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Ojos de perro azul
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EL CIGARRILLO DE LAS 11
Tenemos las manos ocupadas con un café de máquina y el cigarrillo prohibido que hay que fumar fuera de la oficina, en un rincón del patio de la fábrica.

Hoy hemos coincidido a la misma hora como algún otro día. Como otras veces, la conversación versa sobre temas de trabajo, banalidades, algún comentario irónico, un poco de humor... Para prolongar el tiempo encendemos el siguiente pitillo con la punta del anterior.

En esos escasos diez minutos, mientras nuestra charla convencional fluye con palabras que parecen pronunciadas por otros, nos miramos por detrás de los ojos. Entonces una tensión metálica nos envuelve y se palpa el deseo soterrado por caer en un abrazo ciego, loco, como fuera del mundo. Quisiéramos desaparecer unos instantes de la realidad, olvidar a los demás, ignorar las consecuencias y entregarnos como seres únicos a una pasión primitiva de salivas mezcladas y dedos que atenazan. Con una demencia de condenados a muerte.

El timbre del móvil irrumpe como una alarma apocalíptica.
“Tienes una llamada urgente del Director Comercial”
 
CHOCOLATES
En casa tengo desde hace muchos años la misma marca de chocolate negro 52% de cacao (Lindt, para los curiosos). Para mí es el mejor que se puede obtener en un super, dejo aparte las especialidades sublimes de ciertas pastelerías. Eso lo dejo para ocasiones especiales.

Lo mastico lentamente y enseguida su textura suave se deshace en mí boca, transmitiendo directamente al cerebro el intenso sabor mezcla de dulce y amargo del cacao, llenando de inmediato algún centro sensorial del gusto que tengo guardado en mi cabeza. Una vez deshecho se extiende por toda mi boca como un baño de placer oleaginoso. En esos instantes todo lo demás desaparece.

Un día que iba a comprar el pan, tras el mostrador vi de nuevo las pastillas de chocolate de una marca desconocida. El envoltorio anunciaba en letra inglesa “Chocolate Negro” sobre fondo blanco con un dibujo a pluma. El diseño evocaba una manufactura artesanal. Durante mucho tiempo me resistí a comprar una, pero esta vez caí y la pedí.

Al llegar a casa, aún con las llaves en la mano, deshice con rapidez el envoltorio y mordí un extremo de la pastilla como un colegial que se oculta para hacer una travesura.
Tal como ya imaginaba de antemano ni la textura ni el sabor estaban a la altura del inefable Lindt. Pero yo había saciado mi curiosidad y había sido un poco infiel a mi chocolate de siempre.

Guardé la pastilla junto a la otra, en una lata que tengo a tal efecto (para que no entren las hormigas).

Después de ese día, cada vez que tengo ganas de comer un poco de chocolate, abro la lata y ante la visión de las dos pastillas, inexplicablemente mi mano extrae la marca desconocida y artesana, a pesar de conocer su textura terrosa y su sabor algo tosco y lo muerdo, dejando de lado al insuperable Lindt. Hace más de una semana que lo ignoro a favor del otro que ya se está acabando. Creo que la única explicación es que es diferente, aunque sea peor.

Mañana volveré a comprar el pan.



 
DESAYUNO EN LA CAMA
-Qué tal tu fin de semana?
-Bueno bien, estuve con Carlos sábado y domingo.
-No te veo muy entusiasmada.
Tenía los ojos casi llorosos mientras removía el azúcar del fondo del café.
-Y qué tal fue todo?
-El sábado fuimos al cine, luego a cenar a mi casa.Ya le dejo entrar otra vez en mi casa.
-Creía que lo tenías castigado todavía.
-Ya, pero estar toda la noche por ahí sale muy caro. Así que cena en casa, unos canutos y a dormir.
-Bueno y qué te pasa que pareces tan triste.
Ojos ahora plenamente llorosos, voz algo quebrada y respiración acelerada.
-Me fui a dormir a mi cama, Carlos se quedó en la otra habitación. Por la mañana yo dormía profundamente, hasta que me despertó con la bandeja del desayuno en mi cama,
con los cereales, la mermelada, el zumo recién exprimido, el café.
-Muy bien, el sueño de cualquier mujer, no?
-Mientras yo dormía, él salió a comprar el periódico, después de desayunar, se sienta en el sofá a leerlo y a mirar la tele.
-Parecía un marido, jajaja.
-Si, como un jodido marido aburrido que ni te mira.
-Vale, no exageres...
-Mira, yo quiero a Carlos. Hay algo en él que me atrae sin remisión, no es como uno más de mis amantes. Pero cualquiera de ellos demostraría mucha más pasión. Cómo Toni que la última vez que vino a verme, cuando abrí la puerta me lo encontré con una erección en el rellano. Eso si que es sentirse deseada.
-Ya, pero no todos somos iguales. Carlos es más tranquilo, quizá ve el sexo de otra manera, no sé...
-Estoy muy preocupada, por una vez que me gusta alguien realmente, ese aspecto no funciona. Eso me decepciona mucho, todo con él es perfecto, su humor, sus atenciones, el olor de su piel...Además sé que me quiere. No sé que voy a hacer. Estoy muy mal.
-Bueno tranquilízate un poco, habla con él directamente del tema y lo aclaráis.
-Cómo voy a estar tranquila joder! Tú crees, dos días en mi casa y sólo me ha follado dos veces! Sómos una pareja joven, no?.
-Hija, qué problemas más raros tienen los hombres jóvenes hoy día.
-El próximo desayuno, nada de zumitos. Quiero que me despierte con dos huevos con chorizo, Joder!





