Estoy agotado
Mis párpados pesan tanto como el frío de esta noche de invierno.
Me arrastro por las aceras, ligeramente inclinado hacia la izquierda.
Un murmullo de ideas negras recorre mi cabeza, empañando
de gris los cristales de mis gafas. Tengo que esforzarme para respirar
porque mis pulmones están saturados de humo. Estoy agotado
y siento todo el peso del mundo sobre este bolígrafo.
Una noche más, la soledad de los tejados negros.
Está lloviendo
Está lloviendo
y las paredes de su habitación,
de fango, de uñas negras,
se están abnegando.
Raúl quiere dormirse
para huir de su realidad,
pero detrás de los párpados
sólo encuentra la oscuridad,
que asfixia, que te mira,
que te hace morir despacio.
¿Por qué el negro ha dejado de relajar?
¿Por qué ahora tiene un cuchillo afilado
entre sus mil manos?
Raúl siente que algo le falta.
¿Qué será?
¿Será el amor? ¿Será un objetivo?
¿Será el sueño?
Raúl quiere fumar,
pero no encuentra ningún mechero.
Hay días en los que todo sale mal,
hasta lo más insignificante,
lo más banal.
La nevera está vacía.
En los pasillos se oyen los ecos del silencio.
La casa está encharcada;
y Raúl, descalzo.
Ahogo
Cuando miraba a través de los cristales de su alma,
siempre se cortaba con el filo de los trozos rotos.
Tenía su corazón tan saturado de sangre
que apenas le latía. Sus ojos estaban embarrados
con el polvo de varios veranos de sequía.
Sus manos, eternamente torpes y sucias,
sólo conocían el lado izquierdo de los moribundos
que esperan a que la muerte les libere de su sufrimiento.
Él moría y no creía, pero quería creer.
Visita a Avelina
En un callejuela de Montijo, entre el barullo de calles sin sentido, de anarquía controlada, está la casa de Avelina.
Cuando suenas el timbre, Avelina va corriendo a abrir la puerta, a pesar de que siempre está abierta. “¿Queréis café?”, pregunta Avelina. Alguien se ofrece inútilmente a hacerlo por ella porque, a pesar de su pronunciada cojera y su espalda reumática, su casa es su casa. Y el café siempre llega acompañado de leche hirviendo, con un ligera capa de nata, y pasteles (o una tarta).
Es invierno y la casa está fría.
Avelina está sentada al calor del brasero de picón. Su cuerpo, un poco más pequeño que el salón, descansa enterrado bajo la falda de la mesa camilla. Un cuerpo del que solamente son visibles su cabeza, sus hombros y, cuando está hablando, sus manos.
Avelina habla sin parar, o pregunta.
Y cuando no habla, o pregunta, busca una mano que toquetear, o una mejilla que acariciar. Avelina expresa con sus viejas manos de costurera, de dedos hinchados y venas abultadas, su alegría por la visita inesperada.
La visita llega a su fin.
Pero, antes de que los invitados salgan por la puerta, Avelina ha ido y ha vuelto de su dormitorio, con su andar de pasos alborotados y cuerpo inclinado, con un billete de 10 euros, antes de 1000 pesetas, para convidar a los más pequeños. Es inútil rechazarlos, decirle que no hace falta, que ya no tienes 15 años, porque si no los coges, ella se enfada. Y, mientras te metes los 10 euros en el bolsillo, te hace prometer que, a la abuela, no le dirás nada.
Con Avelina, en cada visita, siempre compartes un pequeño secreto.
Y desde la puerta de su calle, un poco más pequeña que su casa, Avelina dice adiós, con su vestido negro, y con la mano.
Cuando suenas el timbre, Avelina va corriendo a abrir la puerta, a pesar de que siempre está abierta. “¿Queréis café?”, pregunta Avelina. Alguien se ofrece inútilmente a hacerlo por ella porque, a pesar de su pronunciada cojera y su espalda reumática, su casa es su casa. Y el café siempre llega acompañado de leche hirviendo, con un ligera capa de nata, y pasteles (o una tarta).
Es invierno y la casa está fría.
Avelina está sentada al calor del brasero de picón. Su cuerpo, un poco más pequeño que el salón, descansa enterrado bajo la falda de la mesa camilla. Un cuerpo del que solamente son visibles su cabeza, sus hombros y, cuando está hablando, sus manos.
Avelina habla sin parar, o pregunta.
Y cuando no habla, o pregunta, busca una mano que toquetear, o una mejilla que acariciar. Avelina expresa con sus viejas manos de costurera, de dedos hinchados y venas abultadas, su alegría por la visita inesperada.
La visita llega a su fin.
Pero, antes de que los invitados salgan por la puerta, Avelina ha ido y ha vuelto de su dormitorio, con su andar de pasos alborotados y cuerpo inclinado, con un billete de 10 euros, antes de 1000 pesetas, para convidar a los más pequeños. Es inútil rechazarlos, decirle que no hace falta, que ya no tienes 15 años, porque si no los coges, ella se enfada. Y, mientras te metes los 10 euros en el bolsillo, te hace prometer que, a la abuela, no le dirás nada.
Con Avelina, en cada visita, siempre compartes un pequeño secreto.
Y desde la puerta de su calle, un poco más pequeña que su casa, Avelina dice adiós, con su vestido negro, y con la mano.





