Gris oscuro
El día es gris y flácido. Llueve. La ciudad está empapada. Pañuelo de hormigón y ladrillo que no logra secar las lágrimas del cielo.
El frío me cala el corazón. Tu piel está cálida, pero mis manos permanecen heladas. No, no me invites a perderme debajo de la colcha. Hace tiempo que allí no hay calor, sino oscuridad. Las entrañas de la cama están muertas. No encuentro una posición cómoda en el colchón. Quizá ha dejado de haber espacio para dos.
El sol no es más que una luz que se disipa, que se deshace, que se ahoga. Hoy no hay sombras porque todo es una sombra.
Me da miedo no volver a sonreír. Tú me buscas con la mirada, preocupada. Me da miedo que no vuelvas a sonreír. Mi piel escupe humo cuando me rozas con la yema de los dedos. No, no sigas bajando. Busca encima del ombligo. Sí, toca ahí. Escarba y mete tus dedos entre mis costillas. Si eres fuerte puedes conseguir que el frío se derrita y la sangre vuelva a correr por mis venas.
En las calles sólo hay coches y paraguas con piernas. Los colores han perdido su brillo. Todo tiende al gris. Un gris oscuro.
Dibujas con el dedo un corazón en el cristal empañado de la ventana. Luego le añades una flecha que lo atraviesa de extremo a extremo. Pero se te olvida pintar la sangre que debe brotar de la herida. El corazón empieza a llorar de dolor. Son lágrimas lentas y diminutas, pero pegadizas. Borró el corazón con la mano. Tú me miras con las pupilas, pero no dices nada.
Las calles se reflejan, y se hacen pedazos, en los charcos.
No hay goteras en el techo, pero se está mojando la almohada. Decido irme. Tú te vistes conmigo para acompañarme a la puerta. El pasillo está oscuro e inundado. Tú me preguntas, pero no encuentro respuestas. Y nos despedimos con el alma desgarrada en la mirada.
La gente camina mirando el suelo. Si me pusiera a llorar, nadie se daría cuenta. Quizá ya lo estoy haciendo, y ni siquiera yo mismo me estoy dando cuenta.