 
LA PSICOLOGA
Era un luminoso día de mediados de julio, me acuerdo bien, en concreto un 19, lunes. A eso de la una del mediodía, me llama el jefe y me presenta sobre su mesa una carta casi sin mediar palabra. Inicio la lectura y para mi sorpresa se trataba de una carta de despido. Se adjuntaba a la carta la liquidación, lo que se llama el finiquito con su indemnización (algo menos de 3000 €) y un cheque. Todo eso lo intentaba asimilar en medio de la confusión del momento.

Cuando me veo en situaciones de extrema tensión provocadas por otros individuos, me vienen las imágenes de los héroes de Hollywood y su resolución de situaciones adversas a base de mamporros. Hubiera sido delicioso en aquel momento cegarme por la ira y destrozarle la cara a aquel desgraciado que estaba jodiendo mi vida. Pero claro, siempre acabo pensando que las consecuencias aún serían peores y que me caería todo el peso de la Ley sin ninguna duda y me condenarían a penas mucho peores que a un asesino en serie.

Para no aburrir al lector con detalles, solo diré que el despido era del todo improcedente y formaba parte de una operación empresarial para cerrar la empresa y abrir otra con otro nombre y nuevos socios que ya tenían su propio personal (Técnicas aprendidas sin duda en alguna Business School de prestigio internacional).

Por la tarde fui al abogado con la cartita a ver que me aconsejaba. El panorama era surrealista tenía dos opciones:
A) Aceptar la situación, cobrar el talón, inscribirme en la oficina de empleo para cobrar el “paro”.
B) Ir a juicio, donde podía ganar o perder y estar entre tres y seis meses sin cobrar nada. Si ganaba yo, la empresa me tendría que readmitir (Con qué ganas iba yo a volver alli...).

El letrado me aconsejó la opción A.

Contento de que la vida me sometiera a esa difícil prueba, ardía en deseos de luchar y demostrar al mundo mis habilidades en la resolución de conflictos. De manera que la primera prueba se me presentaba aquel mismo día por la tarde cuando al llegar a casa comuniqué la noticia a mi mujer y a mi hijo con la voz alta y clara: “Me han despedido!”.(Miradas de estupor y preocupación). Pero no os preocupéis encontraré trabajo enseguida ya que tengo la interesante edad de 49 años llenos de experiéncia y saber hacer.

Una extraña confianza en mi mismo, me empujaba hacia adelante. A la mañana siguiente visité la Oficina de Empleo. Allí me entrevistaron unos amables funcionarios que me solicitaron un curriculum y rellenar una serie de papeles. Preocupados por mi destino, trataban de orientarme y tranquilizarme. Uno de ellos al observar mi “caso terminal” me ofreció la posibilidad de ir una vez por semana a ver a un psicólogo (Es una profesión...) que visitaba en la sede de un sindicato.( Si no asistía a esas sesiones, me quitaban el subsidio de desempleo). Accedí con alegría a su propuesta. El primer día de visita me encontré con una psicóloga de extrema juventud, tal vez yo era su primer paciente. Me sentí muy reconfortado con sus consejos, pues me trataba como a un hijo minusválido. Ante su pregunta al final de la sesión:

“Tú te ves capaz de encontrar trabajo?”, le respondí:

“ No solo estoy seguro, sino que antes de un mes ya estaré de nuevo en activo, pues no hay mayor motivación que la necesidad. Estamos hablando de mi supervivencia”

Noté su expresión mezcla de sorpresa y escepticismo y me despedí con una amplia sonrisa , no sin antes llevarme unos ejercicios que me dio para hacer en casa. La semana siguiente tenía que presentarle un impecable y bien redactado curriculum coronado por mi mejor foto de carnet.

