LA VENTANA DE ENFRENTE
Tengo la costumbre de inventarme nombres para la gente desconocida y la llamé Berta.
Hacía varias noches que la veía desde mi ventana. Vivo en un primer piso, procuro
evitar los ascensores. Me molestaba verla, tan sucia. Una visión de humanidad degradada, precisamente allí, frente a mi casa, dormitando dentro de aquel cajero automático, contradiciendo con su presencia mugrienta los amables anuncios publicitarios de La Caixa.
Aquella noche de viernes, me costaba dormir. Me levanté varias veces desvelado por problemas de trabajo, que con seguridad no me dejarían en paz en todo el fin de semana. Me asomé a la ventana para tranquilizarme. Berta seguía allí, sentada en el suelo con las piernas abiertas envuelta en sus harapos, agarrada al cuello de la botella mascullando un monólogo dirigido a la máquina de obtener dinero.
Tres jóvenes se acercaron al cajero. Hablaron entre ellos antes de entrar. Uno llevaba una bolsa de supermercado que parecía contener una botella grande, como de detergente de cinco litros. Irrumpieron en la pequeña sala , bajo la luz verdosa de los fluorescentes, les observé un momento. Parecían chicos de buena familia, vestían con una elegancia impersonal, como de colegio mayor.
Increparon a Berta a voces y con actitud violenta. Ella parecía conocerlos. Todos gesticulaban furiosamente, no pude oír lo que decían. En el momento que empezaron a patear a Berta con toda su fuerza de animales jóvenes cerré la ventana y apagué la luz.
Lo que siguió a continuación apareció en los medios dos días más tarde. Los ataques a indigentes son algo que sucede con frecuencia, su sola presencia parece desatar el miedo y la ira que todos llevamos dentro.
Al ver las imágenes del cajero quemado y destruido, pensé que tal vez podría haber hecho algo para evitar aquel crimen, pero preferí no intervenir, procuro evitar los conflictos y no meterme en problemas ajenos.
Sé lo que representa testificar en estos casos; la declaración, las convocatorias en un juicio interminable, gestiones todas ellas desagradables y perturbadoras.
Además a D. Gerardo no le gustarían mis ausencias al trabajo para asistir a un juicio como testigo.
Me diría: pero cómo Ud. se ha mezclado en todo eso que no le concierne hombre de Dios...D. Gerardo tendría razón, como siempre.
Probablemente la condena a los chicos sería un castigo menor conseguido por una hábil defensa con toda clase de atenuantes.
Mejor así, los muchachos tuvieron una mala noche, pero ellos son el futuro. Así pensamos todos aquella madrugada cuando vi como también se cerraban las ventanas y se apagaban las luces de mis vecinos.
Hacía varias noches que la veía desde mi ventana. Vivo en un primer piso, procuro
evitar los ascensores. Me molestaba verla, tan sucia. Una visión de humanidad degradada, precisamente allí, frente a mi casa, dormitando dentro de aquel cajero automático, contradiciendo con su presencia mugrienta los amables anuncios publicitarios de La Caixa.
Aquella noche de viernes, me costaba dormir. Me levanté varias veces desvelado por problemas de trabajo, que con seguridad no me dejarían en paz en todo el fin de semana. Me asomé a la ventana para tranquilizarme. Berta seguía allí, sentada en el suelo con las piernas abiertas envuelta en sus harapos, agarrada al cuello de la botella mascullando un monólogo dirigido a la máquina de obtener dinero.
Tres jóvenes se acercaron al cajero. Hablaron entre ellos antes de entrar. Uno llevaba una bolsa de supermercado que parecía contener una botella grande, como de detergente de cinco litros. Irrumpieron en la pequeña sala , bajo la luz verdosa de los fluorescentes, les observé un momento. Parecían chicos de buena familia, vestían con una elegancia impersonal, como de colegio mayor.
