Una estrella fugaz
Una estrella fugaz:
La llama de una vela
que se ha deshecho en mil pedazos.
Ayer, en Oxford (hoy, en Dublin)
Ayer, en Oxford, la sonrisa de la ardilla y la frescura de la hierba. Ayer, su voz volvió a tener ojos; sus palabras, unos finos dedos que las dirigían. Ayer, la conversación agitada de los amigos que se reencuentran, el salón donde las respuestas rebotan con nuevas preguntas. Ayer, la proposición a oscuras y el sí, como negación del no del optimista. Ayer, la sonrisa tímida y la piel desnuda que, entre la luz y las sombras, se desliza. Ayer, la alfombra roja y el sueño compartido que te protege de la noche y sus fantasmas.
Ayer, en Oxford, la obligué a volver a mi vida, pretencioso y egoísta, tratando de sepultar el hecho de que había sido yo quien la había echado de ella. Pero en el sofá no había espacio para dos personas y me vi obligado a llamar a la puerta. Su honestidad no la permitió rechazarme, evitarme, tenerme lo más lejos posible del altruismo de sus dedos. Se entregó a mí, como tantas otras veces, desestabilizando mis sentidos, con su feminidad esquizofrénica, de gatita mimada y paloma hambrienta. Pero su debilidad fue solamente física, y después no hubo lugar a palabras banales ni sonrisas estúpidas.
La inmensidad de un vacío de escasos centímetros nos separó hasta la mañana siguiente.
(...)
Hoy, en Dublín, las calles que se arrastran por el suelo y la lluvia que agujerea los cristales del cielo. Hoy, la casa sin calefacción y la mañana de domingo con dolor de cabeza. Hoy, la soledad de la gran ciudad y el viento egoísta que te roba la sonrisa. Hoy, la mirada desorientada, los cien pies de la araña. Hoy, el silencio enquistado en los pulmones y la angustia rabiosa de las madres que no tienen hijos. Hoy, la noche con ojos sin párpados y el miedo visceral a seguir existiendo.
Hoy, en Dublín, es el comienzo de su olvido. Ella, que creía que siempre e incondicionalmente sería mía, ha reconquistado su propia libertad. La soledad, que yo le obligué a afrontar, ha endurecido su corazón y, en sus mejillas, ha levantado una barrera de coral, un escudo de millones de lágrimas cicatrizadas que la han vuelto inmune a mis besos. Y, mientras camino por caminar, bajo una lluvia obstinada, mi piel tirita de frío; y mis entrañas, de miedo. Miedo por la intensidad vital de su presencia. Miedo por la inmensa oscuridad de su ausencia.
Y el morir del día me acoge desamparado, obligándome a encarar la noche más larga del año: la primera en la que ya nunca más volveré a dormir a su lado.





