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Ojos de perro azul
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ASIENTOS RESERVADOS
Cuando oigo llegar el metro, me coloco sinuosamente en la primera fila del andén sorteando a la muchedumbre. En ese lugar incierto que siempre me hace pensar en los suicidas. Estoy a un palmo del borde, expuesto a cualquier empujón inesperado cuando el tren está ya a pocos metros. Pero si quieres conseguir un asiento hay que arriesgar. Hay que competir con decenas de chaparritos, inexplicablemente rápidos a la hora de encontrar asiento, cuando tan lentos resultan para otros menesteres.

Aún no acaban de salir del vagón los pasajeros cuando me introduzco a sangre y fuego. Soy una décima de segundo más rápido que un joven que ya se lanzaba a sentarse. Calculé bien la estrategia; primero agarré la barra central con la mano derecha y aprovechando la inercia de mi cuerpo, he girado en seco 90 grados, cortándole el paso al muchacho al tiempo que mi culo cae a plomo sobre el asiento. Momento de satisfacción, el chaval tiene que disimular su trayectoria quedándose de pié dos metros más allá.

El metro ya llega a la próxima estación y empiezo a pensar en lo inevitable... Efectivamente, se abren las puertas y entra un viejo con bastón situándose muy cerca de mí. Lo observo, dudo en cederle el asiento conseguido con tanta pericia. Busco razones determinantes para ello, por ejemplo que haga cara de cansado, que tenga un aspecto desvalido, algo que mueva mi compasión. Pero no, el viejo es un chulo, lleva una chaqueta roja claveteada con pins, se mantiene erguido el muy cabrón y el bastón es de diseño.

A pesar de todo es un anciano., miro a los demás pasajeros por si veo miradas reprobatorias, a mi lado un pakistaní sentado durmiendo, creo que se ha dormido cuando lo ha visto. Delante también sentadas, dos señoras gordas a las que el propio viejo les hubiera cedido el asiento si se diera el caso. Solo un individuo candidato a levantarse, yo. Me resisto, no me cae bien el viejo, como no llevo ningún periódico para disimular leyendo, abro mi cartera y me pongo a ordenar papeles y tarjetas, por cierto hacía meses que le hacía falta una buena limpieza, la cartera abultaba tanto en mi bolsillo como una pequeña Biblia.

Ralentizo esa operación mientras las estaciones se van sucediendo, respiro, el viejo ya ha bajado en la anterior. Continua la maldición, en la próxima parada el vagón se llena de un grupo de ancianos procedentes de alguna excursión guiada. Vencido, me levanto, al instante con una agilidad impropia, una especie de abuela de la fabada, casi me tira al suelo.

Me alejo hacia la puerta apoyado en mis muletas.







 
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Mira, otro primo que siempre acaba cediendo el asiento. Yo también intento a veces hacerme la loca por aquello de que parece que siempre me toca a mí pero... no hay tu tía, a la que veo que nadie se mueve, me levanto yo. Y eso que cuando estaba embarazada sólo me cedieron el asiento una vez que casi me desmayo en medio del autobús que si no ni por esas :D

Genial el final de las muletas.

Si hay algo de cierto en ello: a cuidarte.

Besos
 
Comentario:
Me has recordado mi época, allá por el pleistoceno, en que tenía que coger la línea 15 para llegar a una parada que me dejaba todavía a 20 minutos andando para llegar a mi destino. Compartía ruta con chorrocientas personas que tenían cita con el médico del hospital tal y los alumnos de enfermería del hospital cual. A las 7 de la mañana, de noche en invierno, un frío de coj....s, el blús que sieeeeempre llegaba con retraso, y todos a meternos en plan tetris porque no cabíamos tantos, los cristales tan empañados de alientos mañaneros que era imposible ver a través de ellos si tu parada estaba cerca, y el conductor cabreadísimo y gritando que "¡¡¡patrás, por favor, continúen pa la parte datrás!!!". El primer día que seguí su "consejo" (abriéndome paso con el hocico y los hombros en una especie de cuello uterino infame), tras una última contracción del personal y consiguiente empujón por mi parte..... ¡¡¡PLOP!!! nací en la parte trasera de la piña humana, descubriendo anonadada que, de la mitad para atrás del autoblús, éste estaba absolutamente vacío, incluídos los asientos. Hay que ser capullo para estar el último y no sentarte en el asiento vacío y dejar el pasillo libre. En fin, que si algo hay de no ficción en lo de las muletas, a mejorarse.

Besazos.
 
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Consuélate con que a nadie se le ocurre levantarse para cederte el sitio, que creo yo que es el momento más cruel después de lo que nos ha costado acostumbrarnos a eso de que nos llamen de usted y nos adornen con sr/a, ofú no me lo quiero ni imaginar el día que algún joven al que yo esté embobada mirando se levante de su asiento para ofrecérmelo por mayor...cachis.
 
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El proceso de nominación ha finalizado y lamentamos comunicarte que tu blog no ha llegado a la fase final, aún así muchas gracias por haber participado con nosotros y te invitamos a que te pases por la página de votaciones y ayudes a tu blog favorito a llegar a lo más alto, un saludo y mucha suerte.

Aquí te dejamos un recuerdo =)
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Jamas cojo el metro.... me horroriza!!...pero cuando antiguamente pillaba el bus de vez en cuando ....si sentia esa presion ...jajajaja...

Un besito
(^_^)
 
Comentario:
ja ja ja ...lo de las muletas a quedado genial.
Un beso
 
Comentario:
  Pues si, a mi también me saca de quicio esas situaciones, soy tremendamente cívico y me siento incómodo si hay que ceder el sitio a alguien y veo que todo el mundo se hace el "longui", es como una pataleta de niño chico que piensa que siempre me toca a mi ceder. Si lo de las muletas es coyuntural, espero que se pase pronto.
 
Comentario:
Ufffffffff no soporto ir en metro. Yo, que con ningun medio de trasporte me mareo con el metro cojo unos pedales.
Que llevas muletas?. Te has caido?.
Un besote. Cuidate.
No