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BREVE ENCUENTRO
-Mira, son Juanjo y Elisa, deben estar buscando un restaurante. Qué tal si comemos con ellos?.
A Pedro le pareció bien. Son una pareja agradable, hablan mucho, con ellos casi no tienes que esforzarte buscando temas de conversación y más ahora después de vacaciones, seguro que nos cuentan su viaje.

Coincidimos dentro del local, había suficientes mesas para cuatro. Después de saludarnos nos sentamos y empezaron a hablar de su viaje.
Pedro y yo permanecíamos casi en silencio ante el torrente a dúo de explicaciones y anécdotas. Me molestó que pidieran cubitos de hielo para echar en sus copas de vino blanco.

Sus palabras eran un fondo sonoro para mi imaginación. Reconocí las calles, las plazas, los puentes, las terrazas en cada esquina con veladores minúsculos, el cielo nublado y la luz de plata de París.

Pedro también habló de nuestras vacaciones, aprovechando los pocos espacios que ellos dejaban al silencio. Yo no tenía ganas de intervenir. Una súbita nostalgia me humedeció los ojos y disimulé retocándome el maquillaje, mientras imaginé el viaje a París que tú y yo nunca hicimos.

Te vi frente a mí en el vagón restaurante del Talgo con tu extraña sensación de cenar sobre aquella mesa tintineante. El compartimento para dos con literas, tan estrecho y al que tal vez le faltaba una pantalla de televisión para distraer la claustrofobia. La llegada a Austerlitz, tú con el mapa del metro en la mano. El hotel donde el recepcionista políglota nos daría una habitación con vistas sobre el boulevard St. Germain. Las ganas de descubrir la ciudad, las caras de la gente, las tiendas de una belleza desconocida. Viviendo en una nube, holgando sin obligaciones. Un tiempo solo para el placer, que nunca vivimos juntos.

Tomamos el café en la barra para poder fumar. Juanjo y Pedro derivaron la conversación a temas deportivos. Elisa y yo hablamos de los niños y las rebajas.

Después de tanto tiempo, tuve el deseo de volver a verte y charlar separados por una mesa. Volver a tener de nuevo nuestro breve encuentro.



 
MUNDO "LUDICO"
Iba paseando con un amigo y casualmente nos encontramos con el alcalde. Me lo presentó, siempre va bien conocer de cerca de la autoridad. Estuvimos hablando unos minutos y el alcalde insistió en que visitara el nuevo centro cívico de la población, para ello me tendió una invitación para la primera exposición artística que inauguraría el centro.

Llegó la fecha indicada y me presenté en la exposición. El nuevo centro cívico podría calificarse de fastuoso teniendo en cuenta las dimensiones del pueblo. Me puse a calcular mentalmente el coste en millones de euros y su repercusión en mi bolsillo.

El nombre de la artista me sonaba y efectivamente comprobé que se trataba de una de mis vecinas de la urbanización que daba clases en su casa de macramé y otras artes textiles por el estilo.

El evento parecía tener éxito, la concurrencia admiraba las obras que colgaban de las paredes, una veintena de esos gurruños de hilos de lana de distintos colores llenos de nudos y sujetos a una vara de madera. Estas obras tienen un nombre lúdico que ahora no recuerdo. Todo parecía tener un aire étnico que ahora tanto se lleva.

Los invitados felicitaban efusivamente a la autora mi vecina, exaltando su gran sensibilidad y dotes artísticas. En un rincón de la sala coincidimos y me invitó a una copa de cava que para mi sorpresa me ofrecieron dos chinitas preciosas con sus caritas como infladas por la alimentación occidental. Y estas chinitas? Dije. Son mis nietas. No sabia que tuvieras nietas chinitas. Si, tu no las habías visto porque viven en Barcelona con sus padres. Mi hija las adoptó. Pero tu no tenías ya un nieto, perdona la palabra...biológico? Si pero después vinieron las chinitas, míralas que monada.

Creí estar dentro del anuncio de El Corte Inglés de la vuelta al cole. Donde aparecía una chinita vestida de colegiala. Anuncio que no comprendí en su momento, como si en España hubieran más niñas chinas que europeas...

Pues mi otro hijo ha ido a Zimbawue a por un negrito. Pobrecillos me han dicho que cuando vienen aquí hay que llevarlos enseguida a un psicólogo para que superen el choque de culturas y su singularidad racial. Claro, claro... un psicólogo , le dije.

Afortunadamente otros invitados se la llevaron conversando sobre la calidad de los tapices expuestos. La vi alejarse, su larga melena de canas le cubría media espalda tapando los andrajos de diseño lúdico que formaban su vestuario.

