TENDIDO DE SOL
El olor a gasolina quemada de la calle desapareció, dando paso a un fuerte olor a animal que flotaba en el ambiente al entrar en la Plaza. Bajo las gradas zumbaban enjambres de moscas gordas enloquecidas , atravesadas por los rayos de Sol inclinados que entraban punzantes por los arcos exteriores, en el calor de aquella tarde de finales de junio.
Mi piel blanca de nórdica ardía bajo la luz cruel del tendido de sol. Mi novio me instruía:
Para entender lo que vas a ver a continuación tienes que empezar por llenar tu cuerpo de este calor del sur insoportable para ti. El calor te excitará, te incomodará. Aumentará tu tensión y solo en ese estado empezarás a comprender la tragedia que enseguida se representará ante tus inocentes ojos de guiri.
Entre divertida y nerviosa, esperaba los acontecimientos mientras observaba como se iban llenando los tendidos poco a poco de un público variopinto con algunos personajes como traídos de un tiempo pasado. Unos viejos eternos, los entendidos de la Fiesta, que puro en mano se disponían una tarde más a juzgar las faenas severamente.
Sobre la puerta de toriles un mayoral con traje corto campero y sombrero cordobés, enjuto y duro, de tez quemada por toda una vida bajo el Sol, apoyaba su mano sarmentosa sobre la baranda, esperando la actuación lucida de los toros que cinco años atrás vio nacer.
Aparecieron de pronto las cuadrillas en tres grupos con los toreros al frente dirigiéndose a la presidencia a saludar. Se impuso un silencio reverencial cuando salió a la plaza el primer toro, desafiante, poderoso y ya solo se oía el galope de la bestia y sus furiosas cornadas que astillaban las viejas maderas repintadas de rojo de los burladeros. Tras la barrera los toreros evaluaban al animal mordiendo los capotes y en el ruedo un solo hombre recibiendo con media docena de pases encadenados que jaleó el público.
En un lateral del tendido de sombra un brillo dorado de metales agrupaba la banda de música que anunció el tercio de varas. Salieron los caballos y empezó el castigo y la sangre. Olvidé los colores verdes y grises, húmedos y melancólicos de Irlanda y me llené de amarillo albero, rojo y negro. Empezó a invadirme un arrebato de calor.
El tercio de banderillas enfureció al toro que se dolía dando cabezadas al aire. Comenzó la faena de muleta con muy buen estilo a juzgar por los olés del público que pedía música. La banda comenzó con El gato montés (Me apuntó mi novio). Envuelta en aquel espectáculo primigenio de sangre, dolor, peligro y música sentí un estremecimiento en mi vientre.
En un desafortunado pase de pecho el torero fue volteado y golpeado varias veces por el astado con resultado de un puntazo que no le impidió seguir con la faena. Inexplicablemente me sentí mojada. Con un valor enloquecido el diestro aún arriesgaba más. El público le correspondía con aplausos, olés y volvió a sonar la banda.
Cubría mi regazo con una chaquetilla ligera que me ayudó a disimular cuando empecé a tocarme. Me caían gotas de sudor de las axilas resbalando por mis costados hasta la cintura. Seguí frotándome y con mi mano izquierda agarré el brazo de mi novio que me miraba de reojo sin decirme nada.
Llegó el tercio de muerte. Creí ver como el torero me sonreía instantes antes de entrar a matar. Absorta en mi paroxismo clavé mis uñas en el brazo de mi novio hasta hacerle sangrar y me corrí en el instante en que la espada entró hasta el puño. De pronto oí el clamor de la grada y una gran agitación de pañuelos blancos que pedían la oreja mientras sentía las últimas contracciones. Tras un breve descanso, lamí las heridas de su brazo mientras me decía dulcemente: Hoy te ha salido toda tu pasión irlandesa...
Mi piel blanca de nórdica ardía bajo la luz cruel del tendido de sol. Mi novio me instruía:
Para entender lo que vas a ver a continuación tienes que empezar por llenar tu cuerpo de este calor del sur insoportable para ti. El calor te excitará, te incomodará. Aumentará tu tensión y solo en ese estado empezarás a comprender la tragedia que enseguida se representará ante tus inocentes ojos de guiri.
Entre divertida y nerviosa, esperaba los acontecimientos mientras observaba como se iban llenando los tendidos poco a poco de un público variopinto con algunos personajes como traídos de un tiempo pasado. Unos viejos eternos, los entendidos de la Fiesta, que puro en mano se disponían una tarde más a juzgar las faenas severamente.
Sobre la puerta de toriles un mayoral con traje corto campero y sombrero cordobés, enjuto y duro, de tez quemada por toda una vida bajo el Sol, apoyaba su mano sarmentosa sobre la baranda, esperando la actuación lucida de los toros que cinco años atrás vio nacer.
