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Sacándole punta al teclado
Dudas, emociones y poesia barata
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Vértigo

Tengo vértigo.

Tengo miedo de resbalar
en la línea que nunca debí cruzar
y caer.
 
¡Muchacha, espera!

Está atardeciendo y el sol tiñe de rojo las aguas del mar. ¿Por qué quieres marcharte ahora cuando el reflejo del cielo disimularía la timidez de tus mejillas?
¡Muchacha, espera! ¡No te vayas!


Las olas chocan contra la roca y el agua se hace añicos en el aire. ¿Por qué quieres marcharte ahora cuando los pedacitos del mar disimularían tus lágrimas de alegría?
¡Muchacha, espera! ¡No te vayas!


El viento sopla empujado por la marea y se enreda entre tus cabellos. ¿Por qué quieres marcharte ahora cuando la respiración del cielo disimularía tus suspiros por un nuevo placer descubierto?
¡Muchacha, espera! ¡No te vayas!


El horizonte se ha tragado el sol y la luna ocupa su lugar tras las montañas. ¿Por qué quieres marcharte ahora cuando la oscuridad de la noche disimularía el brillo de euforia en tu mirada?
¡Muchacha, espera! ¡No te vayas!


(…)


Sin embargo, ahora, cuando una tormenta parte el cielo y trata de ahogar al mar con toneladas de agua oscura, te quieres quedar. ¿Será porque los gritos de dolor infinito del mar y del cielo disimularían el eco incontrolable de nuestros besos?
¡Muchacha, lo siento! ¡Yo, ahora, no me puedo quedar contigo!
 
Noches sin estrellas

En las noches sin estrellas resucita el escritor
que tiene el alma rota esparcida por el suelo.
Un coleccionista de tristes palabras encadenadas
que se seca las lágrimas con cada verso.

¿Por qué las noches sin estrellas se obstinan en durar varios días?
¿Por qué la luna me mira con esa burlona y estúpida sonrisa?

 
La playa reclamaba atención

La playa reclamaba atención. Así se lo hizo saber el mar con la primera ola que golpeó su muralla. El niño, ensimismado en las construcciones internas de su castillo, en las infraestructuras básicas de toda ciudad, como es hacer puertas y ventanas en sus casas, no se había fijado en la subida de la marea. La muralla de arena, que él suponía sólida e invulnerable, se deshacía dócilmente ante el avance del mar.

Pero él no pensaba rendirse con tanta facilidad. El coraje y la ignorancia se complementan en las manos de un niño. Cogió arena seca con su pala roja del todo a cien y cubrió la zona dañada. Tenía que defender su castillo. Pero, ante todo, debía proteger la alta torre de arena que se elevaba en el centro de su fortaleza, donde descansaba su bella princesa, su pequeña y delicada concha de color blanco.

El mar parecía enfurecido y rompía pequeñas olas, que al niño le parecían gigantes de agua producidos por la más terrible tormenta que jamás haya tenido lugar en aquellas costas, en un ataque sin cuartel contra su castillo. La resistencia del niño, reparando con arena seca los continuos daños en la muralla, se hacía cada vez más inútil. Su antes impenetrable barrera de arena sucumbía ante el inagotable poder destructor del agua.

El niño veía impotente como todo su castillo estaba siendo devorado por el mar. ¡Cuántas horas de fantasioso trabajo, que le habían dejado la espalda quemada, los dedos doloridos y las uñas sucias, se estaban viniendo abajo!

En un acto desesperado, decidió sacrificar su vida para salvar su castillo. Debía mostrarse valeroso ante su bella princesa, que estaba terriblemente asustada en su alta torre. Heroicamente se tiró sobre la arena, convirtiendo su propio cuerpo en una improvisada muralla. Estaba dispuesto a desafiar al mar, al que no tenía ningún miedo. El niño estuvo combatiendo varios minutos, en un titánico duelo cuerpo a cuerpo contra el mar, hasta que le entró agua por la nariz y se tuvo que levantar.

El niño estaba herido, pero no vencido. Rescató a su bella princesa de la torre, que ya estaba desplomándose, y la metió en uno de los bolsillos de su bañador. El mar había ganado esta batalla, pero aún quedaba una larga guerra por delante: todo un mes de vacaciones.
 
Reencuentro

Me encuentro en una estación de tren de pueblo,
abrazando, mirando y besando
con la piel de gallina y el corazón en los huesos.