonar demasiado.

Que lleguen a nosotros la belleza y el dolor, la verdad y el engaño, la alegría y la tristeza, el amor y el odio, acaso no es eso la vida.

Recordaremos aquello que tuvimos y ya no existe y por tanto mucho más bello, mirando hacia delante, aprendiendo, descubriendo, sabiendo un poco más cada dia.

Te has ido. Qué habrá sido de aquel septiembre, de aquella lluvia que nos hacía correr desde el banco a la cabina telefónica. Qué habrá sido de las viejas escaleras de mi casa, del colchón que se deshacía bajo nosotros en pequeños pedacitos de corcho. Todo aquel mundo fantástico, se lo tragó el tiempo.

No es cuestión de caer en nostálgias , ni de llorar lo bueno de un tiempo pasado. Solo se trata de detenerse, mirar hacia atrás y con una pequeña sonrisa recordar.

Creo que es ahora cuando te amo realmente...Con un cariño desinteresado, sin esperar nada. Es una delicia quererte con esta calma y esta paz.

Sin intercambios afectivos, queriéndote de lejos. Después de 27 años.

 
RONDA DE DALT
El atasco a esa hora del viernes por la tarde era monumental. Iba por el carril central rodeado de furgones de reparto, camiones y coches la mayoría con solo el conductor. En un vaivén de cortas velocidades nos íbamos alternando unos coches con otros, en una pugna por saber que carril era más rápido.

Giré la vista a la izquierda y la vi dentro de su flamante todoterreno de marca alemana. Hubo un fugaz cruce de miradas habitual en estas situaciones. Suficiente para ver que era guapa, distinguida. Media melena con mechas, el maquillaje rozando la indiscreción. Su abrigo de pelo de camello sobre el asiento del acompañante. Desde mi posición su figura era previsible; un cuerpo bien moldeado por la gimnasia, el yoga y la dieta seguramente vegetariana. Reunía todo el esplendor de una mujer de treinta y pocos años de buena raza, buena familia, buena alimentación , buena educación.

En los asientos traseros una silla de niño indicaba su maternidad de no más de tres años atrás. Seguro que era una profesional de éxito, no importa si abogada, bióloga o arquitécta. Iba en dirección Besòs hacia su casa adosada del Maresme, con vistas al mar desde una pequeña colina. Su marido otro profesional de su mismo rango, probablemente se conocieron en la facultad. También guapo, elegante, con el cuerpo atlético que proporciona el gimnasio tres veces por semana.Y aún enamorado de ella. Lo sabía porque solo rozándolo con su cadera, el perfecto galán se ponía al momento. Esa era la prueba de que aún no había otra mujer que acabara con sus fuerzas.

Probablemente tenían la ocurrencia, una vez al mes, de disfrutar de una noche de hotel -dejando al niño con la canguro-para romper la posible monotonía de la cama conyugal. Tal como había leído en el Cosmopolitan de la peluquería, había que innovar en las relaciones de pareja, desinhibirse, champán francés y jugar con el morbo de ser una puta de lujo para su marido, en un hotel desconocido de una ciudad cercana, con interés cultural.

En un nuevo encuentro de miradas, le hice un gesto cómplice en relación con el atasco. Asintió sonriendo levemente, por una cuestión de educación elemental, mientras en su expresión se podía leer su satisfacción de ser admirada por un desconocido.

No tiene explicación, pero sentí una absurda simpatía por ella. Deseé que siguiera con su vida feliz sin complicaciones durante muchos años. Antes de que todo lo que ahora tenía se viniera abajo.

Si saber como el atasco se deshizo, nuestros coches dejaron de estar en paralelo y desapareció para siempre.


 
LEJANO RUMOR DE MARTILLOS


Tras los cristales, unos obreros reparaban un tejado de pizarra. En la distancia parecían laboriosos insectos trabajando sobre el edificio. Giré la vista hacia el interior tras esa visión, oyendo aún el lejano rumor de martillos.

Estaba desnuda sobre la cama, diríase puesta sobre un altar. Como un oficiante devoto de una religión muy antigua, me incliné hacia ella
besando suavemente la longitud de su cuerpo y acariciándolo lentamente. Obedeciendo a la litúrgia del instinto, la situé en el borde del altar acostada de espaldas con sus piernas hacia arriba de modo que sus nalgas quedaban frente a mí enmarcando su sexo en una geometría de curvas y volúmenes deliciosos.

El ruido de las obras, traía un fondo de percusión. Una música primitiva para acompasar los movimientos de mi boca sobre su sexo. Mis labios recorrieron circularmente los alrededores mientas me impregnaba su olor. Apenas la tocaba con la lengua al principio, poco a poco fui acercándome al centro para recorrerlo en todas direcciones, hasta que se acabó la calma y me hundí en ella sin ver nada, me faltaba el sentido de la vista y solo el tacto de mi boca y su sabor me situaban en un paraíso de sensaciones orales.

Al oír sus gemidos como estertores, recobré la vista y busqué el escorzo de su cara de ojos cerrados y boca entreabierta. La vi como a una reina que gozaba de todo su poder .

Se hizo el silencio cuando a las seis, los obreros abandonaron su trabajo. Fue entonces cuando ella decidió ponerme su corona y hacerme sentir un rey.