Aparecieron de pronto las cuadrillas en tres grupos con los toreros al frente dirigiéndose a la presidencia a saludar. Se impuso un silencio reverencial cuando salió a la plaza el primer toro, desafiante, poderoso y ya solo se oía el galope de la bestia y sus furiosas cornadas que astillaban las viejas maderas repintadas de rojo de los burladeros. Tras la barrera los toreros evaluaban al animal mordiendo los capotes y en el ruedo un solo hombre recibiendo con media docena de pases encadenados que jaleó el público.
En un lateral del tendido de sombra un brillo dorado de metales agrupaba la banda de música que anunció el tercio de varas. Salieron los caballos y empezó el castigo y la sangre. Olvidé los colores verdes y grises, húmedos y melancólicos de Irlanda y me llené de amarillo albero, rojo y negro. Empezó a invadirme un arrebato de calor.
El tercio de banderillas enfureció al toro que se dolía dando cabezadas al aire. Comenzó la faena de muleta con muy buen estilo a juzgar por los olés del público que pedía música. La banda comenzó con El gato montés (Me apuntó mi novio). Envuelta en aquel espectáculo primigenio de sangre, dolor, peligro y música sentí un estremecimiento en mi vientre.
En un desafortunado pase de pecho el torero fue volteado y golpeado varias veces por el astado con resultado de un puntazo que no le impidió seguir con la faena. Inexplicablemente me sentí mojada. Con un valor enloquecido el diestro aún arriesgaba más. El público le correspondía con aplausos, olés y volvió a sonar la banda.
Cubría mi regazo con una chaquetilla ligera que me ayudó a disimular cuando empecé a tocarme. Me caían gotas de sudor de las axilas resbalando por mis costados hasta la cintura. Seguí frotándome y con mi mano izquierda agarré el brazo de mi novio que me miraba de reojo sin decirme nada.
Llegó el tercio de muerte. Creí ver como el torero me sonreía instantes antes de entrar a matar. Absorta en mi paroxismo clavé mis uñas en el brazo de mi novio hasta hacerle sangrar y me corrí en el instante en que la espada entró hasta el puño. De pronto oí el clamor de la grada y una gran agitación de pañuelos blancos que pedían la oreja mientras sentía las últimas contracciones. Tras un breve descanso, lamí las heridas de su brazo mientras me decía dulcemente: Hoy te ha salido toda tu pasión irlandesa...
CONFESSIONS PARTY
El anticuario me llamó la semana pasada. Por fin le había llegado aquella pieza única, un mueble muy especial, prodigio de la ebanistería. Ilustraban el fróntis bajorelieves de Santos, coronados por una cruz de marquetería. Estaba compuesto por cinco clases de maderas nobles con predominio de la caoba. Tenía un asiento interior tapizado de terciopelo carmesí y el reclinatorio del mismo género, desgastado por el uso en otro tiempo. Tendría aproximadamente unos 300 años.
Me dispuse a elegir una ubicación adecuada en una sala preservada de la luz diurna, puesto que era imprescindible situarlo en penumbra, tan solo iluminado por una tenue luz indirecta o mediante candelabros. Tuve que encargar la confección de una cortinilla de tela negra que sustituyera la original apolillada por el tiempo.
Pasados unos días todo estaba dispuesto. Decoré la sala en consecuencia para acoger aquel mueble singular. Recorrí las pocas tiendas que aún quedan de ornamentos religiosos y me hice con diversos objetos de culto. De manera que mi sala ofrecía un aspecto muy parecido a una capilla doméstica como las que tenían en sus casas las antiguas buenas familias.
Conseguí una indumentaria sacerdotal con profusión de estolas y casullas de diferentes colores para las distintas épocas del año y demás parafernalia litúrgica. Por último quemé incienso en abundancia hasta crear una niebla densa y quieta que parecía mantenerse durante días en aquella estancia cerrada.
Telefoneé a Teresa. Le pedí que viniera cuanto antes para ver mi nueva adquisición y que se vistiera de viuda siciliana.
Oí como entraba en casa mientras la esperaba dentro del venerable mueble. Guiada por el fuerte olor a incienso pronto llegó a mi capilla y tras un instante de sorpresa e incertidumbre enseguida adivinó donde me hallaba y se arrodilló en el reclinatorio. La veía a mi derecha a pocos centímetros de mis ojos a través de la celosía con su velo negro y su cara pálida desdibujada por la penumbra.
Adoptó una actitud devota y comenzó a contarme todos sus pecados en voz baja; pecados de soberbia, de vanidad, pecados contra el sexto mandamiento, pecados contra ella misma...Mientras yo meditaba sobre la penitencia severa que le debía infligir para inaugurar como Dios manda mi magnífico Confesionario.