Increparon a Berta a voces y con actitud violenta. Ella parecía conocerlos. Todos gesticulaban furiosamente, no pude oír lo que decían. En el momento que empezaron a patear a Berta con toda su fuerza de animales jóvenes cerré la ventana y apagué la luz.
Lo que siguió a continuación apareció en los medios dos días más tarde. Los ataques a indigentes son algo que sucede con frecuencia, su sola presencia parece desatar el miedo y la ira que todos llevamos dentro.
Al ver las imágenes del cajero quemado y destruido, pensé que tal vez podría haber hecho algo para evitar aquel crimen, pero preferí no intervenir, procuro evitar los conflictos y no meterme en problemas ajenos.
Sé lo que representa testificar en estos casos; la declaración, las convocatorias en un juicio interminable, gestiones todas ellas desagradables y perturbadoras.
Además a D. Gerardo no le gustarían mis ausencias al trabajo para asistir a un juicio como testigo.
Me diría: pero cómo Ud. se ha mezclado en todo eso que no le concierne hombre de Dios...D. Gerardo tendría razón, como siempre.
Probablemente la condena a los chicos sería un castigo menor conseguido por una hábil defensa con toda clase de atenuantes.
Mejor así, los muchachos tuvieron una mala noche, pero ellos son el futuro. Así pensamos todos aquella madrugada cuando vi como también se cerraban las ventanas y se apagaban las luces de mis vecinos.
Comentario:
...
Yo no lo hubiera hecho... al ser mujer hubiera llamado a la policía. No les habría dicho que era una indigente, le hubiera dicho que estaban pegando a un señora, que al fin y al cabo es lo que era... pandilla de desgraciados...
A veces pienso que me gustaría ser un negro de dos metros y armario empotrado para salir sin miedo y partirles las cara a todos estos que se creen mejor que los demás... bah! prefiero no pensar, porque me pongo de una mala leche...
Un beso y gracias por pasar por mi casa. Un placer.
PD: Por cierto, no cierro el blog, lo contrario. LOlevaba una temporada siendo privado y ahora vuelve a ser público, es a lo que me refiero con "abro las ventanas".
Yo no lo hubiera hecho... al ser mujer hubiera llamado a la policía. No les habría dicho que era una indigente, le hubiera dicho que estaban pegando a un señora, que al fin y al cabo es lo que era... pandilla de desgraciados...
A veces pienso que me gustaría ser un negro de dos metros y armario empotrado para salir sin miedo y partirles las cara a todos estos que se creen mejor que los demás... bah! prefiero no pensar, porque me pongo de una mala leche...
Un beso y gracias por pasar por mi casa. Un placer.
PD: Por cierto, no cierro el blog, lo contrario. LOlevaba una temporada siendo privado y ahora vuelve a ser público, es a lo que me refiero con "abro las ventanas".
Comentario:
Querido Cronopio:
Ya he vuelto...
Ya he vuelto...
Comentario:
Según un estudio cuanta más gente haya viendo un suceso de ese tipo,menos probabilidad hay de que alguien ayude. Al parecer, siempre pensamos: otro lo hará y al final, nadie se mueve.
Es fácil abstenerse cuando piensas que otro puede hacer lo que tú no haces.
Besos
Es fácil abstenerse cuando piensas que otro puede hacer lo que tú no haces.
Besos
Comentario:
Mi caso no fue el del prota de tu historia. Yo cogí el teléfono y llamé a 112 para informar de que un tipo (presuntamente chulo) le estaba dando de leches y gritando a una tía (presuntamente puta). Lo más gracioso es que la comisaría de policía central estaba a 30 metros de distancia tanto de ellos (en la calle) como de mí (mirando a oscuras desde la ventana, a la que me asomé de madrugada cuando me despertaron los gritos). Yo no puedo quedarme quieta, me salen de golpe por los poros de mi piel toda la vena justiciera.
Besotes.
Besotes.
Comentario:
Caramba, no me digas que lo viste todo?????.
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Caramba, no me digas que lo viste todo?????.





