La lluvia es silenciosa esta noche
La lluvia es silenciosa esta noche.
Un latigazo mudo,
Una casa que huele a vacío.
Hace ya tanto tiempo...
Que ni siquiera tú duermes conmigo.
La lluvia es silenciosa esta noche.
Hormigas borrachas
Hormigas borrachas dibujan líneas rectas
en la luna panza arriba
de tu mirada...
Siempre me quedarán los besos
que nunca has dado.
Los días pasan
Los días pasan, me persiguen
y no encuentro el hilo
-hilo infinito de suspiros fugitivos-
que orientaba mis ojos y mis anhelos,
que enlazaba un paso detrás del otro.
¿Quién era esa persona ciega, con alas,
que ha vivido mi vida hasta ahora?
Mi alma rueda, sola y salvaje,
revelando imágenes, desenterrando emociones,
que ya no excitan ni duelen,
-muertas-
y siento el devastador martillo del tiempo
en la boca del estómago.
¿Quién eras tú? ¿Quién era yo?
Tú fuiste brújula, consuelo y música;
y también piedra, cuchillo y miedo.
Yo fui pájaro, sonrisa y fuego;
y también carne, soledad y penumbra.
La noche cala y la pendiente se acentúa.
Fueron demasiadas candelas para un solo entierro.
Y comprendo que tu recuerdo
-nuestro recuerdo-
es duda que sólo se resuelve con nostalgia
-y poesía-.
Porque no hay camino sin pendientes
Porque no hay camino sin pendientes,
como no hay vida sin la muerte,
la montaña más alta será mi meta,
paraíso, reposo e infinito,
donde comtemplar el horizonte
y poder elegir un nuevo camino.
Alfileres boca arriba
En la carretera, hay alfileres boca arriba
con hambre de hueso y lenguas sin saliva.
Mientras, ella se refugia en casa
bajo las sombras del cuarto de baño,
con todo su amor convertido en barro
que resbala por un cigarro mal fumado,
en la superficie del espejo,
sobre sus pupilas.
Ella, la más bella de todas ellas,
la que sabe sufrir un poco cada día,
la que volvería a derramar su sangre
para hacer de sangre mis entrañas,
se protege, se oculta tras una sonrisa,
de hoja caída, de hoja marchita,
en el amanecer sin compasión
de mi despedida.
Es preciso que el llanto se derrame en la mejilla
Es preciso que el llanto se derrame en la mejilla
cuando la ausencia no tiene cuerpo, ni forma,
sólo centro, un centro luminoso e infinito,
en torno al cual sólo queda fango e incendios extinguidos.
Es preciso que la sangre se convierta en océano desbocado,
en tormenta de arena y espada de fuego,
para llevarse con ella la piel muerta y la piedra,
y hacer del nido de culebras, nido de cigüeñas.
Y con un rastro de sal y cristal entre los dedos,
de madera podrida y uña mordida en la mirada,
la luna volverá a ser sol (ausencia de pesadillas)
y una mariposa volverá a dar vueltas en círculo
(en el reloj).





