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Dudas, emociones y poesia barata
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¿Cuándo se está preparado para amar?

Rubén está solo en la habitación,
en la cama,
con los ojos cerrados, la mente despierta
y el amargo olor a bar enquistado
en la almohada.

Otra vez le han dado las mil,
entre copas, música y risas,
tantas copas,
tanta música,
tantas risas,
pero, ahora, en su cuarto
sólo le espera la noche
robada
de los techos,
sin luna.

Ahora le queda inmensamente grande el colchón,
hay demasiado espacio
muerto
entre sus sábanas
y su alma.

¿Cuándo se está preparado para amar?
¿Cuándo las noches ahogan, el corazón aúlla
y la cama es un trozo de piedra
vestido con traje de seda?

Rubén se ha enamorado pocas veces,
solo una vez
fue correspondido.
Ahora se arrepiente
de haberla echado de su vida,
pero sabe que mañana ella será,
de nuevo,
un olvido.

Rubén piensa en esa chica,
de mirada clara,
que le invitó a ser valiente
con cada una de sus sonrisas.
Nunca sabrá su nombre,
ni donde vive.
¿Uno se puede enamorar en un bar?

Rubén empieza a recordar nombres y portales,
bromas y vergüenzas, manos y cinturas.
Quizás ellas buscaban el amor
que ahora él estaría dispuesto a dar.
Quizás.

¿Cuándo se está preparado para amar?
 
Rubén hizo la maleta

Rubén hizo la maleta.

Otra vez una casa que deja atrás,
con gente,
para empezar en una nueva casa,
con otra gente.

Su maleta no lleva sobrepeso.
Rubén necesita poco para sobrevivir
y, de paso, ser feliz.
Rubén sabe que lo que de verdad importa
es ligero, no tiene peso.

Pura se queda en casa.
Pura no quiere compartir en la estación
su tristeza por un nuevo adiós.

El padre de Rubén le avisa:
Huir hacia delante es un error.
Rubén sabe que tiene razón,
que está huyendo de la rutina,
del no vivir viendo,
de lo socialmente impuesto,
de los peces muertos...
Pero no cree que sea un error.

Rubén no sabe lo que quiere,
pero sí sabe lo que no quiere.

El autobús inicia su viaje hacia lejos.
La decepción enrojece los ojos del padre.
Pura mira el reloj sentada en la cocina.

A Rubén le gustaría sentirse feliz,
celebrar el comienzo de una nueva aventura,
pero es incapaz,
no es suficientemente egoísta.
 
Días nublados

Los días se están despertando nublados, tremendamente nublados.

El aire es espeso y opaco, y el camino se vuelve pesado.
A él no le gusta sentir el peso del cielo sobre sus hombros.
A mí no me gusta desconocer hacía donde dirijo mis pasos.

¿Por qué humea el río cuando hace frío?

Las profundidades desaparecen y los contornos se difuminan.
La niebla consigue que los rascacielos parezcan humildes edificios obreros;
y las ciudades, pueblos que miran con respecto el nacimiento del nuevo milenio.

¿Será la niebla el aliento de los ángeles en las frías mañanas de invierno?

A lo lejos, en lo más profundo de la confusión de grises y blancos,
se distingue un punto de luz. El sol, eternamente pretencioso,
lucha por volver a ser el dueño indiscutible del cielo.
Pero nadie es invencible, ni siquiera el sol.

¿Cómo volarán los pájaros si no tienen luces anti-niebla?

La niebla vuelve el aliento pastoso y parece que se puede tocar.
La niebla materializa el frío, lo vuelve visible y cercano.

¿Querrá el cielo tocar la tierra, trayéndose consigo las nubes más aventureras?

La niebla se disipa, y el misticismo y la melancolía desaparecen, poco a poco, de esta mañana de invierno. Bueno, quizá sólo el misticismo porque la melancolía, que ya ha calado, se adhiere con fuerza a los huesos.
 
Dos mil siete

Dos mil siete.
Empieza un nuevo año.
Se ha presentado con una noche húmeda y fría,
con una mañana nublada y pastosa
y con un atardecer limpio y saturado.

Dos mil siete.
Empieza un nuevo año.
Es un año que suena bien al oído.
Quizá sea una señal, y éste sea un buen año para algunos.

Dos mil siete.
Empieza un nuevo año.
¿Quién se lo iba a decir a Damiana?
Rubén se ha enfadado: en su cuenco sólo habían 11 uvas.
Pura se ha propuesto dejar de fumar,
pero pronto se le olvidará.

Dos mil siete.
Empieza un nuevo año.