FIN DE BLOG
Se acaba un año largo de vida de este blog. Durante este tiempo y gracias a este nuevo medio de comunicación personal una especie de magia me ha ido acompañando. Las primeras visitas y comentarios-sobre todo una primera visita muy especial-.El descubrimiento de otros blogs, otras sensibilidades y la selección hasta quedarme con los que más me gustan.
El intercambio de comentarios, opiniones o vivencias, normalmente mucho más rico que en la vida real (¿aunque...ésta, no es también real?). Esa fuerza que te lleva hasta la pantalla, a ver las actualizaciones de los demás y el fastidio cuando alguien aún no lo han hecho...Que os voy a contar que no sepais, si estamos todos en lo mismo.
A todos/as los que me habeis visitado y comentado os considero amigos/as. Cálidos como amigos invisibles y sobre todo cómplices en esta soledad última en la que todos nos encontramos.
A todos muchas gracias y hasta siempre.
El intercambio de comentarios, opiniones o vivencias, normalmente mucho más rico que en la vida real (¿aunque...ésta, no es también real?). Esa fuerza que te lleva hasta la pantalla, a ver las actualizaciones de los demás y el fastidio cuando alguien aún no lo han hecho...Que os voy a contar que no sepais, si estamos todos en lo mismo.
A todos/as los que me habeis visitado y comentado os considero amigos/as. Cálidos como amigos invisibles y sobre todo cómplices en esta soledad última en la que todos nos encontramos.
A todos muchas gracias y hasta siempre.
ASIENTOS RESERVADOS
Cuando oigo llegar el metro, me coloco sinuosamente en la primera fila del andén sorteando a la muchedumbre. En ese lugar incierto que siempre me hace pensar en los suicidas. Estoy a un palmo del borde, expuesto a cualquier empujón inesperado cuando el tren está ya a pocos metros. Pero si quieres conseguir un asiento hay que arriesgar. Hay que competir con decenas de chaparritos, inexplicablemente rápidos a la hora de encontrar asiento, cuando tan lentos resultan para otros menesteres.
Aún no acaban de salir del vagón los pasajeros cuando me introduzco a sangre y fuego. Soy una décima de segundo más rápido que un joven que ya se lanzaba a sentarse. Calculé bien la estrategia; primero agarré la barra central con la mano derecha y aprovechando la inercia de mi cuerpo, he girado en seco 90 grados, cortándole el paso al muchacho al tiempo que mi culo cae a plomo sobre el asiento. Momento de satisfacción, el chaval tiene que disimular su trayectoria quedándose de pié dos metros más allá.
El metro ya llega a la próxima estación y empiezo a pensar en lo inevitable... Efectivamente, se abren las puertas y entra un viejo con bastón situándose muy cerca de mí. Lo observo, dudo en cederle el asiento conseguido con tanta pericia. Busco razones determinantes para ello, por ejemplo que haga cara de cansado, que tenga un aspecto desvalido, algo que mueva mi compasión. Pero no, el viejo es un chulo, lleva una chaqueta roja claveteada con pins, se mantiene erguido el muy cabrón y el bastón es de diseño.
A pesar de todo es un anciano., miro a los demás pasajeros por si veo miradas reprobatorias, a mi lado un pakistaní sentado durmiendo, creo que se ha dormido cuando lo ha visto. Delante también sentadas, dos señoras gordas a las que el propio viejo les hubiera cedido el asiento si se diera el caso. Solo un individuo candidato a levantarse, yo. Me resisto, no me cae bien el viejo, como no llevo ningún periódico para disimular leyendo, abro mi cartera y me pongo a ordenar papeles y tarjetas, por cierto hacía meses que le hacía falta una buena limpieza, la cartera abultaba tanto en mi bolsillo como una pequeña Biblia.
Ralentizo esa operación mientras las estaciones se van sucediendo, respiro, el viejo ya ha bajado en la anterior. Continua la maldición, en la próxima parada el vagón se llena de un grupo de ancianos procedentes de alguna excursión guiada. Vencido, me levanto, al instante con una agilidad impropia, una especie de abuela de la fabada, casi me tira al suelo.
Me alejo hacia la puerta apoyado en mis muletas.
Aún no acaban de salir del vagón los pasajeros cuando me introduzco a sangre y fuego. Soy una décima de segundo más rápido que un joven que ya se lanzaba a sentarse. Calculé bien la estrategia; primero agarré la barra central con la mano derecha y aprovechando la inercia de mi cuerpo, he girado en seco 90 grados, cortándole el paso al muchacho al tiempo que mi culo cae a plomo sobre el asiento. Momento de satisfacción, el chaval tiene que disimular su trayectoria quedándose de pié dos metros más allá.
El metro ya llega a la próxima estación y empiezo a pensar en lo inevitable... Efectivamente, se abren las puertas y entra un viejo con bastón situándose muy cerca de mí. Lo observo, dudo en cederle el asiento conseguido con tanta pericia. Busco razones determinantes para ello, por ejemplo que haga cara de cansado, que tenga un aspecto desvalido, algo que mueva mi compasión. Pero no, el viejo es un chulo, lleva una chaqueta roja claveteada con pins, se mantiene erguido el muy cabrón y el bastón es de diseño.
A pesar de todo es un anciano., miro a los demás pasajeros por si veo miradas reprobatorias, a mi lado un pakistaní sentado durmiendo, creo que se ha dormido cuando lo ha visto. Delante también sentadas, dos señoras gordas a las que el propio viejo les hubiera cedido el asiento si se diera el caso. Solo un individuo candidato a levantarse, yo. Me resisto, no me cae bien el viejo, como no llevo ningún periódico para disimular leyendo, abro mi cartera y me pongo a ordenar papeles y tarjetas, por cierto hacía meses que le hacía falta una buena limpieza, la cartera abultaba tanto en mi bolsillo como una pequeña Biblia.
Ralentizo esa operación mientras las estaciones se van sucediendo, respiro, el viejo ya ha bajado en la anterior. Continua la maldición, en la próxima parada el vagón se llena de un grupo de ancianos procedentes de alguna excursión guiada. Vencido, me levanto, al instante con una agilidad impropia, una especie de abuela de la fabada, casi me tira al suelo.
Me alejo hacia la puerta apoyado en mis muletas.





