Truenos
Es mayo, y el día está nublado.
Grises y blancos se reflejan en los charcos.
Un trueno casi parte el cielo. Mañana lluviosa de primavera que se ha puesto el traje gris de invierno. Las nubes están cargadas de cemento. El cielo se está cayendo incapaz de soportar tanto peso.
Las sábanas vacías me hacen pensar en María. Otra vez fui un cobarde, apartándola de mi lado, cuando apenas empezaba a rozarme. ¿Tanto miedo tengo al contacto de la palma de una mano? ¿Tanto miedo tengo a cumplir las promesas que siempre me hago las noches en vela?
Otro trueno. Las ventanas han tiritado de miedo.
¿Habrá una orgía en el infierno?
Uno no puede dar lo que no tiene, ni se puede llamar traidor al que no miente. ¿Debo sentirme culpable de desearte sin amarte? En la cama hay que ser prudente porque amistad y necesidad con mucha facilidad se enredan y confunden.
Más truenos. Se ha debido caer una nube al suelo. O quizá haya sido el cielo que se ha tropezado con la cima de una montaña al intentar saltar al otro lado del horizonte. A lo lejos, veo una nube que se está deshaciendo.
A Damiana ya estarían doliéndole los huesos
porque hay aguas en movimiento.
Yo me entregaría de nuevo a tus abrazos, a tu vientre envolvente que se estremece, pero tengo pánico a hacerte daño. ¿Hipotecaría tu sonrisa con mi antojo de volver a escuchar el parpadeo de tus ojos?
Es mayo, y el día está nublado.
Pronto lloverá sobre mojado.
Un atlas político
El atlas político:
Un gráfico que muestra como las fronteras están agrietando,
y posiblemente acabarán destruyendo,
el mundo.
A Rubén le dolía la cabeza
A Rubén le dolía la cabeza.
Era un dolor de mañana por la mañana,
que con él viajaba
de un lado a otro de la almohada.
Rubén se había ido a dormir,
ayer que ya era hoy,
con una sonrisa estúpida de oreja a oreja.
Agresivo y espeso,
punzante y molesto,
pero políticamente correcto.
El dolor golpeaba su cabeza,
hurgando en las heridas abiertas
de su cerebro.
Rubén no tenía fuerzas para levantarse de la cama.
El inexistente sol de invierno tampoco ayudaba.
Pero Rubén no estaba preocupado
porque era domingo.
Y él sabía que este dolor de cabeza
era agresivo y espeso,
punzante y molesto,
pero políticamente correcto.
La Ciudad del Viento
En la Ciudad del Viento
las palomas no tenían alas.
Perezosas, habían aprendido a volar
dejándose llevar por la corriente.
Indiferencia
En el salón se funde un bombilla
mientras veo las noticias.
Me duelen los ojos de tanto dolor.
Estoy solo, pero quiero gritar al mundo:
¡¡¡MOVEROS!!!
Nadie me responde.
¿Acaso estáis sordos?
¿O será que estáis ciegos?
Apago el televisor.
Me subo a una silla y cambio la bombilla.
Me río.
¿Qué puedo exigir a los demás
si yo no hago nada más allá
de las cuatro paredes de mi casa?
Quizás algún día debería
lavarme las manos
y dejar de ver las noticias.





