RONDA DE DALT
El atasco a esa hora del viernes por la tarde era monumental. Iba por el carril central rodeado de furgones de reparto, camiones y coches la mayoría con solo el conductor. En un vaivén de cortas velocidades nos íbamos alternando unos coches con otros, en una pugna por saber que carril era más rápido.
Giré la vista a la izquierda y la vi dentro de su flamante todoterreno de marca alemana. Hubo un fugaz cruce de miradas habitual en estas situaciones. Suficiente para ver que era guapa, distinguida. Media melena con mechas, el maquillaje rozando la indiscreción. Su abrigo de pelo de camello sobre el asiento del acompañante. Desde mi posición su figura era previsible; un cuerpo bien moldeado por la gimnasia, el yoga y la dieta seguramente vegetariana. Reunía todo el esplendor de una mujer de treinta y pocos años de buena raza, buena familia, buena alimentación , buena educación.
En los asientos traseros una silla de niño indicaba su maternidad de no más de tres años atrás. Seguro que era una profesional de éxito, no importa si abogada, bióloga o arquitécta. Iba en dirección Besòs hacia su casa adosada del Maresme, con vistas al mar desde una pequeña colina. Su marido otro profesional de su mismo rango, probablemente se conocieron en la facultad. También guapo, elegante, con el cuerpo atlético que proporciona el gimnasio tres veces por semana.Y aún enamorado de ella. Lo sabía porque solo rozándolo con su cadera, el perfecto galán se ponía al momento. Esa era la prueba de que aún no había otra mujer que acabara con sus fuerzas.
Probablemente tenían la ocurrencia, una vez al mes, de disfrutar de una noche de hotel -dejando al niño con la canguro-para romper la posible monotonía de la cama conyugal. Tal como había leído en el Cosmopolitan de la peluquería, había que innovar en las relaciones de pareja, desinhibirse, champán francés y jugar con el morbo de ser una puta de lujo para su marido, en un hotel desconocido de una ciudad cercana, con interés cultural.
En un nuevo encuentro de miradas, le hice un gesto cómplice en relación con el atasco. Asintió sonriendo levemente, por una cuestión de educación elemental, mientras en su expresión se podía leer su satisfacción de ser admirada por un desconocido.
No tiene explicación, pero sentí una absurda simpatía por ella. Deseé que siguiera con su vida feliz sin complicaciones durante muchos años. Antes de que todo lo que ahora tenía se viniera abajo.
Si saber como el atasco se deshizo, nuestros coches dejaron de estar en paralelo y desapareció para siempre.
Giré la vista a la izquierda y la vi dentro de su flamante todoterreno de marca alemana. Hubo un fugaz cruce de miradas habitual en estas situaciones. Suficiente para ver que era guapa, distinguida. Media melena con mechas, el maquillaje rozando la indiscreción. Su abrigo de pelo de camello sobre el asiento del acompañante. Desde mi posición su figura era previsible; un cuerpo bien moldeado por la gimnasia, el yoga y la dieta seguramente vegetariana. Reunía todo el esplendor de una mujer de treinta y pocos años de buena raza, buena familia, buena alimentación , buena educación.
En los asientos traseros una silla de niño indicaba su maternidad de no más de tres años atrás. Seguro que era una profesional de éxito, no importa si abogada, bióloga o arquitécta. Iba en dirección Besòs hacia su casa adosada del Maresme, con vistas al mar desde una pequeña colina. Su marido otro profesional de su mismo rango, probablemente se conocieron en la facultad. También guapo, elegante, con el cuerpo atlético que proporciona el gimnasio tres veces por semana.Y aún enamorado de ella. Lo sabía porque solo rozándolo con su cadera, el perfecto galán se ponía al momento. Esa era la prueba de que aún no había otra mujer que acabara con sus fuerzas.
Probablemente tenían la ocurrencia, una vez al mes, de disfrutar de una noche de hotel -dejando al niño con la canguro-para romper la posible monotonía de la cama conyugal. Tal como había leído en el Cosmopolitan de la peluquería, había que innovar en las relaciones de pareja, desinhibirse, champán francés y jugar con el morbo de ser una puta de lujo para su marido, en un hotel desconocido de una ciudad cercana, con interés cultural.
En un nuevo encuentro de miradas, le hice un gesto cómplice en relación con el atasco. Asintió sonriendo levemente, por una cuestión de educación elemental, mientras en su expresión se podía leer su satisfacción de ser admirada por un desconocido.
No tiene explicación, pero sentí una absurda simpatía por ella. Deseé que siguiera con su vida feliz sin complicaciones durante muchos años. Antes de que todo lo que ahora tenía se viniera abajo.
Si saber como el atasco se deshizo, nuestros coches dejaron de estar en paralelo y desapareció para siempre.
Comentario:
.....ya veo lo que puede dar de sí un atasco. Voy a tener que aficionarme a ellos (con lo poco que me gustan, jeje).
Una imaginación prodigiosa la tuya... o la abandones.
Un beso...
Una imaginación prodigiosa la tuya... o la abandones.
Un beso...