CONCILIACION DE HORARIOS
Admiraba su piel de porcelana. Deslizaba muy despacio mis dedos incrédulos por su cuerpo fascinado de nuevo por la suavidad y el tacto de una piel puramente femenina. Mis manos reconocían las diferentes temperaturas de su cuerpo según las zonas; calor en los pechos y el vientre, tibieza en los brazos y la espalda, algo más frías las nalgas.
Se había colocado de rodillas sobre un extremo de la cama y apoyados la cabeza y los hombros sobre el colchón. De manera que podía ver desde atrás la rotundidad esférica de sus nalgas perdiéndose en una cintura irrealmente estrecha que podía abarcarse con una sola mano.
Por una bendición estética de la naturaleza carecía de vello-sin recurrir para ello a la depilación- ni siquiera en brazos y piernas. Excepto el pelo púbico.
Bajé por detrás hasta situar mi mirada al nivel de su coño (Comprendí en ese momento la intensidad de ese vocablo en nuestro idioma. Palabra dura, severa, curiosamente de género masculino...Coño). Contrastaba la finura de sus nalgas con la maraña de pelos húmedos, de animal salvaje, como de una hembra de licántropo.
Entré fácilmente en aquel centro de calor, húmedo, rugoso y rosado. Al principio en un vaivén lento que poco a poco iba acelerándose. La maquinaria del placer de mi cuerpo funcionaba según lo previsto, la excitación iba en aumento, hasta que de repente se disparó en mi cerebro un extraño interruptor que me alejó al instante de la acción y pasé a observar aquel acto como un espectador ajeno. Como si no tocara cumplir el deseo en ese momento.
Libre de la emoción del protagonista, seguí arremetiendo fríamente cada vez con más fuerza durante largos minutos, hasta que por fin ella llegó al orgasmo. Conté más de diez contracciones como de un anillo que se abría y cerraba en la base de mi miembro.
Nos tumbamos a descansar. Mientras mantenía mi erección, Teresa, sorprendida por mi anorgásmia me preguntaba al respecto. Le conté que el jueves anterior por la tarde tuve un deseo repentino, inexplicable y urgente de follar con ella, mientras yo estaba en la oficina.
Se echó a reír. “Qué curioso. Esa misma tarde del jueves que dices, al llegar a mi casa me tumbé en el sofá, encendí la tele y mientras miraba los anuncios de coches y detergentes, sin venir a cuento, empecé a masturbarme al imaginar como dos hombres me hacían toda clase de locuras rodeada de mis compañeras de oficina que me miraban con el mayor asco y desprecio, diciéndome: Que puta...”
Estallé en un orgasmo increíble.
Se había colocado de rodillas sobre un extremo de la cama y apoyados la cabeza y los hombros sobre el colchón. De manera que podía ver desde atrás la rotundidad esférica de sus nalgas perdiéndose en una cintura irrealmente estrecha que podía abarcarse con una sola mano.
Por una bendición estética de la naturaleza carecía de vello-sin recurrir para ello a la depilación- ni siquiera en brazos y piernas. Excepto el pelo púbico.
Bajé por detrás hasta situar mi mirada al nivel de su coño (Comprendí en ese momento la intensidad de ese vocablo en nuestro idioma. Palabra dura, severa, curiosamente de género masculino...Coño). Contrastaba la finura de sus nalgas con la maraña de pelos húmedos, de animal salvaje, como de una hembra de licántropo.
Entré fácilmente en aquel centro de calor, húmedo, rugoso y rosado. Al principio en un vaivén lento que poco a poco iba acelerándose. La maquinaria del placer de mi cuerpo funcionaba según lo previsto, la excitación iba en aumento, hasta que de repente se disparó en mi cerebro un extraño interruptor que me alejó al instante de la acción y pasé a observar aquel acto como un espectador ajeno. Como si no tocara cumplir el deseo en ese momento.
Libre de la emoción del protagonista, seguí arremetiendo fríamente cada vez con más fuerza durante largos minutos, hasta que por fin ella llegó al orgasmo. Conté más de diez contracciones como de un anillo que se abría y cerraba en la base de mi miembro.
Nos tumbamos a descansar. Mientras mantenía mi erección, Teresa, sorprendida por mi anorgásmia me preguntaba al respecto. Le conté que el jueves anterior por la tarde tuve un deseo repentino, inexplicable y urgente de follar con ella, mientras yo estaba en la oficina.
Se echó a reír. “Qué curioso. Esa misma tarde del jueves que dices, al llegar a mi casa me tumbé en el sofá, encendí la tele y mientras miraba los anuncios de coches y detergentes, sin venir a cuento, empecé a masturbarme al imaginar como dos hombres me hacían toda clase de locuras rodeada de mis compañeras de oficina que me miraban con el mayor asco y desprecio, diciéndome: Que puta...”
Estallé en un orgasmo increíble.