Entretanto, con una presencia de ánimo que rayaba en la euforia, me entregué al estimulante ejercicio de buscar trabajo. Era el campeón de la búsqueda en los anuncios de demandas de los periódicos, de los portales de trabajo en internet y de todos los posibles contactos que conocía. Cientos de mis curriculums circulaban por las oficinas de correos y por los circuitos electrónicos de la red. Iba todo el día de aquí para allá realizando decenas de entrevistas con mi mejor traje. Cuando me interrogaban acerca de cómo habia llegado a mi condición de parado, les explicaba con naturalidad mi despido, fruto de la lógica empresarial dejando en muy alto lugar la decisión de la compañía, consecuencia de una necesaria reestructuración de recursos humanos (¿?). No conviene criticar a otras empresas durante las entrevistas, si en cambio mostrarse afín a los intereses empresariales. Vendí mis “cualidades” lo mejor que pude, desplegando unas dotes de actor desconocidas por mi hasta ese momento, consiguiendo convencer a mis entrevistadores.

En la cuarta visita a mi novicia psicóloga , la abracé nada más entrar. Ella, extrañada por mis efusiones me preguntó qué me ocurría . Le dije que gracias a sus consejos ya tenía trabajo y que sin su ayuda seguramente me encontraría ahora vagando por las calles en horario laboral , sentándome en los bancos de las plazas a tomar el sol con esa vergüenza huidiza de los parados. Noté un brillo de agradecimiento en sus ojos y su satisfacción por el deber cumplido. En aquel momento se desmoronó su arquitectura profesional y me felicitó con toda su sinceridad de animal joven.

Me alejé de allí con la dicha de haber hecho mi buena obra del día.

 
ACTO PIADOSO
Me despedí de mi padre como cada mañana cuando se iba al trabajo. Aquel mismo día por la tarde ingresó por su propio pié en el hospital. Cuando entraba en urgencias ya sobre la camilla, las últimas palabras que me dijo se referían al detalle de que llevaba puestas las lentillas y que los médicos lo tuvieran en cuenta.

A medianoche una doctora nos comunicó a mi madre y a mí que no habían podido evitar su muerte por infarto. No asistimos a sus últimos minutos de vida, la tecnología médica en su protocolo desplaza a los seres queridos del moribundo y éste no tiene ni siquiera la posibilidad de despedirse de los suyos, muere solo mientras tras la puerta quedan los familiares más allegados en una incertidumbre mezcla de miedo y esperanza, hasta que esa puerta se abre y una desconocida con bata blanca te dice que todo se acabó y el mundo se derrumba.

Primero aparece el dolor, el zarpazo de una realidad cruel para la que no nos han educado-nos hacen creer que la vida es eterna-. Después en tan solo unos instantes el hacerse a la idea de la nueva situación que no tiene retorno. El llanto horrible de mi madre y su desconsuelo absoluto.

Todo lo que vino después, se mezcla como en una pesadilla confusa: velatorio, entierro, (recuerdo que llovía), familiares y amigos que nos dieron sus condolencias y la cara de mi madre envejecida de la noche a la mañana, semioculta tras unas gafas negras.

Entonces yo tenía veinte años y mi juventud no estaba preparada para asimilar la muerte repentina de mi padre y el dolor sin consuelo de mi madre. Solo pensaba que el tiempo iría amortiguando la tragedia de aquellos días.

Pasaron unos meses y aún no habíamos tocado nada de sus cosas personales. Una tarde que me encontraba solo en casa, abrí los cajones de su mesilla de noche y revolví diversos objetos transportado por la tristeza, billetes de metro, un encendedor y un paquete de Ducados casi lleno, bolígrafos, un libro, un bloc de notas. En el último cajón bajo unos papeles encontré un librito con título en francés. Era un libro pornográfico con fotografías en blanco y negro. Aquellas imágenes de un erotismo arcaico y casi inocente, ahora harían reír a cualquier adolescente.

Me alegré de haberlo encontrado yo y no mi madre (Nunca sabré si ella conocía su existencia) y me dispuse a ocultarlo dentro de un sobre, en un acto piadoso para salvar un honor póstumo.

Recorrí varias calles hasta cambiar de barrio tiré el sobre a una papelera y en aquel instante con un nudo en la garganta volví a despedirme de mi padre con un guiño de simpatía y complicidad como nunca tuve con él en vida.




 
HISTORIA VERIDICA
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se han roto.

Ahora este señor se siente profundamente agradecido y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere enseguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.

Júlio Cortázar.