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Sacándole punta al teclado
Dudas, emociones y poesia barata
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Gris oscuro

El día es gris y flácido. Llueve. La ciudad está empapada. Pañuelo de hormigón y ladrillo que no logra secar las lágrimas del cielo.


El frío me cala el corazón. Tu piel está cálida, pero mis manos permanecen heladas. No, no me invites a perderme debajo de la colcha. Hace tiempo que allí no hay calor, sino oscuridad. Las entrañas de la cama están muertas. No encuentro una posición cómoda en el colchón. Quizá ha dejado de haber espacio para dos.


El sol no es más que una luz que se disipa, que se deshace, que se ahoga. Hoy no hay sombras porque todo es una sombra.


Me da miedo no volver a sonreír. Tú me buscas con la mirada, preocupada. Me da miedo que no vuelvas a sonreír. Mi piel escupe humo cuando me rozas con la yema de los dedos. No, no sigas bajando. Busca encima del ombligo. Sí, toca ahí. Escarba y mete tus dedos entre mis costillas. Si eres fuerte puedes conseguir que el frío se derrita y la sangre vuelva a correr por mis venas.


En las calles sólo hay coches y paraguas con piernas. Los colores han perdido su brillo. Todo tiende al gris. Un gris oscuro.


Dibujas con el dedo un corazón en el cristal empañado de la ventana. Luego le añades una flecha que lo atraviesa de extremo a extremo. Pero se te olvida pintar la sangre que debe brotar de la herida. El corazón empieza a llorar de dolor. Son lágrimas lentas y diminutas, pero pegadizas. Borró el corazón con la mano. Tú me miras con las pupilas, pero no dices nada.


Las calles se reflejan, y se hacen pedazos, en los charcos.


No hay goteras en el techo, pero se está mojando la almohada. Decido irme. Tú te vistes conmigo para acompañarme a la puerta. El pasillo está oscuro e inundado. Tú me preguntas, pero no encuentro respuestas. Y nos despedimos con el alma desgarrada en la mirada.


La gente camina mirando el suelo. Si me pusiera a llorar, nadie se daría cuenta. Quizá ya lo estoy haciendo, y ni siquiera yo mismo me estoy dando cuenta.
 
Como el río

Soy como el río:

Siempre uno,
pero nunca el mismo.
 
Una sombra (Amos Oz)

Corren por todo el mundo rumores vagos, quizá también
Haya testimonios imprecisos, sobre un ser casi humano,
Gigantesco, que vaga solo por las montañas del Tíbet.
Único y libre. Dos o tres veces han fotografiado sus huellas
En la nieve, en lugares remotos por los que ni siquiera
El escalador más intrépido se atrevería a pasar.
Es cierto que se trata sólo de una leyenda local:
Como el monstruo del Lago Ness o el antiguo Cíclope.
Su madre, que estuvo bordando una servilleta
Casi hasta la hora de su muerte,
Y su padre, reprimido y deprimido,
Que se pasa las noches delante de la pantalla buscando fisuras
En las leyes fiscales, de hecho están condenados
A esperar su muerte encerrados en jaulas separadas.
También tú, con tus viajes
Y tu obsesión por alejarte y acumular experiencias,
Arrastras contigo tu jaula
De un extremo a otro del zoo. Cada uno tiene su propio
Cautiverio. Los barrotes nos separan a unos
De otros. Si de verdad existe un solitario hombre
De las nieves, sin sexo y sin pareja,
Que no nace ni se reproduce ni muere y lleva mil años
Vagando por estas montañas, ligero y desnudo,
Ahora pasará entre las jaulas y tal vez se ría.


Del libro "El mismo mar" de Amos Oz