CONCILIACION DE HORARIOS
Admiraba su piel de porcelana. Deslizaba muy despacio mis dedos incrédulos por su cuerpo fascinado de nuevo por la suavidad y el tacto de una piel puramente femenina. Mis manos reconocían las diferentes temperaturas de su cuerpo según las zonas; calor en los pechos y el vientre, tibieza en los brazos y la espalda, algo más frías las nalgas.
Se había colocado de rodillas sobre un extremo de la cama y apoyados la cabeza y los hombros sobre el colchón. De manera que podía ver desde atrás la rotundidad esférica de sus nalgas perdiéndose en una cintura irrealmente estrecha que podía abarcarse con una sola mano.
Por una bendición estética de la naturaleza carecía de vello-sin recurrir para ello a la depilación- ni siquiera en brazos y piernas. Excepto el pelo púbico.
Bajé por detrás hasta situar mi mirada al nivel de su coño (Comprendí en ese momento la intensidad de ese vocablo en nuestro idioma. Palabra dura, severa, curiosamente de género masculino...Coño). Contrastaba la finura de sus nalgas con la maraña de pelos húmedos, de animal salvaje, como de una hembra de licántropo.
Entré fácilmente en aquel centro de calor, húmedo, rugoso y rosado. Al principio en un vaivén lento que poco a poco iba acelerándose. La maquinaria del placer de mi cuerpo funcionaba según lo previsto, la excitación iba en aumento, hasta que de repente se disparó en mi cerebro un extraño interruptor que me alejó al instante de la acción y pasé a observar aquel acto como un espectador ajeno. Como si no tocara cumplir el deseo en ese momento.
Libre de la emoción del protagonista, seguí arremetiendo fríamente cada vez con más fuerza durante largos minutos, hasta que por fin ella llegó al orgasmo. Conté más de diez contracciones como de un anillo que se abría y cerraba en la base de mi miembro.
Nos tumbamos a descansar. Mientras mantenía mi erección, Teresa, sorprendida por mi anorgásmia me preguntaba al respecto. Le conté que el jueves anterior por la tarde tuve un deseo repentino, inexplicable y urgente de follar con ella, mientras yo estaba en la oficina.
Se echó a reír. “Qué curioso. Esa misma tarde del jueves que dices, al llegar a mi casa me tumbé en el sofá, encendí la tele y mientras miraba los anuncios de coches y detergentes, sin venir a cuento, empecé a masturbarme al imaginar como dos hombres me hacían toda clase de locuras rodeada de mis compañeras de oficina que me miraban con el mayor asco y desprecio, diciéndome: Que puta...”
Estallé en un orgasmo increíble.
Se había colocado de rodillas sobre un extremo de la cama y apoyados la cabeza y los hombros sobre el colchón. De manera que podía ver desde atrás la rotundidad esférica de sus nalgas perdiéndose en una cintura irrealmente estrecha que podía abarcarse con una sola mano.
Por una bendición estética de la naturaleza carecía de vello-sin recurrir para ello a la depilación- ni siquiera en brazos y piernas. Excepto el pelo púbico.
Bajé por detrás hasta situar mi mirada al nivel de su coño (Comprendí en ese momento la intensidad de ese vocablo en nuestro idioma. Palabra dura, severa, curiosamente de género masculino...Coño). Contrastaba la finura de sus nalgas con la maraña de pelos húmedos, de animal salvaje, como de una hembra de licántropo.
Entré fácilmente en aquel centro de calor, húmedo, rugoso y rosado. Al principio en un vaivén lento que poco a poco iba acelerándose. La maquinaria del placer de mi cuerpo funcionaba según lo previsto, la excitación iba en aumento, hasta que de repente se disparó en mi cerebro un extraño interruptor que me alejó al instante de la acción y pasé a observar aquel acto como un espectador ajeno. Como si no tocara cumplir el deseo en ese momento.
Libre de la emoción del protagonista, seguí arremetiendo fríamente cada vez con más fuerza durante largos minutos, hasta que por fin ella llegó al orgasmo. Conté más de diez contracciones como de un anillo que se abría y cerraba en la base de mi miembro.
Nos tumbamos a descansar. Mientras mantenía mi erección, Teresa, sorprendida por mi anorgásmia me preguntaba al respecto. Le conté que el jueves anterior por la tarde tuve un deseo repentino, inexplicable y urgente de follar con ella, mientras yo estaba en la oficina.
Se echó a reír. “Qué curioso. Esa misma tarde del jueves que dices, al llegar a mi casa me tumbé en el sofá, encendí la tele y mientras miraba los anuncios de coches y detergentes, sin venir a cuento, empecé a masturbarme al imaginar como dos hombres me hacían toda clase de locuras rodeada de mis compañeras de oficina que me miraban con el mayor asco y desprecio, diciéndome: Que puta...”
Estallé en un orgasmo increíble.
Comentario:
La naturaleza nos tenía que haber premiado a todas con la suerte de Teresa, la de tiempo perdido en depilación.