Probé un sorbo de cava caliente y me dirigí a la salida. Había un cartel anunciando los actos futuros del centro: Taller de percusión corporal, Taller de danza del vientre. Taller de música africana. Charlas de introducción al Islam. Tai-chi. Taller de pintura japonesa. Taller de Risoterápia. Taller de Aromaterápia y un sinfín de disciplinas incomprensibles.

El frescor de la calle alivió mi mareo. Me dirigí a casa como un zombi mientras comprendía que yo ya estaba fuera de este mundo.
 
ALEGRIA DEL CONSUMIDOR
Veía sus rostros agazapados tras las filas de producto con expresión ansiosa por saber por cual de ellos me decidiría. Jugaba un poco con sus sentimientos mostrándome indeciso en mi elección y a veces en el colmo de mi maldad, me alejaba de allí sin coger ninguno. De reojo veía sus caras decepcionadas, hasta compungidas. (Era el equipo de profesionales esforzados en proporcionarme esa enorme diversidad de productos; la directora de marketing, el jefe de producto, los que investigan en el laboratorio, el director de distribución y tantos otros empeñados en procurarme felicidad. Estaba profundamente agradecido a todos ellos).

Pero más tarde volvía y de nuevo la expectación y la ilusión por la venta los iluminaba. Entonces llenaba mi carro con un ejemplar de cada gama, solo por verlos felices; Yogur original, desnatado, con sabor a frutas, con trocitos de fruta, Vitalinea, Activia y demás variantes que no puedo recordar Una vez en casa no daba abasto para consumir tales cantidades. De manera que me llevaba casi todo aquel material a la oficina y lo regalaba a mis compañeras.

Era fácil localizarlas en aquella extensión de mesas, solo tenía que fijarme en las botellas de agua mineral de litro y medio que emergían de sus escritorios como balizas que indicaban la presencia femenina. Con alegría repartía todos los yogures por supuesto desnatados, entre todas ellas. Calculaba la hora crítica de su consumo, aproximadamente a las doce del mediodía y me movía feliz entre ellas, recibiendo su sincero agradecimiento.

Por la noche frente al televisor, con el mando del video preparado y mi bloc de notas, esperaba el corte publicitario no para salir huyendo hacia la cocina o el baño como hace todo el mundo, sino para documentarme de las novedades de consumo, los nuevos productos, de alimentación (tal vez una nueva creación dentro del mundo de los derivados lácteos), de higiene personal, de limpieza del hogar, etc.

Por la mañana de nuevo en la oficina, a la hora del café comentaba animadamente con mis compañeras las virtudes de tantos y tantos productos que todos consumíamos. Debo admitir que a pesar de mis esfuerzos por estar al corriente de todo, siempre me sorprendía alguna chica que en aquel momento se tomaba alguna variante de yogur liquido con propiedades anticolesterol que yo desconocía. En ese caso me apresuraba a anotar la referencia del producto para engrosar mi archivo personal, no sin antes felicitarla por sus dotes descubridoras.

A dos de las chicas que tenía más confianza, les conté lo de las caritas de los profesionales responsables que se ocultaban tras los productos. Con gran alegría ellas me confesaron lo mismo pero en su caso las veían en las estanterías de los productos de belleza e higiene intima. Establecimos una gran complicidad a partir de aquel momento y como no podía ser de otra manera quedamos que a partir de entonces iríamos de compras los tres todos los sábados por la tarde.

Fue el inicio de una gran amistad. Comprábamos los tres juntos, nos aconsejábamos sobre este o aquel producto, nuestra curiosidad por las novedades lesionaba nuestra economía pero que diablos! nos lo pasábamos tan bien ...A veces por alargar un poco más nuestra mutua compañía entrábamos en el multicine del Centro Comercial o íbamos a tomar algo a la cafetería.

Nuestra afición por los Centros Comerciales, se fue multiplicando. Ya no nos conformábamos con ir al de siempre, sino que nos gustaba explorar y acabamos visitando todos los que rodeaban la ciudad. Elaboramos un estudio de precios comparativos de todos ellos, así como de disponibilidad de productos. Llegamos a ser verdaderos expertos. Los directivos de todos los Centros ya nos conocían y nos ofrecían toda clase de descuentos y ventajosas tarjetas-cliente. Nos consultaban sobre la ubicación correcta de los productos y escuchaban nuestras opiniones sin dejar de tomar notas.

Así transcurrían aquellas tardes memorables y felices que ahora recuerdo con nostalgia.
Naturalmente nuestra economía quedó herida de muerte. Agotamos el crédito de todas las tarjetas-cliente. Hace unos días que los guardias jurados nos prohibieron la entrada.

Sumidos en una profunda depresión, hemos decidido que la vida sin compras no tiene sentido. Hoy nos hemos tomado los tres de la mano, en silencio. De esta forma nos infundimos el valor necesario para inmolarnos el próximo sábado en IKEA.